segunda-feira, 20 de outubro de 2008

Justicia y gratitud para Pío XII

Nadie podrá decir que Benedicto XVI es aficionado a escoger el camino fácil. Por el contrario, cuando piensa que debe entrar a fondo en un asunto, no se detiene en cálculos tácticos y está dispuesto a afrontar el desgaste que ello conlleve. Acabamos de verlo en su modo de tratar el cincuentenario de la muerte de su predecesor, Pío XII.

Benedicto XVI quiere un debate sereno y abierto sobre la poliédrica figura del Papa Pacelli, y está dispuesto a romper con la política del silencio embarazoso o la mirada para otra parte.

En la homilía de la misa del cincuentenario, ha querido recordar en primer término la época en la que Pacelli fue secretario de Estado de Pío XI, una época marcada por los totalitarismos fascista, nazi y comunista. Por el puesto que ocupaba y su conocimiento de las relaciones internacionales, Pacelli fue el muñidor de la actividad doctrinal de la Santa Sede en torno a esas dramáticas amenazas, a las que dieron respuesta respectivamente las encíclicas Non abbiamo bisogno, Mit Brenender Sorge y Divini Redemptoris. Son tres piezas del magisterio pontificio que no dejan lugar a dudas sobre la claridad de criterio de la Santa Sede ante el huracán totalitario que se cernía sobre Europa, bastante antes de que la mayor parte de las cancillerías occidentales hubiesen desarrollado un diagnóstico claro al respecto. Y el futuro Pío XII estuvo en el puente de mando durante esa etapa.

Después, ya en la silla de Pedro, llegaron los años terribles de la Segunda Guerra Mundial y de la horrenda persecución contra los judíos desatada por el régimen nazi. Se han derramado ríos de tinta sobre la actitud que mantuvo Pío XII, pero conviene aclarar que no siempre fue así. Por el contrario, en los años posteriores a la guerra existió un consenso casi universal sobre la obra de salvación y protección de los judíos llevada a cabo por impulso del Papa Pacelli y buena muestra de ello son las múltiples expresiones de gratitud llegadas desde el mundo judío, como la recordada por Benedicto XVI en boca de la ministra de Exteriores de israelí Golda Meir: "Cuando el martirio más espantoso ha golpeado a nuestro pueblo, durante los años del terror nazi, la voz del Pontífice se ha levantado a favor de las víctimas". Resulta difícil pensar que la señora Meir estuviese mal informada, como tampoco podía estarlo el rabino de Jerusalén, Isaac Herzog, que en 1944 afirmaba que "el pueblo de Israel no olvidará jamás lo que Pío XII y sus colaboradores están haciendo por nuestros desventurados hermanos en la hora más trágica de nuestra historia".

Entonces, ¿de dónde nace una confusión que ha hecho fortuna en amplios sectores y que ha llegado a la locura de acusar a Pío XII de complicidad con el nazismo o cuando menos de tibieza? Muchos investigadores señalan el estreno en Berlín de la obra El Vicario de Rolf Hochhuth, en 1963, como el inicio de una leyenda negra que no ha hecho sino agrandarse. En realidad esta obra teatral no aportaba nueva documentación, tan sólo presentaba una lectura ideológica de Pío XII que le hacía culpable de haber guardado silencio por cobardía e interés y también por un filogermanismo que le habría conducido a la complacencia. La historia de cómo esta reconstrucción histórica ha conquistado a amplios sectores sociales necesitaría una investigación específica, pero se pueden señalar algunos elementos: en primer lugar, la furia de una izquierda marxista que veía en Pío XII a un bastión del anticomunismo; en segundo, un nuevo debate sobre si las obras a favor de los judíos no deberían haber estado acompañadas de pronunciamientos públicos más fuertes; y en tercer lugar, la publicística anticatólica encontró aquí una fuente inagotable, con el precioso concurso de sectores eclesiales empeñados en mostrar una ruptura entre el pontificado de Pío XII y el de Juan XXIII.

Es cierto que Pío XII debió decidir, en medio de la tormenta, cómo administrar sus recursos y posibilidades. La Iglesia ya se había pronunciado claramente sobre la idolatría nazi y por otra parte sus sacerdotes estaban sufriendo una dura persecución en Alemania, Polonia y otras regiones de Europa. La experiencia parecía mostrar que los pronunciamientos duros y explícitos, como el del episcopado holandés, sólo servían para recrudecer la saña de la persecución, tanto de judíos como de católicos, y no faltaron episcopados europeos que rogaron al Papa que evitase esa posibilidad. Se comprende la encrucijada moral del pontífice, que difícilmente puede juzgarse con categorías de despacho. En todo caso, en el radiomensaje de la Navidad de 1942, Pío XII se refirió a la persecución sufrida por miles de inocentes a causa simplemente de su nacionalidad o de su raza, en evidente referencia a los judíos. No obstante, como ha recordado ahora Benedicto XVI, el Papa Pacelli prefirió actuar "a menudo de manera secreta y silenciosa, precisamente porque, consciente de las situaciones concretas de ese complejo momento histórico, intuía que sólo de ese modo podía evitarse lo peor y salvar al mayor número posible de judíos". A esa tarea dedicó todas sus energías, movilizando la extensa red de las nunciaturas, las parroquias y las órdenes religiosas. Sólo así se explica el unánime reconocimiento del mundo judío en los años posteriores a la guerra, cuando no se había abierto un debate contaminado en su raíz.

Benedicto XVI ha querido también disolver el tópico de Pío XII como Papa rígido, hierático e incapaz de juzgar adecuadamente el rumbo de la historia. Por el contrario, ha subrayado su amor al pueblo, su valentía frente a las amenazas totalitarias (que no faltaron) y la apertura de su pensamiento. De hecho, lo ha presentado como precursor del Concilio Vaticano II en temas como la eclesiología, la liturgia, las ciencias bíblicas, el impulso a las misiones y la promoción del laicado. Con su valiente homilía del pasado jueves, Benedicto XVI ha arrojado luz sobre una figura que ha pretendido enfangar gente con mala conciencia y oscuros intereses, a veces en medio de un silencio inexplicable por parte del mundo católico.

José Luis Restán
http://iglesia.libertaddigital.com

Genoma humano: progreso científico para el avance de la civilización


Han sido muchos los acontecimientos ocurridos, desde que se hiciera público el primer borrador del genoma humano, a principios del año 2001. Como es sabido, el citado borrador, notablemente perfeccionado desde entonces, pues los errores y lagunas eran muchos, representa el patrón de la información genética detallada que define la especie humana. Su conocimiento abrió la posibilidad de detallar también, hasta un nivel muy profundo, la individualidad genética de cada ser humano. Se trata de una cuestión, la de cada ser humano como único e irrepetible, que tiene múltiples facetas; de alguna forma, la dignidad intrínseca, que la verdadera civilización atribuye a cada uno de los integrantes de nuestra especie, también se ejemplifica en los datos que hoy nos aporta la Ciencia más avanzada.

Disponer de esta información sobre el genoma humano permite plantear una enorme cantidad de nuevos programas científicos, destinados a aprovechar ese conocimiento, que actualmente están en pleno desarrollo en muchos lugares del mundo. Entre ellos, los destinados a desarrollar una Medicina individualizada que no es otra cosa que utilizar los datos de la individualidad genética de cada cual, para mejorar la atención sanitaria a lo largo de la vida. Se trata, por ejemplo, de plantear medidas preventivas que beneficien a cada persona, en función de lo que se pueda deducir de sus datos genéticos. Se trata, igualmente, de que la atención farmacéutica que reciba tenga en cuenta qué fármacos son los más adecuados para el propio individuo, o cuáles no lo son en absoluto, aunque puedan ser útiles para otros. En definitiva, se pretende conocer hasta qué punto los genes de los que somos portadores -dotación que cada uno recibe a partes iguales de su padre y de su madre- influyen en nuestra salud, así como cuál es el alcance del ambiente en el que nuestra vida se desarrolla. No sólo somos genes, sino que a partir de esta dotación genética nuestro ser biológico se materializa en interacción con el ambiente. Por ambiente se debe entender todo nuestro entorno vital, desde el clima a la alimentación o la educación que recibimos.

El brillante premio nobel Sidney Brenner ha llegado a escribir que todo este conocimiento define un nuevo paradigma científico, porque la Humanidad como tal representa un nuevo modelo. No cabe duda de que los avances en el genoma humano son una nueva fuente de conocimiento y de posibilidades. Sin embargo, la especie humana hace muchos años que ha llegado a esa conclusión. El reconocimiento de dignidad de la persona es la medida de la civilización; los nuevos hallazgos no hacen sino confirmar algo que está escrito en nuestra propia naturaleza, y que como seres humanos hemos podido ir materializando. Claro que a lo largo de la Historia ha habido ejemplos de lo contrario, momentos oscuros para esa civilización humana. También está claro que el propio concepto de vida humana -y la dignidad que le corresponde- pretende ser revisado por algunos en estos momentos, especialmente en lo que representan sus inicios o su final natural.

Pero, interesa mucho a todos considerar algunos aspectos del conocimiento nuevo, para que de cada avance científico se pueda derivar un verdadero progreso. Los avances de la Ciencia suponen un recorrido por un camino plagado de hallazgos ciertos, pero entremezclado de territorios de incertidumbre. La honradez más elemental demanda tanto establecer la verdad científica, como analizar sus alcances en términos precisos. Las interpretaciones carentes de base pueden ser -han sido, algunas veces- el origen de grandes conflictos.

Una conclusión que los datos genómicos establecen con claridad es que no existen razas humanas, si por razas se entiende grupos de seres humanos separados, entre los que pueda caber una distinción biológica clara. La especie humana es única, no hay fronteras que separen en grupos a quienes la integramos. Es ésta una cuestión en la que los descubrimientos científicos no hacen otra cosa que confirmar a quienes propusieron reconocer ese hecho fundamental, desde el ámbito religioso, político o social. Las observaciones son contundentes; hay una variabilidad genética, todos somos diferentes. Esas variaciones, en parte, son heredadas de nuestros antepasados que mezclaron sus genes, lo que sigue potenciando esa variabilidad. La variación hoy existente se puede datar a los inicios de la especie. Las diferencias de color de piel, así como de otras características externas muy visibles, son debidas a meras adaptaciones. Si se cuantifican las diferencias genéticas entre dos individuos, incluso considerados como de la misma raza, su valor alcanza niveles muy superiores a aquellas que puedan determinar las diferencias raciales o étnicas.

La Ciencia biológica asesta un duro golpe a todas aquellas posiciones -sostenidas en el pasado, pero también en el presente, no nos engañemos- que hacen énfasis en la significación de la etnicidad. Se podrán buscar explicaciones culturales o sociales sobre la existencia de grupos étnicos, así como a su proyección en la situación actual para demandar determinados derechos de grupos, por encima del individuo. De hecho, sabemos que esta búsqueda ha contaminado el cultivo de la Historia, desde sus fundamentos arqueológicos, cuando ésta se ha pervertido al servicio de determinadas ideologías y propuestas nacionalistas. Sin embargo, los avances sobre el genoma humano y la individualidad genética, tan útiles para la Medicina, representan una oportunidad más para la civilización. Un grupo multidisciplinar de académicos de la Universidad de Stanford insistía acertadamente en esta idea. La utilización de categorías raciales o étnicas, que sigue siendo empleada en Medicina, por ejemplo, para establecer la incidencia de determinadas patologías en caucasianos o personas de color, debe hacerse con precaución y con conocimiento de causa. Los grupos étnicos tal como se definen tienen un sustrato cultural y social, que con frecuencia va mucho más allá de lo biológico. Es preciso estar alerta frente a explicaciones genéticas de diferencias entre grupos humanos, en especial cuando se trata de caracteres de determinación compleja como la conducta o la capacidad intelectual.

Conocer la naturaleza es parte del progreso humano, que se asienta y avanza aun más a través del conocimiento de nuestra propia naturaleza como seres vivos. A nuestra propia libertad le es dado aprovechar ese conocimiento para profundizar en lo que más nos dignifica, el respeto a los derechos de todos, pero también de cada persona como única e irrepetible. Cada vez que sabemos en qué consiste ese ser único de cada individuo, nuestra civilización puede seguir avanzando sobre estas bases.

César Nombela
Catedrático de la Universidad Complutense de Madrid

Gritos frente a la cueva


Si les llegan a ordenar a todos a una a buscar a Franco y a Queipo de Llano, a Yagüe o a Mola, lo mismo los encuentran. Nuestro juez de la horca y la fosa los hubiera mandado a capturar jubilados con carné sepia de falange o a hacer de guardia de honor a Carrillo y sus amigos hijos de falangistas, todos absueltos por buena conducta por la causa de la secta. Eran el domingo un ejército de gente maltratada que sabe que el poder sólo agradece los favores que compra, nunca los que proceden de una vocación y profesión de servicio que del todo desconocen. Nunca se había visto en España tanto policía junto como al mediodía del sábado en el Paseo de la Castellana. Hombres y mujeres, familias enteras. Miles de trabajadores malpagados, maltratados e indignados, que luchan contra ETA, contra la mafia, contra la delincuencia, contra la disolución social galopante y los fenómenos tóxicos del buenismo de nuestros gobernantes, se manifestaban contra la «cueva de Alí Babá» -clamaban, de don Alfredo Pérez Rubalcaba, nuestro sempiterno Fouché. Sin muchas esperanzas, cabe decir. Se habían movilizado contra las intoxicaciones y amenazas sistemáticas y contra el trato de siervos que reciben las Fuerzas de Seguridad del Estado por parte de un Gobierno que se gasta el dinero -el suyo, lector, el mío y el nuestro- con alegría de dueño de cortijo en la compra de votos nacionalistas para un presupuesto que es una broma macabra. No tiene don Alfredo 300 euros para paliar al menos un poco el agravio comparativo, el insulto constante que supone la diferencia salarial de la Policía Nacional y Guardia Civil con las policías de los nuevos cacicatos de la alianza de nacionalistas y socialistas por las regiones afortunadas y no tachadas de traidoras.

El recurso de estos gobernantes ante una protesta de quienes no tienen sino un salario, unas obligaciones familiares y un deber, ha sido, no podía ser de otra forma, la intimidación. En la catadura de los responsables estaba la respuesta. Quien inoportune los planes de supervivencia y privilegio de la tropa gobernante, porque de eso se trata, debe considerarse amenazado. «No pasará nada, señor, Rubalcaba tiene también aquí a su ejército de espías, y las represalias y sanciones, si no se producen el lunes, se iran haciendo con el tiempo. Estos no perdonan y están en todas partes». Con esta franqueza se manifestaban unos antidisturbios de servicio en la Castellana, mientras veían pasar a sus compañeros pidiendo lo que ellos también reclaman. Los espías, el miedo y la desconfianza entre el funcionariado en este Ministerio y tantos otros, las amenazas de represalias y la vigilancia hasta en la intimidad, son las armas del talante. «Aquí está la cueva de Ali Babá» coreaba la policía. Aquí está el resultado puro de la aplicación de los códigos del socialismo español.

Hermann Tertsch
www.abc.es
 
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