sábado, 2 de fevereiro de 2008

Los obispos y los 400 euros

Los sociatas afirman que los obispos «están muy lejos de la sociedad de hoy». Lo dicen con la misma seguridad satisfecha con que el doctor Moreau le diría a un cisne: «Estás muy lejos de la fauna de mi isla». Los sociatas llevan cuatro años haciendo con la sociedad española lo mismo que hacía el doctor Moreau con las cobayas de su isla: fabricar quimeras y aberraciones. Y, claro, acostumbrados como están a pasearse por sus dominios entre seres con hocico de cerdo y pezuñas de cabra, los subleva sobremanera que aún haya gente que se resiste a pasar por las horcas caudinas de su ingeniería social. Que la sociedad española está sometidita a su hacedor sociata, como lo estaba la fauna de la isla al doctor Moreau, lo demuestra el sencillo hecho de que la promesa de la limosnilla de los 400 euros no haya provocado un nuevo motín de Esquilache. A la promesa de la limosnilla de los 400 euros la han tildado los analistas de temporada como «compra de votos»; pero en puridad es algo mucho más alevoso. Con la promesa de la limosnilla de los 400 euros, los sociatas han actuado como las legiones romanas actuaban con las aldeas de los pueblos sometidos: primero les saqueaban los graneros y, cuando ya entre los sometidos no restaba ni un ápice de dignidad, los convocaban en la plaza de la aldea y les arrojaban desde un carro unas cuantas hogazas de pan, para que se las disputasen como alimañas, mientras ellos se carcajeaban a mandíbula batiente. Para entonces, los aldeanos sometidos habían olvidado que aquel pan se había amasado con una parte exigua del grano que antes les había sido saqueado; y creían sinceramente que debían agradecer al ocupante la magnanimidad demostrada.

A los sociatas no les entra en la cabeza que la jerarquía eclesiástica «no crea» en la sociedad que ellos han fabricado, esa sociedad que se deja someter a sus ingenierías como una cobaya en manos del doctor Moreau y que, en reconocimiento a su servidumbre, es recompensada con una limosnilla de 400 euros. A los sociatas les gustaría que los obispos se pusieran a la cola de la limosnilla, como cualquier hijo de vecino; pero, como se resisten a desempeñar este papelón, arremeten contra ellos muy iracundamente, diciéndoles que «están muy lejos de la sociedad de hoy», casi tan lejos como lo estaba Casandra de la sociedad de Troya. A los sociatas les gustaría que las palabras de los obispos fuesen desatendidas como lo fueron las de Casandra por los troyanos; pero, por muy chinches que se pongan, todavía hay gente que los escucha, gente que no está resignada a que le crezcan hocico de cerdo y pezuñas de cabra.

¿Y cuáles eran las enormidades que los obispos han ensartado en su documento reciente? Todas ellas se resumen en una: la acción política no puede estar desvinculada de obligaciones morales objetivas, no puede estar desligada de «principios antropológicos y éticos arraigados en la naturaleza del ser humano». Y, desde estos principios, a modo de corolario natural, los obispos enhebran una serie de reflexiones entre las que se incluye una muy pertinente sobre la imposibilidad de que una sociedad fundada en la justicia reconozca como «interlocutor político» a una organización terrorista. A los sociatas esta precisión se les antoja «inmoral», que es como los amorales califican cualquier argumento que se oponga a sus designios; y censuran a los obispos que «utilicen el tema del terrorismo para hacer campaña electoral». Naturalmente, saben que los obispos no están haciendo campaña electoral, sino estableciendo principios que deben regir la acción política; pero para quienes carecen de principios, su invocación se convierte automáticamente en proselitismo electoral.

Quizá no les falte razón. Quizá estas elecciones no sean, a la postre, sino un dictamen sobre la vigencia de los principios en la acción política. En este caso, los sociatas nada tienen que temer: si, después de hacer sus cálculos, han confirmado que pueden ganarse la voluntad de la mayoría a cambio de 400 euros, ¿qué les importa que unos obispos les lleven la contraria? O a lo mejor sí les importa; a lo mejor han descubierto que no toda la fauna de la isla está encantada con sus hocicos de cerdo y sus pezuñas de cabra; a lo mejor han descubierto que hay gente con nostalgia de ser cisnes, y que esa nostalgia no se soborna con 400 euros.

Juan Manuel de Prada
www.juanmanueldeprada.com

El derecho y la obligación de los obispos

La Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española debe valorar muy positivamente la reacción a su comunicado del pasado jueves en el que, bajo el título «Ante las elecciones de 2008», difunde determinados criterios de orden moral de utilidad para los católicos -y en general para la ciudadanía española-que pueden servir para conformar el sentido del sufragio en las próximas elecciones generales. El PSOE, el Gobierno y la izquierda en general -dada su virulenta y, en algunos casos, histérica reacción- deben valorar en mucho la fuerza de convicción y la influencia de la jerarquía eclesiástica en la modulación de la opinión pública, porque de otro modo hubiesen acogido ese pronunciamiento eclesial con mayor sosiego y con superior espíritu democrático. Está, pues, muy claro que la Iglesia en España sigue disponiendo de una enorme capacidad de persuasión y convicción, y de ello pueden felicitarse los obispos españoles y los católicos en general.

Dicho lo anterior, el texto episcopal -que se inscribe en la indeclinable libertad de la Iglesia de afirmar cuanto convenga al apuntalamiento de la moral católica tanto en el ámbito privado como en el público-ha sido torticeramente interpretado para, desde la manipulación de sus términos literales, articular un insólito, desproporcionado e injusto ataque a la jerarquía católica.

En el documento de la Comisión Permanente de la Conferencia, los obispos no se han apartado ni un ápice de su discurso moral tradicional. Defienden la vida -y por lo tanto se muestran radicalmente contrarios al aborto y la eutanasia-; apuestan por opciones que respeten la enseñanza de la Religión en la escuela; no aceptan -como es lógico-el llamado matrimonio homosexual; y rechazan la asignatura Educación para la Ciudadanía. ¿Qué hay de nuevo en esos pronunciamientos? Nada. Como tampoco lo hay en que se desaconseje, en función de esas valoraciones morales, el voto hacia aquellas formaciones -singularmente el PSOE- que favorecen normas, decisiones y comportamientos alejados de esos parámetros morales que cada ciudadano ha de asumir desde una plena libertad de opinión y juicio.

Los obispos son, sin embargo, burdamente manipulados cuando se simplifica su criterio respecto a la perversión moral que conlleva el reconocimiento implícito o explícito «a una organización terrorista como representante político» de un «sector de la población», o cuando se le otorga a una banda criminal el carácter de «interlocutor político». Los obispos no desaprueban, a priori, el diálogo con los terroristas, ni reprochan la búsqueda de fórmulas políticas alternativas a las policiales que traten de buscar el fin de los crímenes. Los prelados niegan legitimidad moral a quienes reconozcan en los terroristas representatividad política y, en consecuencia, les otorguen una condición interlocutora en el sistema democrático. Los miembros de la Comisión Permanente de la Conferencia no se refieren nominativamente al Gobierno socialista -aunque pudieran haberlo hecho-, sino que introducen un criterio moral para insertarlo como guía en los intentos de solución del fenómeno terrorista. Es obvio que el presidente del Gobierno sí confirió a ETA una capacidad interlocutora fuera de lugar -lo que no hicieron ni Felipe González ni José María Aznar- y resulta normal que su Gobierno y su partido se sientan concernidos por las menciones episcopales relativas a este espinoso asunto. Por lo demás, los prelados -reiterando también manifestaciones anteriores bien conocidas de todos- advierten acerca de los nacionalismos separatistas que, aun siendo legítimos si no utilizan la violencia para lograr sus fines, representan un peligro para valores superiores de la convivencia.

Los obispos, de modo implícito, desaconsejan el voto al Partido Socialista, pero las demás opciones en liza electoral son consideradas por el propio portavoz de la Conferencia, Juan Antonio Martínez Camino, como un «mal menor», incluido el Partido Popular en la medida en que éste tampoco ha previsto la abrogación de la ley del aborto, ni la reforma del Código Civil que introduce el divorcio sin causa, ni se ha decantado con la contundencia necesaria por la derogación de la ley del llamado matrimonio homosexual, de tal manera que el pronunciamiento episcopal está hecho a la medida de la conveniencia de la propia moral cristiana y en función de los criterios pastorales que tradicionalmente manejan los obispos. Desde una perspectiva estrictamente política -que no es la de los obispos- el documento de la Conferencia sería incómodo para el PP porque su contenido y naturaleza están siendo utilizados por la izquierda como un motivo de agitación y motivación de sus posibles votantes, tan tendentes a refugiarse en la abstención.

De otra parte, las reacciones socialistas que, con desproporción e irritación exorbitantes, abogan por la revisión de los acuerdos entre el Estado y la Santa Sede e insultan -«inmorales», «hipócritas»- a los obispos por este documento de orientación pastoral, denotan ese viejo mal de la izquierda en España: el anticlericalismo visceral y, como consecuencia, el sistemático mal cálculo de la fuerza de la Iglesia en la sociedad española. Sea como fuere, lo cierto es que los obispos se han pronunciado, lo han hecho sin complejos ni encogimientos desde sus propios criterios pastorales, y es la ciudadanía -la católica y la que no se identifica como tal- la que debe interiorizar este gesto episcopal, al que en ningún caso puede negársele ni coherencia ni oportunidad en el marco de la libertad que también corresponde a la Iglesia en un régimen democrático de un Estado aconfesional, pero en el que la religión católica es mayoritaria. Los obispos están, pues, en su derecho y cumplen con su obligación. A nadie obligan, pero a nadie engañan. Hacen, por lo tanto, lo que deben.

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sexta-feira, 1 de fevereiro de 2008

Los chimpancés de Stalin

Un sueño de Prometeo enajenado por Stalin siempre tuvo que devenir gesto genocida, como con Hitler. Stalin y Hitler pensaron en un futuro post-humano. Los caricaturistas de la teoría darvinista dibujaban a Darwin con rasgos de simio. Con los totalitarismos, los individuos perfectos que iban a ser los protagonistas ideales de la sociedad platónica pasaban a ser especímenes de pureza racial o bestias de carga, carnaza para dejar ensangrentados los campos de batalla con refuerzos de tropa fácilmente reproducible. Adolfo Hitler buscó perfeccionar los rasgos y potencias de la raza aria que debía dominar el mundo. Stalin intentó recurrir a la eugenesia para tener soldadesca de recambio.

La literatura ha indagado en los mundos de la fusión genética y de la manipulación. Al fin y al cabo, la dualidad del doctor Jekyll y el señor Hyde expresa un choque entre el bien y el mal que la ciencia médica ejecuta en el laboratorio. En «La isla del doctor Moreau» de H. G. Wells el experimento consiste en obtener un híbrido, humanizando por injerto a los animales. En «Mono y esencia», en 1948, Aldous Huxley escribe una suerte de parábola poco inteligible sobre los supervivientes de una hecatombe nuclear, en un mundo gobernado por una jerarquía de sacerdotes castrados. Es una comunidad primitiva, sin otra salida que el suicidio.

En 2005, el profesor de psicología Clive Wynne publicó un artículo indagando los precedentes reales del mito de King Kong. Recordaba como, en 1926, un biólogo soviético llamado Ilya Ivanov se había propuesto crear el «humancé»: el híbrido entre hombre y chimpancé. Sus experimentos previos con la inseminación artificial y cruce genético de caballos fueron un comienzo exitoso. En tiempos de los zares, había logrado híbridos de burro y cebra, de antílope y cabra. En su reciente libro, «Misa negra», tan desconcertante, John Gray vuelve a hablar de Ivanov. Lógicamente, a Stalin no le interesaba perfeccionar la especie humana sino obtener por hibridación de simio y hombre una nueva raza de soldado, infatigable, poco necesitado de alimento o reposo, indiferente al dolor, invencible. Ivanov fue a África a experimentar por encargo del Kremlin. Sin ningún resultado, inseminó tres chimpancés hembra con esperma humano. Luego fundó un instituto en Georgia, tierra natal de Stalin, para fertilizar seres humanos con esperma de simio.

Las pruebas fueron un fracaso total. Fue impracticable el encargo de Stalin: alterar la naturaleza humana. Ivanov también se puso en contacto con una dama cubana llamada Rosalía Abreu que tenía un criadero de chimpancés en La Habana. Le pedía uno de sus chimpancés machos para inseminar una voluntaria rusa designada como G. En fin, Ivanov cayó en desgracia y pasó al exilio en Kazastán. Murió esperando el tren para regresar a Moscú. Stalin se había quedado sin su super-guerrero obediente y fuerte como King Kong. Esa fue la configuración terminal del hombre nuevo que algunos ideólogos racionalistas habían propugnado en la Europa ilustrada.

Esta historia -según la contó el profesor Wynne- tuvo reflejos colaterales dignos de sátira. A la espera de noticias de La Habana, Ivanov pidió ayuda financiera a la Asociación Americana para el Progreso del Ateísmo, cuyo presidente gustaba de aparecer en público con un chimpancé trajeado. Así la iniciativa soviética se filtró a la prensa. Entonces nada menos que el Ku Klux Klan amenazó a la dama cubana por si colaboraba con tal monstruosidad e Ivanov se quedó sin chimpancé macho. De repente, las anécdotas iluminan la Historia con más precisión que un sistema de interpretación total.

Los vasos comunicantes entre el totalitarismo nazi y el comunismo totalitario son una de las inquietudes más maléficas del final del siglo XX. El paralelismo entre ambos fue tabú durante largo tiempo porque del comunismo se decía que había sido una idea mal llevada a la práctica, del mismo modo que se disculpaba a Lenin y se tenía al stalinismo como una aberración. Sabemos hoy que las conexiones y complicidades fueron constantes a partir de que Lenin precede a Mussolini y a Hitler. Luego Stalin y Hitler pactarían. Fue de alto voltaje el epistolario François Furet-Ernst Molte sobre fascismo y comunismo. Furet reconoció cómo después de la Segunda Guerra Mundial, la derrota de Hitler parece dar un aval democrático a Stalin, hasta el punto de que la obsesión antifascista -manipulada por el movimiento comunista- hizo impracticable el análisis de los regímenes comunistas. Para los intelectuales de Occidente, consumidores de marxismo como sustancia opiácea, la revolución bolchevique -incluso a pesar de las purgas y del Gulag- procedía de unos ideales humanistas mientras que el fascismo era una ideología hostil a la humanidad. Soljenitsin se encargó de arrancar definitivamente esa máscara. Entre Mengele e Ivanov, la hipótesis del mal ilimitado era la misma.

En la actualidad, los poderes de la tecnociencia representan el avance tangible a la vez que permitirían la regresión humana. Las posibilidades de la robótica alteran la noción de naturaleza humana, de la inteligencia del ser humano, merced a la turbo-inducción de conexiones neuronales. La máquina puede superar al hombre en capacidad de cálculo pero tardará mucho más en abstraer conceptos, establecer analogías, imaginar o imitar lo que es el espíritu. El bebé a medida, como las murallas de la vieja ciudad, encarna la divisoria increíble entre la virtualidad y la naturaleza, entre la prevención y la génesis. Entre la terapia deseable y la mutación extralimitada, la conciencia de nuestro tiempo topa una y otra vez con los límites de la dimensión ética. La complejidad nos abruma porque estamos en un mundo muy distinto al de King Kong y al de las hibridaciones frustradas de Ilya Ivanov. Tenemos el código del ADN, dosificamos la ataraxia con el Prozac, tenemos máquinas que intentan pensar, pensamos en el ciberespacio, tanteamos la clonación. Por ahí asoma el gran dilema liberal de este siglo de la biotecnología: ¿habrá que reclamarle al Estado que regule más y penalice? Todo el bien que puede hacer la ciencia todavía es una magnitud incógnita. El litio acabó con Freud y el mercado puso fin a la planificación colectiva. De poco ha de servir refugiarse en la casuística. Para casuística, el marxismo de King Kong.

Valentí Puig
www.abc.es
 
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