terça-feira, 2 de dezembro de 2008

El fantasma y la culpa

En su época de madurez, el comediógrafo Plauto estrenó en Roma una comedia titulada «Mostellaria». La obra contaba la divertida historia de un joven calavera y desvergonzado que aprovechaba la ausencia de su padre para llevarse a casa a una esclava con la que entregarse a los placeres del lecho. Cuando más entretenido se hallaba con la muchacha, se producía el retorno del progenitor.

Temiendo ser descubierto y castigado por su conducta disoluta, el joven inventaba que en la casa se había asentado un fantasma y que, por lo tanto, lo más prudente era que su padre no entrara en ella. Libertino, embustero, irrespetuoso con quien le había engendrado, la comedia de Plauto lanzaba un juicio sobre él afirmando que «nada es más miserable que el ánimo del hombre consciente de su pecado». La aseveración ponía así el dedo en la llaga de una de las claves que nos permiten entender las motivaciones más hondas del corazón humano.

Me ha venido a la memoria «Mostellaria» al escuchar las declaraciones de algunos políticos al referirse a la supervivencia de Esperanza Aguirre en medio de los atentados islámicos de Bombay. En buena lógica, la matanza debería de haber provocado unas reacciones muy concretas. Por supuesto, tendría que haber originado una condena contundente del gobierno de ZP afirmando su voluntad de combatir el terrorismo islámico en cualquier frente y, por supuesto, también la alegría por el hecho de que sus compatriotas -incluida Esperanza Aguirre- se hubieran salvado.

Sin embargo, las reacciones -de Ignaci Guardáns a José Blanco, pasando por Mar Moreno- han sido mezquinas y ruines y en su mayoría se han dirigido a atacar a la presidenta de la Comunidad de Madrid que, al parecer, cometió el grave pecado de salir viva. Personalmente, me cuesta no ver en todo ello el vómito de una conciencia que se sabe culpable.

¿Cómo no iba a atacar a Esperanza Aguirre Ignaci Guardáns, que persiguió a la COPE en el Parlamento europeo y que parece no haber asimilado que es nieto de alguien que financió en 1936 a Franco para alzarse contra el gobierno del Frente Popular? ¿Cómo no iba a sumarse José Blanco, conocedor de que su partido se lanzó al suelo el 23-F en el Congreso, se valió del terrorismo relacionado con el 11-M, huyó de Irak y llamó a la deserción de la lucha contra el terrorismo a otras naciones? ¿Cómo no iba a unirse Mar Moreno, que sabe sobradamente cómo ZP intenta estrangular económicamente a Madrid? ¿Cómo no iba incluso ZP a sumirse en el silencio cuando quienes han cometido los asesinatos son aquellos con los que se ha negado a enfrentarse desde la vergonzosa salida de Irak y con los que sueña en anudar su absurda Alianza de Civilizaciones?

Y, finalmente, ¿cómo no iba a producirse también un silencio, a gritos de los dirigentes musulmanes -supuestamente moderados-, que no han pronunciado una sola palabra de condena contra la violencia de sus correligionarios en Bombay? Si bien se mira, todos y cada uno se han comportado como cabía esperar y es que, detrás de todas estas conductas, da la sensación de hallarse una culpabilidad nacida de haber actuado de manera indigna, tan indigna que, a diferencia de lo sucedido en la obra de Plauto, ni siquiera la aparición de un fantasma serviría para ocultarla.

César Vidal
www.larazon.es

El rostro oculto de la historia

... Alguien ha recordado que la guerra de secesión, la de Abraham Lincoln, comenzó con la separación de Virginia, que no aceptaba la liberación de los esclavos, y sólo ha terminado casi siglo y medio después, cuando virginia, precisamente, ha votado por el candidato afroamericano...

Tamerlán, castigador de Oriente, fue el último y quizá el más terrible de los aguerridos depredadores que Asia central dio a la historia. Los relatos del siglo XIV retratan su paso por el mundo como la culminación de sus implacables antepasados mongoles. Ni una migaja de compasión detuvo nunca su mano. Las carnicerías que llevó a cabo sobrepasan las de aquellos que le precedieron: sólo en las ruinas de Bagdad dejó una pirámide de noventa mil calaveras.

El mundo entero temblaba de horror cuando oía hablar de este infatigable guerrero que planeaba las campañas con detalle y las conducía personalmente. Tampoco fueron escasos los que se pusieron a soñar con Samarcanda, aquella ciudad que, según González Clavijo, embajador de Castilla, era el espejo del mundo y la primera ciudad de Asia, la capital que Tamerlán cubrió de mosaicos y doradas cúpulas donde los ojos del poderoso y endurecido conquistador mongol ardían sin brillo sobre los aterrados sirvientes y los temerosos embajadores.

Ésta es la terrible imagen que Tamerlán dejó por siglos en la asustada imaginación del mundo. Pero en 1941 ocurrió algo que rebajó la legendaria figura del conquistador mongol. Ese año un equipo de arqueólogos soviéticos abrió su tumba y encontró intacto el esqueleto de un hombre pequeño y cojo, que al morir tenía el brazo derecho atrofiado.

La memoria del mundo está hecha de verdades sabidas, pero también de fantasías y temores, y más de una vez, de pesados silencios e insospechadas simplificaciones. Tan sólo un año después de que los arqueólogos soviéticos nos dieran un retrato de Tamerlán más ajustado a la realidad histórica, menos imponente de lo imaginado por muchos de sus coetáneos, John Keynes pronunciaba en Londres una conferencia que proyectaría sobre el mundo una nueva imagen de Newton. Durante años, Keynes había analizado obsesivamente un montón de documentos de Newton que la Universidad de Cambridge había considerado sin valor científico y que él había adquirido en una subasta. Aquellos legajos polvorientos eran sorprendentes. Una vez sumergido en ellos, Keynes ya no pudo seguir viendo a Newton con los mismos ojos que sus antepasados. Tampoco podrían los sorprendidos oyentes de su conferencia.

«Desde el siglo XVIII -dijo Keynes en aquella velada de 1942, en medio del estrépito de la Segunda Guerra Mundial- Newton ha sido considerado el primero y más grande de los científicos de la era moderna, un racionalista, alguien que nos enseñó a pensar de acuerdo con los dictados de la razón fría y carente de emoción. Yo ya no puedo verlo bajo esa luz». Y a continuación, Keynes añadió con elegante rotundidad: «Newton no fue el primer hombre de la edad de la razón, fue el último de los magos, el último de los babilonios y de los sumerios, la última gran mente que contempló el mundo visible e intelectual con los mismos ojos que lo hicieron quienes empezaron a construir nuestra herencia cultural hace casi diez mil años».

Keynes no se equivocaba, como han podido demostrar estudiosos posteriores. El Newton real, de carne y hueso, no el Newton de la leyenda, fue un hombre enredado en el fantástico mundo de la alquimia, entregado a la búsqueda ocultista de la piedra filosofal, convencido de que la cronología de la Biblia le permitiría predecir el Apocalipsis. Años después de publicar sus famosos principios matemáticos, Newton aún estaba empeñado en descubrir la forma exacta del Templo de Salomón, que consideraba la mejor guía para conocer la topografía de los cielos.

Lo que recordamos es inseparable de lo que pensamos que ocurrió, y en la mayoría de los casos juzgamos los acontecimientos y los personajes de la historia en función de imágenes y simplificaciones heredadas. Las anécdotas de Tamerlán y Newton no son aisladas. Preguntemos a Tácito si la época de Trajano, Adriano y Marco Aurelio puede describirse como el período de la historia en que la humanidad ha sido más próspera y feliz, como dijo el ilustrado Edward Gibbon en el siglo XVIII. De poder contestarnos, Tácito lo haría seguramente con la anécdota de aquel comandante romano que había acabado de forma brutal con el levantamiento de una tribu germana y que a continuación informó a Roma que había llevado la paz a la región. «Crean un páramo -escribe Tácito- y lo llaman paz».

Los ejemplos pueden multiplicarse. Porque casi siempre, los ojos ven lo que quieren ver, aquello que estamos acostumbrados a creer, aquello en lo que queremos creer. Hoy, que vivimos una época de frívolo maniqueísmo, nada resplandece más en el firmamento que el triunfo de Barack Obama. Alguien ha recordado que la guerra de secesión, la de Abraham Lincoln, comenzó con la separación de Virginia, que no aceptaba la liberación de los esclavos, y sólo ha terminado casi siglo y medio después, cuando Virginia, precisamente, ha votado por el candidato afroamericano. Hay también quien ha dicho que el tiempo ha dado por fin la razón a Luther King y se la ha quitado a Malcolm X, y que aquel sueño de agosto de 1963, anunciado desde la blanca escalinata del Capitolio -un sueño frágil, destinado a una vida incierta y vaporosa- se ha hecho ahora realidad.

Tranquilo, con un gran dominio del lenguaje y una batería de ideas claras y ambiciosas, Obama ha devuelto la autoestima a su país. Ha encontrado las palabras adecuadas. Ha conmovido y convencido, y ha demostrado que los buenos discursos, como los libros, pueden tener preciosas consecuencias. Todos los analistas parecen estar de acuerdo en que ahora sí podemos tener esperanza. Y tienen razón. A pesar de ello, no estaría de más recordar lo que Churchill observaba en su diario días después de su celebrado discurso Sangre, sudor y lágrimas: «La retórica puede sacudir el mundo, pero no es garantía alguna para la supervivencia».

Tampoco la esperanza ni el destello ilusionante bastan para dirigir con éxito ningún país. John Kennedy es un buen ejemplo. También Kennedy llegó a la Casa Blanca tras dos fríos mandatos republicanos que habían cegado el cauce político a otros modos de entender el mundo. También Kennedy proyectó una imagen joven y segura frente a un candidato, Nixon, confuso y cansado, sobre el que pesaba el recuerdo de la caza de brujas. También los problemas a los que se enfrentaba eran inmensos: los planes para la invasión de Cuba preparados por la CIA, la explosión guerrillera revolucionaria en América del Sur, las guerras postcoloniales en África, la presencia norteamericana, interesada y peligrosa, en Vietnam, o el contrapunto agresivo del mandatario soviético Kruschev. También el presidente de la «nueva frontera» consiguió seducir a la confiada Europa anunciando un cambio de época. También Kennedy puso de moda la esperanza de que «los años que vienen van a ser diferentes». Pero lo que vino, en realidad, fueron los mismos problemas bajo nombres distintos, algo que, hasta después de morir el presidente, muy pocos advirtieron.

Como Obama hoy, Kennedy fue ayer el símbolo de la ilusión de una era. No sabemos qué recuerdo dejará el primer presidente negro de los Estados Unidos, pero sí conocemos la leyenda que aún rodea la figura del presidente asesinado en Dallas. A pesar de las grandes fisuras de la política interior y exterior de su mandato, su orgullosa y seductora sonrisa aún ilumina los años sesenta con el fuego más intenso. Y lo hace de la misma manera que la terrible mirada de Tamerlán atenaza el lejano Oriente del siglo XIV. Ambos -Kennedy, Tamerlán- parecen dos caras de una misma moneda: nos recuerdan que a veces hay más vida en lo soñado que en lo visto con los propios ojos, y también que la parte inmortal de la memoria se hace, la gran mayoría de las veces, a base de espejismos, de silencios y rostros desfigurados.

Fernando García de Cortázar
Catedrático de Historia Contemporánea. Universidad de Deusto

segunda-feira, 1 de dezembro de 2008

En defensa de España



En el presente España, como nación soberana, está amenazada desde diversos frentes. En efecto, hacia ella dirigen sus acciones determinados grupos políticos (o parapolíticos) cuyo propósito es el de causar daño a España (en su singularidad política) con el fin último de acabar con su existencia (globalmente considerada).

(...) la amenaza realizada por esos grupos no se dirige (o no sólo) contra aspectos institucionales, desarrollados en el seno de la nación española (contra el rey o la monarquía, contra el gobierno, contra los empresarios, contra el ejército o la policía, contra la fiesta nacional, etc.), sino que las amenazas se dirigen contra España, contra su existencia como nación política y en tanto que tal (así, por ejemplo, la "fiesta nacional" es atacada muchas veces, no por lo que tiene de espectáculo cruel, sino por lo que tiene de nacional; incluso diríamos que es atacada al contemplar en ella el alineamiento perfecto entre la crueldad y lo español). España, para estos grupos, representa en fin un mal con el que hay que acabar, siendo así que tales grupos manifiestan explícitamente su animadversión contra la esencia de España, sea como fuere que la definan, y anuncian de múltiples maneras su pretensión de acabar con su existencia.

Amenazas formales y amenazas materiales

Por eso, hay que distinguir entre las amenazas que recaen sobre España por lo que ésta representa en los programas de esos grupos –hablaríamos así de amenazas formales– de aquellas otras amenazas –digamos materiales– que le puedan sobrevenir (...) como sociedad política o antropológica en general (...) Por ejemplo, no es lo mismo la amenaza que pueda representar para España el calentamiento global que la amenaza que representa el yihadismo (por más que José Luis Rodríguez Zapatero haya alguna vez sugerido, sin tener en cuenta esta distinción, que aquella amenaza es más grave que ésta porque produce más víctimas anuales). Mientras que la amenaza del calentamiento global no está dirigida contra España por lo que ésta singularmente representa (de hecho ni siquiera se puede hablar de amenaza en sentido propio, sino más bien análogo, pues la naturaleza no es un sujeto que profiera propósito de amenaza alguno), sí se dirige explícitamente como amenaza contra España el yihadismo: grupos yihadistas han anunciado, en reiteradas ocasiones, dirigir sus acciones contra España con el propósito de acabar con su existencia al representar ésta la "tragedia de al-Andalus". Igualmente, la gripe aviar o la enfermedad de las vacas locas pueden representar una amenaza para España, pero serían amenazas materiales, distintas de la que representaría la amenaza de un ataque con ántrax por parte de un grupo terrorista.

Amenazar la esencia de España (o de algún atributo suyo) no tiene por qué suponer amenazar su existencia

(...) entre las amenazas dirigidas contra España hay que distinguir entre aquellas que van dirigidas contra su esencia de aquellas que van dirigidas contra su existencia, pues dirigir amenazas contra la esencia de España, según ésta se conciba, no tiene por qué suponer amenazar su existencia. Así, por ejemplo, se puede amenazar a España, desde el comunismo, por ser (esencialmente) un país capitalista (un "estado burgués"), pero ello no implica amenazar su existencia; al contrario, se pretende, desde esa amenaza, salvar la existencia de España por entender que el capitalismo terminaría por arruinar su existencia. La amenaza iría dirigida contra el capitalismo en España, pero no contra España en sí, cuya unidad se trataría de salvaguardar para convertirla, vía revolucionaria ("dictadura del proletariado"), en un "estado socialista" (otra cosa es que lo que termine siendo ruinoso sea el comunismo).

Distinto sería el sentido de las amenazas si éstas vinieran dirigidas desde el anarquismo, pues éstas estarían motivadas por la esencia estatal de España (por ser España un estado, entre otros), y por tanto aquí sí amenazar su esencia supondría también amenazar su existencia como sociedad política (y es que amenazar a España en tanto que sociedad política es amenazarla formalmente en su existencia).

La amenaza contra España también supone la amenaza contra sus partes, pero no al revés

En ese sentido, las amenazas dirigidas contra la existencia de España se dirigen también contra sus partes (es imposible amenazar al todo sin amenazar a sus partes regionales, municipales, personales, etc.), lo cual no quiere decir que por amenazar a las partes ello suponga amenazar también a España. Es más, a veces las amenazas que se pueden dirigir contra las partes buscan, precisamente, el bien –y no el mal– del todo, en este caso, de España. Por ejemplo, a veces las amenazas dirigidas contra un gobierno buscan el bien de la nación y no su ruina (¡Abajo el gobierno, viva la Nación; "¡Para que viva la Nación, debe morir Luis XVI!", que dijo Robespierre). Sin embargo, si se amenaza a un gobierno o al rey o a cualquier otro ciudadano porque representa a la nación, entonces la amenaza involucra a todas las partes de la nación, y no sólo al gobierno o al rey (aunque sólo sea éste el que éste explícitamente amenazado). Durante el franquismo la lucha antifranquista mantuvo cierta ambigüedad mientras el régimen permanecía (ambigüedad que se aclaró durante la transición), porque mientras que parte del antifranquismo procuraba el bien de España con el intento de liquidación del régimen, otra parte, confundiendo al régimen franquista con España (y, en ese sentido, tragándose la propia propaganda franquista), procuraba terminar con España atacando al régimen franquista (el magnicidio etarra contra Carrero Blanco en 1973, del que muchos se alegraron neciamente, iba, naturalmente, en esta dirección).

Del mismo modo, las amenazas dirigidas recientemente contra el Rey, por parte del republicanismo catalanista, buscan terminar con la existencia de España, y no sólo contra la monarquía en España.

(...)

España, amenazada formal y explícitamente en su existencia

(...) si acaso es discutible que España esté en peligro, lo que no se puede discutir de ningún modo es que España está formalmente amenazada en su soberanía por determinados grupos políticos y parapolíticos. Y es que mientras que estar en peligro es un concepto relativo (dependiente de la diferencia de potencial entre los grupos), el concepto de amenaza es absoluto (independiente de esa relación de potencial), pues la amenaza ya está presente (no ya tanto su solvencia) en cuento que es declarada por el grupo que amenaza (y ello al margen de que el grupo amenazado crea estarlo o no). (...)

El secesionismo, amenaza formal y explícita

Sin duda España está amenazada en su existencia por grupos secesionistas.

Todo grupo (partido, sindicato, etc.) nacionalista fraccionario, desde el Partido Nacionalista Vasco hasta Andecha Astur, defiende la idea de la disolución de España (la propia negación de su existencia es ya, de hecho, una amenaza para la misma), en cuanto que defienden la constitución nacional de lo que no son sino partes de la Nación español. Una nación, la española, cuya existencia, desde tales grupos, o es negada sin más, o es concebida como una superestructura política imperial residual con la que definitivamente hay que acabar.

Así, estos grupos, si bien no amenazan directamente la soberanía española (y es que ni siquiera la reconocen como existente), sí representan una amenaza indirecta (no por ello menos grave, quizá más), al buscar, y a ello dirigen su actividad política, que una parte de la nación española pase a ser reconocida como un todo nacional, lo que directamente implicaría, si este fin se consuma, la fragmentación y ruina de la nación española. El solo no-reconocimiento de la soberanía nacional española (...) pone ya en marcha tales fines, promovidos en el seno de dichos grupos.

La mera existencia de estos grupos, en definitiva, representa ya una amenaza formal para la nación española.


NOTA: Este texto es un extracto editado del libro de SANTIAGO ABASCAL y GUSTAVO BUENO - EN DEFENSA DE ESPAÑA. RAZONES PARA EL PATRIOTISMO ESPAÑOL, que acaba de publicar la editorial Encuentro.


 
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