sábado, 1 de agosto de 2009

Intimidar a la Iglesia no sale gratis

Paradojas de nuestra historia. Mientras en el seno del Ministerio de Justicia, con la Iglesia como algo más que invitada en la mesa común de las confesiones religiosas, se está debatiendo la nueva ley de libertad religiosa, desarrollo indiscutible de la Alianza de Civilaciones, grupos anarquistas catalanes, jóvenes exaltados madrileños, se lanzan a poner bombas caseras en locales parroquiales, a pintar los templos, a obturar las puertas de las iglesias y a insultar a los sacerdotes y fieles cristianos.

¿Tendremos una ley de libertad religiosa post ataques y presiones a lo cristiano y a los cristianos, o tendremos una ley relativista de una libertad religiosa que sea una ley de desarrollo de algunas confesiones, que no se suelen caracterizar por un aprecio a la libertad religiosa, y de deslegitimación de otras? Aún no sabemos cómo será la nueva ley de libertad religiosa; parece que allá en el mes de agosto, tiempo propicio para anunciar este tipo de leyes, contaremos con el primer borrador, filtrado, lógicamente, a los medios del aparato gubernamental. Lo que sí sabemos es que si no se atajan estos principios de presión violenta a la Iglesia, a lo religioso, contra lo cristiano, de intimidación contra los sacerdotes, un bien peligra: la paz social.

Lo que el Gobierno debiera pensar es que el primer paso para libertad religiosa es garantizar la seguridad de quienes quieren libremente acercarse a una Iglesia para asistir al sencillo, y a la vez fecundo, acto de una celebración eucarística. Lo demás son retruécanos ideológicos y envolventes legislativos que pretenden la modificación del statu quo, además del vaciamiento, por la vía de algo más que los hechos, de la libertad de conciencia. Mucho se ha discutido si hoy se da en España una persecución religiosa formal, tal y como la hemos entendido en la historia. A estas alturas lo que sí tenemos claro es que comienzan a florecer brotes, no precisamente verdes, a lo sumo rojos y negros, de violencia sistematizada por una estrategia conducente a amedrentar a quienes son, por naturaleza, colaboradores del bien social.

Reiteradas veces hemos escuchado que la libertad religiosa era el termómetro de otras libertades, por no decir de todas las libertades. La historia es muy tozuda, y cuando se empeña en ofrecernos una lección acerca de dónde acaban los que comienzan siendo actos aislados, debemos pararnos y pensar qué es lo que va a hacer el Estado que debe velar por el orden público. Habrá quien diga que lo que ha ocurrido en Madrid, o lo que ha ocurrido en Barcelona, no son más que meros actos vandálicos, aislados dentro de un conjunto de normalidad social. No es normal que exista una coincidencia de argumentos, de lemas gritados y pintados, por ejemplo ese que dice que "la única Iglesia que ilumina es la que arde" o "el mejor cura es el cura muerto". El laicismo, también el gubernamental, no debe mirar para otro lado; ha puesto al fuego el caldo para el cultivo de una deslegitimación social de la Iglesia, y de una violencia verbal, en lo social, hacia los cristianos y los miembros de la Iglesia, que tarde o temprano, como si fueras un virus que se incuba en el interior, sale al exterior y se manifiesta en la piel social.

No debemos olvidar que quienes han señalado con la diana de sus acciones a la Iglesia, lo están haciendo contra ese 76% de los españoles que se autoproclama "católicos", más de 35 millones de españoles, y directamente contra esos más de seis millones y medio de personas que van a misa todos los domingos, y lo reconocen. No hay en este momento ningún partido político, estrella de música o evento deportivo que congregue cada semana a la mitad de personas que asisten a la misa los domingos. Y, como ocurre, en esos casos, la libertad de culto es algo más que una libertad; es la expresión de un sistema político y de un Estado de Derecho al que los cristianos han contribuido significativamente y al que no piensan renunciar. Intimidar a la Iglesia no sale gratis.

José Francisco Serrano Oceja
http://iglesia.libertaddigital.com

El cansancio de la Iglesia y su remedio

Sí, ese cansancio existe y se presenta con diversas formas. Desde una campaña feminista para reclamar la paridad en la Iglesia a la demanda de un defensor del creyente. Pero también se expresa en la queja constante por la supuesta falta de rigor de los obispos a la hora de corregir desmanes doctrinales, o en el ritornello de que la Curia es un desastre. Siempre hay algún motivo a mano, ya sea izquierda o derecha.

Pero de todos los cansancios el más pernicioso es el de quienes ya no esperan de la Iglesia lo único que sólo ella puede dar. El de quienes la reducen a mero instrumento del sistema para que ofrezca un suplemento ético o una consolación espiritual. Y existe también el cansancio, más noble, de quienes sienten que han hecho todo lo posible, que han bregado toda la noche sin sacar nada... hasta que les vence el escepticismo. De estos cansancios varios no se sale con planes eficientes ni con voluntarismo. Sólo la gracia de Dios, el Espíritu Santo, que es el alma de la Iglesia, puede recuperar su organismo cansado y darle una nueva vitalidad. ¿Es esto salirse del problema? Sinceramente creo que no, es afrontarlo en toda su crudeza.

Claro que no se trata de esperar que esto suceda como quien espera a Godot sino de abrir los ojos para contemplar lo que ya sucede aquí y ahora, ya que por fortuna el Espíritu no descansa. Como bien recordaba el cardenal Ratzinger en el mencionado diálogo con Seewald, a esta Iglesia (y no a otra que podamos imaginar o proyectar) se le ha prometido "Yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo", lo cual no significa que a cada parcela o diócesis de la Iglesia se le haya ofrecido salvoconducto para la eternidad. La Iglesia puede caer, oscurecerse, y en algunas regiones incluso desaparecer, pero la promesa sigue siempre en pie y el Señor la cumple con su fantasía que nos descoloca y nos desborda. Por ejemplo, ¿quién podía pensar a finales del siglo XVIII que la Iglesia sería la abanderada de la libertad en el Este de Europa, o que a comienzos del XXI un Papa hablaría a los modernos como sabe hacerlo Benedicto XVI, o que una pobre monja albanesa desvelaría en la India la potencia inaudita de la caridad, como pudo hacerlo Madre Teresa?

El cansancio existe y puede tener sus justificaciones varias, pero en último término desvela un error de fondo. El de no reconocer a la Iglesia como lo que realmente es: el hogar de gracia en el que nuestra humanidad se recupera continuamente, el único ámbito vital que permite el encuentro con Cristo y su seguimiento real, más allá de nuestras proyecciones sicológicas y de nuestras pretensiones ideológicas. Los hombres de Iglesia podrán resultar más o menos simpáticos en cada momento, más o menos acertados en sus opciones históricas, pero sólo en el cuerpo concreto de la Iglesia encontramos a Cristo tal cual es, y no al fantasma que cada uno se puede, incluso involuntariamente, construir.

El gran escritor francés Georges Bernanos fue uno de los primeros, según Urs von Baltasar, en curarse de la enfermedad típica de los intelectuales católicos del XIX: la de separar la justa aspiración de una profunda renovación eclesial, de la forma concreta de la Iglesia. Desde luego Bernanos no fue complaciente con las personas y las instituciones eclesiales de su época, pero cuando tras uno de sus encontronazos épicos un amigo se apresuró a felicitarle por su desmarque de la institución, le respondió tajante: "si alguna vez me expulsaran volvería para pedir que me dejaran permanecer siquiera en un rincón, ya que fuera de la Iglesia no podría ni tan siquiera respirar". Nunca he encontrado una aproximación más bella y sagaz al misterio de la Iglesia y a lo que significa para la vida de quienes la hemos encontrado.

El cansancio sólo puede ser superado por la alegría, la alegría de ver brotar inesperadamente el fruto de la santidad de Dios en la tierra fatigada de su Iglesia. Mientras cerraba este artículo ha llegado a mis manos una historia sencilla entre miles, la de un joven sacerdote de origen inglés que trabaja en las favelas de Sao Paulo, y que para descansar de su duro trabajo dedica el verano a atender los poblados del río Arari, en la Amazonia brasileña. Algunos esperaban seis años para ver al sacerdote, que ahora llega cada año y apenas da abasto para confesar, impartir catequesis, casar parejas, bautizar niños y preparar enfermos para el paso final. Supongo que el P. Shekelton acabará cansado, pero el suyo no es el cansancio de la Iglesia del que venimos hablando. Más bien él, como tantos y tantos en los cuatro puntos cardinales, nos muestra que la Iglesia es la casa en la que vivir y morir con esperanza, rodeados de una amistad que es signo de la compañía perenne de Cristo. Y quede claro que Shekelton no es producto de una estrategia eclesial, recibió su alegría de otros testigos, y él la transmite ahora a manos llenas en una circunstancia de por sí descorazonadora. Así ha sido durante más de veinte siglos, y así será hasta que el Señor vuelva.

José Luis Restán

http://iglesia.libertaddigital.com (29/7/2009)

Hijos de puta

Anteayer, después de escribir del atentado de Burgos, me escapé al monte. Odio la playa en verano, el cielo estaba cubierto, y refugié mi indignación en el hayedo del Jilguero, en el valle de Cabuérniga. Sube una senda entre hayas erguidas hasta donde se abren los altos prados, después de atravesar el pequeño dominio de los abedules. No hay cobertura telefónica por aquellos caminos, que son del lobo y del corzo, en pleno corazón del Saja. En un tiempo, no lejano pero irrecuperable, el hayedo sentía el canto de amor del urogallo, el más presumido, asombroso y escaso señor de nuestros bosques norteños. Concluido el largo paseo, ya de vuelta por la carretera, oí en la radio lo de Mallorca. El crimen de Mallorca. El asesinato de dos hombres buenos en Mallorca. Un crimen asqueroso y cobarde del terrorismo vasco, que es un terrorismo más infame que otros, porque es de maricones a la antigua usanza, de muerte abandonada en una bomba-lapa y explosionada en la lejanía, o calculada para destrozar cuando los criminales pueden estar disfrutando de su perversidad en una cala azul, la piscina de un club o tirándose a sus madres en la «suite» del mejor hotel de la isla.

Hijos de puta. Los que matan y los que ordenan las muertes. Hijos de puta los que celebran y los que cobijan las culminaciones sangrientas del terrorismo vasco, y escribo vasco porque así es, aunque a muchos, a mi principalmente, me hiera en el alma hacerlo. Hijos de puta los que piensan que los muertos y sus familias son equiparables a los asesinos y las suyas. Hijos de puta los que enaltecen a quienes han hecho de la vieja Euskalerría, la Euskal-Herría con «h» inventada de hoy. Hijos de puta los que, sabiendo dónde estaban y en qué lugares del País Vasco vivían tranquilos y sonrientes, nada hicieron para perseguir o detener a los asesinos. Al fin y al cabo, «no está bien luchar contra los nuestros». Hijos de puta los que usan de la Santa Cruz para establecer comparaciones y distribuir las culpas y los motivos equitativamente. Por supuesto que la Iglesia vasca está compuesta por centenares de sacerdotes ejemplares, pero también del mismo número de prelados, arciprestes, párrocos y fieles a los que llamar «hijos de puta» en su acepción de maldad no traspasa la frontera de la definición. Hijos de puta los que mantienen voluntariamente con su dinero a los asesinos, que no son otra cosa que trabajadores de una industria vasca dedicada al crimen, y muy rentable, por cierto. Hijos de puta los que se ofrecen a mediar en negociaciones insoportables para la dignidad de un Estado de Derecho. El cura irlandés ese, y el mamaraché argentino con su Premio Nobel, y la gorda asquerosa del pañuelo anudado a la cabeza que viaja en primera clase por todo el mundo sembrando el odio. Hijos de puta los gobernantes que toleran la presencia de los terroristas en sus países. Hijo de puta, con carácter retroactivo, pero siempre presente para los que tenemos memoria, Su Majestad Imperial Valerý Giscard D’Estaign, que abrió los brazos generosos de Francia a todos los criminales de la ETA, y a sus cómplices, y a sus instructores de destrucción y muerte.

Y honor, inmenso honor, proclamado entre lágrimas, a don Carlos Sáenz de Tejada y don Diego Salva, guardias civiles al servicio del orden y de la paz, de la justicia y de la concordia, muertos traidoramente por los hijos de puta cobardes que mantienen el negocio del terrorismo vasco.

Alfonso Ussía
www.larazon.es
 
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