domingo, 2 de novembro de 2008

Reina de todos los españoles



La conmemoración hoy del septuagésimo aniversario de Su Majestad la Reina, que en ABC celebramos ampliamente en las páginas de nuestro suplemento D7 *, debe de ser un momento de alegría para todos los españoles que tienen en su Soberana una figura que es un modelo de virtudes. Sus muchos servicios desde las instituciones que preside y alienta y su impecable papel institucional están en la mente de todos y algún día se hará un recuento de la muy concreta labor realizada por Doña Sofía desde el papel de Reina consorte, despreciado por algunos y reivindicado por ella como eficacísima herramienta de prestación pública.Es por ello que resulta especialmente desalentador que esta conmemoración se haya visto rodeada de una polémica que nunca es conveniente y que sin duda ha sido azuzada por quienes anteponen sus intereses más personales sobre el bien del conjunto de todos los españoles. En primer lugar resulta evidente que los mismos que critican con palabras y formas desmesuradas las opiniones vertidas por la Reina en un ámbito que no aspiraba a ser público, con toda seguridad hubiesen guardado silencio, o incluso hubieran colmado de elogios a la Soberana, si su opinión sobre alguno de los asuntos sensibles tratados hubiera sido la opuesta de la que ahora conocemos. Aquí se ha movilizado más un lobby que unos ciudadanos legítimamente contrariados por un proceder institucional del que discreparan.

A ello urge sumar que quienes hoy se sienten violentados por las opiniones expresadas por la Reina de España convendrán que esas posiciones privadas, hasta ahora nunca expresadas, en nada parecen haber influido sobre el devenir legislativo del Reino de España. No habrá un solo parlamentario, presente o pasado, que pueda decir que se ha visto mínimamente afectado en su labor por las opiniones de Doña Sofía. Y que, como es natural, las ideas manifestadas privadamente por la Reina parecen encajar plenamente con sus conocidas creencias cristianas, de origen ortodoxo y de plena comunión hoy con el Santo Padre. Convicciones conocidas por toda persona que lea alguna vez un periódico o un libro y para quien la sorpresa sólo puede ser farisaica.

A mayor abundamiento, el que la Reina haya entrado en su 70 cumpleaños -con voluntad de hacerlo público o no- en detallar algunas de esas ideas que alberga en su fuero interno debería ser visto con gratitud por todos los españoles y en especial por los historiadores. Doña Sofía está a punto de cumplir treinta y tres años como Soberana consorte a los que habría que sumar seis años y medio como Princesa heredera consorte. No parece exagerado suponer que aún si tuviera la longevidad de la Reina Victoria de Inglaterra, ya tendría bien superado el ecuador de su vida pública. Es por ello que no habrá un solo español de bien que pueda negar que es bueno, al menos para la Historia, saber lo que la Reina de España pensaba en su intimidad de la sociedad sobre la que ha reinado constitucionalmente. Qué valores albergaba ella en su fuero interno; qué preocupaciones tiene ella a la vista de la evolución de la sociedad española; qué fundamentos sostienen sus creencias. No parece excesivo pedir que a la vista de la impecable actuación de la Reina de España a lo largo de todos estos años, se le conceda, cuando menos el derecho de tener una opinión personal sobre cuestiones de valores. Y que pueda expresarla como madre y como mujer que es Reina. Una Reina que ha prestado grandes servicios a España aportando su sentido común, su cautela y su enorme sentido institucional a lo largo de más de cuatro décadas compartidas con el Rey de España. Acallen los jaraneros y reconozcan que estas declaraciones hacen a Doña Sofía, hoy más que nunca, Reina de todos los españoles.


Doña Sofía, una gran española

Se señala, y es verdad, la insustituible labor de Don Juan Carlos en el desmantelamiento de las asfixiantes estructuras franquistas y su decidido impulso -denominado justamente el «motor del cambio»- a la Transición política. Se afirma, y es cierto, su escrupuloso cumplimiento de las competencias asignadas en una Monarquía parlamentaria vertebradora del régimen constitucional instaurado en 1978. Pero no podemos ni debemos desconocer el relevantísimo quehacer de Doña Sofía, siempre al lado de Don Juan Carlos. No se puede comprender la Presidencia de George Washington sin su esposa, Martha Dandridge Custis. No se puede comprender tampoco el Reinado de Don Juan Carlos sin la presencia de Doña Sofía. De ella podemos afirmar con Víctor Hugo, que «cuando todo se vuelve pequeño, ella permanece grande».

Por tanto es secundaria la escasa atención que los constituyentes brindaron, expresa o tácitamente, a la figura de la Reina consorte en nuestra Carta Magna. Ésta se limita explícitamente -en su artículo 58- a hacer una mención a la «Reina consorte o al consorte de la Reina», quienes «no podrán asumir funciones constitucionales, salvo lo dispuesto para la Regencia». Se trataba de evitar intromisiones y duplicidades en las atribuciones del Monarca. Se consagraba pues la interdicción de las competencias de la Reina consorte y la indisponibilidad de las competencias regias. Es decir, la preservación de un unitario ejercicio del officium regis, esto es, del difícil y complejo oficio de Rey. De aquí también que el mandato -artículo 32.1- por el que «El hombre y la mujer tienen derecho a contraer matrimonio con plena igualdad jurídica», sufre las lógicas excepciones relativas a los estrictos cometidos constitucionales de unos y otros. Un caso, por lo demás, el de la Regencia -dada la mayoría del Príncipe de Asturias- que el decurso del tiempo ha hecho inaplicable. Doña Sofía no ha tenido que desempeñar un papel semejante al de María Cristina de Borbón durante la minoría de edad de Isabel II, o de María Cristina de Austria hasta la mayoría de Alfonso XIII. Finalmente, la Constitución prevé implícitamente su participación en el supuesto, también hoy sin objeto, de la Tutela por minoría de edad (artículo 60).

Ahora bien, los ingleses saben que la comprensión de las instituciones no se agota en las tasadas funciones consagradas en la Constitución y en las leyes. La Política se halla vinculada a las prácticas, convenciones y costumbres de quienes ostentan los poderes políticos, pero también por quienes se encuentran cerca, y hasta disfrutan de ascendencia, entre los titulares de los órganos constitucionales. Y aquí la acción de Doña Sofía ha sido destacada, como diaria alter ego de Don Juan Carlos, en tanto que permanente consejera y fiel esposa (en la estela de Bárbara de Braganza). Y, por supuesto, en el papel de madre de Don Felipe, como Heredero de la Corona (en la línea de María de Molina). Acertaba Tomás Villaroya, al entender que «sólo el Rey es el Jefe del Estado dotado de poderes constitucionales: es necesario evitar intromisiones que puedan resultar molestas y suscitar recelos y aún animadversión»; pero al esgrimir simultáneamente, que «la Reina consorte no está despojada de toda posibilidad de influencia. La situación privilegiada no le prohíbe las sugerencias y consejos en sus conversaciones privadas; al contrario, dentro de la natural discreción, puede expresar el parecer que le merecen los negocios públicos y aún es conveniente que tenga conocimiento de ellos. Conviene que tenga alguna noticia de la vida política para participar en las preocupaciones del marido, para aconsejarle con exquisita prudencia».

Pero siendo ello cierto, la observación de la realidad nos lleva más allá. Doña Sofía lleva ejerciendo -disquisiciones de habilitación dogmática jurídica al margen- un amplio elenco de acciones que institucionalizan, exteriorizan y se integran en la Jefatura del Estado. Un ámbito donde, en una interpretación atinada de la realidad, las prácticas y convenciones constitucionales complementarias de la letra de la Constitución -las denominadas praeter Constitutionem- ocupan un lugar preferente.

¿Cuáles han sido dichos cometidos? ¿Cómo se han materializado? Las funciones más sobresalientes desarrolladas por Doña Sofía han sido de dos clases. Las primeras, de carácter simbólico. El artículo 56.1 de la Constitución dispone que «El Rey es el Jefe del Estado, símbolo de su unidad y permanencia...». Pues bien, en los tradicionales aspectos simbólicos de la Monarquía, su labor ha sido de primer orden. Una acción simbólica añadida a la dimensión integradora de la realidad social y política por la Corona. La segunda, de naturaleza representativa. La Reina ha ejercido en infinidad de ocasiones, tanto dentro del territorio nacional como fuera de nuestras fronteras, como la mejor embajadora de la Corona y del Estado español. Sin olvidar, particularmente, su preocupación por el medio ambiente, la atención a los más débiles, su cercanía a los discapacitados, su interés por los problemas de la drogadicción, el cariño hacia los niños y su solicitud por la educación y la cultura. Unas tareas en las que llama la atención su naturalidad: «La Reina está dentro de la ceremonia pero por su tranquilidad y dominio de la situación parecería indicarnos que todo lo observa desde fuera».

Sin embargo, aparte de dichas reflexiones constitucionales, o de su profesionalidad tan traída periodísticamente, la cualidad que yo resaltaría es otra: ¡Doña Sofía es una gran española! Un caso de patriotismo adquirido, de mayor mérito si cabe -afirma bien Feliciano Barrios-, que el patriotismo de nacimiento. Así, cuando se pregunta a Doña Sofía si es griega, contesta con corrección, no exenta de firmeza, que ella es total y únicamente española. Doña Sofía ha asumido los dictados del artículo 6 de la Constitución de Cádiz: «El amor de la Patria es una de las principales obligaciones de todos los españoles». Y lo ha hecho sin estridencias, sin vanagloriarse, ni sobresaltos ni atropellos. Con capacidad, discreción y elegancia. A veces, como la Penélope de Homero, tejiendo y destejiendo. En otras ocasiones, como en la cubista pintura de Fernand Léger, La couseuse, hilvanando y cosiendo los más sólidos hilos. Pero siempre, como La Encajera de Vermeer, la Reina actúa con dedicación y esmero. En suma, es la primera de nuestras Hilanderas velazqueñas. Doña Sofía ha sabido, en fin, encarnar el tacto y la inteligencia pedidos a los consortes de los Reyes por Die y Mas en sus Nociones de Derecho civil de las Familias Reales. Matrimonio de Reyes y Príncipes: «no debe aspirarse a ejercer ningún poder por sí mismo y debe rehuirse toda actitud que suponga ostentación; pero debe ser de ayuda, estímulo y, en definitiva, consejero confidencial». Ha seguido, en suma, los mejores ejemplos: el del Príncipe Alberto, marido de la Reina Victoria de Inglaterra, o el de la reseñada María Cristina de Austria.

Emanuel Schikaneder escribió para Mozart el libreto de La flauta mágica, un canto al poder transformador de la bondad humana. En el primer acto, Pamina y Papageno, dos de sus protagonistas, cantan que «todo ser humano que siente cualquier forma de amor, posee también un buen corazón». Doña Sofía es, también, esa mujer que sabe transmitir confianza y serenidad. Y, sobre todo, esperanza. Una llamada a lo mejor de nosotros que nos recuerda al personaje de Portia, la protagonista de El mercader de Venecia de Shakespeare, que restablece la cordura a través de la realización de lo justo: «la propiedad de la clemencia es... dos veces bendita: bendice al que la concede y al que la recibe». La Reina es, como en la creación del dramaturgo de Stratford-upon-Avon, cortés y clemente. Aunque hablando de una mujer que es y se siente española no hay como los versos de Antonio Machado para festejar su aniversario: «Vive quien ha vivido». Doña Sofía habita ya en la mejor historia moderna de esta España constitucional. En la más hermosa, la más genuinamente compartida y la más auténtica.

Pedro González-Trevijano
Rector de la Universidad Rey Juan Carlos

Señora, decid lo que queráis

Andaba yo moderando la tertulia de análisis político de «La linterna» cuando me pasaron una nota referida al último libro de Pilar Urbano en el que, presuntamente, se recogen las opiniones de la Reina sobre los temas más diversos. Entre las supuestas afirmaciones de la Reina se encontraba su oposición a la eutanasia, al aborto o a que se denomine matrimonio a las uniones entre homosexuales, subrayando además que la ley civil no pueda ir en contra de las leyes naturales. Comentar estas cuestiones nos llevó apenas unos minutos, pero, personalmente, yo quedé convencido de que en el lobby gay -que no representa a los homosexuales sino a los que viven de su condición de tales- se iban a poner como locas y la reacción no se iba a hacer esperar.

No me equivoqué. Las afirmaciones reales o supuestas que la Reina había realizado habían sido de todo tipo. Lo mismo veían con agrado que Obama llegara a la Casa Blanca que criticaban las guerras de Afganistán e Irak, lo mismo se referían elogiosamente a Felipe González que alababan al matrimonio ZP. Pues bien ni los partidarios de McCain, ni los que apoyaban la intervención en Irak, ni los que acabaron hartos de Felipe González ni siquiera los que consideran que la señora de ZP es una hortera que se gasta sin tino el dinero de todos climatizándose una piscina o teniendo a la Guardia Civil escoltándola mientras bucea dijeron una palabra en contra de la Reina. Todos y cada uno de ellos consideraron (consideramos) que la Reina podía estar o no equivocada, pero, a la vez, no dudaron que tenía absoluto derecho a pensar como quisiera y, por añadidura, a contárselo a una periodista.

Ha tenido que ser precisamente el lobby gay el que, como tantas veces, ha tenido que dar la nota inquisitorial, intolerante y liberticida. La libertad de expresión y de pensamiento constituye uno de los pilares esenciales de la democracia. Desgraciadamente, la dictadura de lo políticamente correcto prosigue una labor consciente y sistemática de recorte e incluso supresión de esas libertades. Al cabo de unas horas, acostumbrados a danzar a la música que toca el lobby gay, los políticos salían multiplicando declaraciones no pocas veces contradictorias e incluso la Casa Real emitía un comunicado ambiguo.

Personalmente, estoy convencido de que la Reina -caso de haber afirmado lo que le atribuye Pilar Urbano- sólo ha dicho lo que piensan decenas de millones de españoles: que al aborto y la eutanasia constituyen comportamientos deplorables; que se puede respetar a los homosexuales, pero que eso no convertirá jamás su unión en un matrimonio porque no lo es; y que si los heterosexuales saliéramos a las calles presumiendo de nuestro orgullo sexual, el día del orgullo gay parecería en comparación un pic-nic al que han ido tres y el de la falda rosa.

Ésa es la realidad y debemos recordarla porque si permitimos que cualquier colectivo coloque un cordón sanitario cercando a los medios que no le gustan o que pretenda imponer sus prejuicios incluso sobre la Casa Real la libertad de pensamiento y de expresión quedarán heridas y, al darse ese terrible paso, nuestra democracia se colocará en el camino de la extinción. Por eso, humildemente, yo sólo puedo darle un consejo a la Reina: «Señora, decid lo que queráis».

César Vidal
www.larazon.es
 
Locations of visitors to this page