quarta-feira, 17 de novembro de 2010

La necesaria temporalidad del franquismo

Cuando, el primero de abril de 1939, terminó la Guerra Civil, pocos imaginaban que lo que comenzaba en ese mismo instante era un régimen personalista que iba a durar casi cuarenta años.


Mirado ahora, en retrospectiva, se nos antoja que los fundadores del franquismo contaban con una cuidada hoja de ruta desde el primer momento; es decir, que Franco y sus generales tenían clarísimo qué iban a hacer con el poder recién conquistado y qué tipo de Estado iban a erigir sobre las cenizas de la República y la Monarquía alfonsina.

Nada de eso. El franquismo se construyó lenta e improvisadamente, y a veces sobre sus propias ruinas. El régimen, dirigido por una sola persona, bastante más astuta que inteligente, dio volantazos, se adaptó a los tiempos y adquirió mil caras. Así, ante la gente de orden, misa diaria y convicciones conservadoras se presentó como una suerte de segunda parte de la Restauración, con ciertas licencias a tono con la época; ante los falangistas, como el ejecutor de la revolución nacional-sindicalista anunciada por el fundador de Falange y su socio, Ledesma Ramos; ante la Iglesia, como una bendición caída del cielo para salvar la civilización cristiana...

Para Occidente, el franquismo representaba la estabilidad, factor especialmente importante tras la derrota de la Alemania nazi y el inicio de la Guerra Fría. España era vista como un país exótico, aislado y empobrecido, con un Tirano Banderas al frente del que los gobernantes de los demás países podían fiarse. Para los que habían padecido la guerra en sus propias carnes y no simpatizaban con los vencedores, el franquismo no ofrecía libertad, pero sí tranquilidad y una cartilla de racionamiento. Eso, tal y como estaban las cosas, ya era mucho.

El franquismo sobrevivió a todo menos a su fundador. Se trataba de un proyecto personal atado a unas circunstancias históricas muy concretas, las de los años cuarenta. Con sólo cambiar una fecha o un acontecimiento, todo se hubiese venido abajo. Luego, y esto fue mérito de Franco, vino la consolidación y la institucionalización de un régimen cuya forma final no tenía clara ni su propio fundador.

Así, los Principios Fundamentales del Movimiento no entraron en vigor hasta 1958, cuando ya habían pasado dos decenios del final de la guerra. La Ley Orgánica del Estado, que es la que dio forma definitiva al régimen, no fue promulgada hasta 1967, cuando Franco encaraba la recta final de su vida. Estaría en vigor sólo diez años, y los Principios Fundamentales veinte: una nadería, en comparación con la Constitución de 1876 o la actual, que lleva ahí 32 años sin que apenas haya experimentado cambios ni parezca que vaya a ser reformada sustancialmente en el futuro inmediato.

El franquismo fue, por lo tanto, un régimen temporal y en continua transformación. Su primera ley fundamental –el Fuero del Trabajo–, promulgada en 1938, era una copia de la Carta del Lavoro mussoliniana (1927). La última, la Ley de Reforma Política, ratificada en referéndum en 1976, abrió la puerta a una democracia parlamentaria de corte liberal. Curiosamente, la una y la otra se concibieron desde el respeto a la legalidad de lo que entonces se llamaba "el 18 de Julio". Pocas dictaduras han sido tan extrañas en lo institucional como la de Franco; quizá por eso es tan complicado homogeneizar su régimen.

Los que vivieron el franquismo de principio a fin saben que la España de 1939 poco tenía que ver con la de 1975. Y no ya en renta per cápita, también en cuestión de libertades. Ese fue el secreto de su éxito, y la razón por la que el dictador murió en la cama de un hospital madrileño y no en el exilio o frente a un paredón de fusilamiento. Franco jamás tuvo una ideología política definida. Era un simple provinciano monárquico, católico, gente de orden, es decir, el arquetipo del conservador canovista. Había aprendido a desconfiar de la democracia representativa tras la experiencia republicana y, sobre todo, le encantaba mandar.

Si hubiese recreado la Restauración, devolviéndole el trono a Alfonso XIII –aún con vida en 1939–, y reactivado el viejo sistema de turnismo, se habría tenido que volver al cuartel. A eso no estaba dispuesto. Además, durante la guerra unos y otros le habían persuadido de que se trataba de alguien providencial, enviado por el Altísimo para cumplir una misión histórica. Se lo creyó todo, pero no sabía muy bien cómo llevar a cabo semejante empresa, de ahí que diese tantos bandazos.

Tan franquista fue la espantosa década de los cuarenta, consagrada al desquite y a los experimentos fascistoides, como la de los 70, en la que España era ya prácticamente un país occidental como cualquier otro. Por eso la Transición fue tan suave, no se produjeron enfrentamientos civiles a gran escala –como se temía– y no hubo que lamentar más muertes que las ocasionadas por los terroristas de ultraizquierda y ultraderecha. Muerto Franco, no tenía sentido seguir interpretando una partitura en la que cada nota venía dictada por los caprichos políticos –generalmente cambiantes– del dictador.

El franquismo, régimen temporal y excepcional por su momento histórico, duró lo que tenía que durar. Ni un minuto más, ni un minuto menos.

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terça-feira, 16 de novembro de 2010

Irán y la Batalla del Fin de los Días

Según un ex miembro de la Guardia Revolucionaria iraní, Teherán pretende desatar una guerra de grandes dimensiones con el fin de lograr la llegada del Mahdi. El Mahdi es la figura central en el islam chiita, desempeña el papel que desempeña el Mesías en el judaísmo y en el cristianismo.

Según las tres religiones monoteístas, los días de la llegada del Ungido están próximos. ¿De dónde surge esta idea? En la tradición judeocristiana, de las profecías de Ezequiel. ¿Cuántos leyeron a Ezequiel, y cuántos le entendieron? Pocos y menos. Sea como fuere, el Mesías es el artífice de la redención, y los exégetas anunciaron hace miles de años su advenimiento.

El Mesías fue la causa del resquebrajamiento del judaísmo y la fundación del cristianismo. Los cristianos dicen que ya llegó y que volverá, los judíos dicen que todavía no ha venido. ¿Quién tiene la razón? Sólo se sabrá cuando Se revele y muestre Su documento de identidad. La información diáfana indica que será descendiente de la casa de David, lo que descalifica a Barack Obama y hace que se reconfirme mi fe.

Antes de que llegue el Redentor deben ocurrir una serie de acontecimientos. Uno de ellos es la guerra entre Gog y Magog.

¿Quién es Gog y quién es Magog? De Gog se encuentran referencias en las Crónicas, donde se nos dice que viene de la tribu de Rubén. De Magog se habla en el Génesis, donde se nos dice que desciende de Jafet. El único que menciona a ambos juntos es Ezequiel. ¿Por qué hay que creerle? Se trata de un autor que supera mi capacidad de conocimiento y comprensión; su lenguaje es críptico, y no encontré a nadie que me lo pudiera explicar.

Soy temeroso de Dios. Prefiero confiar en Su existencia antes que desatar Su ira. El problema es que si uno cree en todo es naif, y si no cree en todo es un hereje. El clero no permite mucho juego de cintura.

Según el islam, el Mahdi es descendiente de Mahoma y, de igual manera que el Mesías de la tradición judeocristiana, llegará después de la gran guerra entre Yajuj y Majuj (Gog y Magog). Impacientes, los ayatolás quieren hacer que ésta estalle lo más pronto posible, para que por fin el Mahdi instaure el Califato definitivo, que someterá el mundo entero a la sharia.

Como se perfilan los acontecimientos en el Medio Oriente, puede que Gog y Magog sean Irán y Arabia Saudí, chiitas contra suníes, ambos en pugna por el dominio del mundo islámico. Irán está construyendo su bomba nuclear, mientras que el pasado septiembre Arabia Saudí hizo la mayor compra de armamento de que se tiene memoria: 60.000 millones de dólares le costó la broma.

De acuerdo con el Apocalipsis, la guerra de marras se librará en el valle israelí de Meguido, cuyo nombre en hebreo es Har Megiddo, del que Armagedón es una deformación lingüística. Meguido, Har Meggido, Armagedón: la Batalla del Fin de los Días. Como Israel es la excusa política favorita de los musulmanes a la hora de librar sus guerras, es quien más debe cuidarse.

© Diario de América

José Brechner

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Mao Zedong - El atrasismo revolucionario

Mao Zedong.
En los primeros años sesenta tuvo lugar la revolución cultural china. Sobrevino tras el fracaso de la que Mao, con su habitual creatividad para las consignas, había llamado "el gran salto adelante", pero que tuvo la forma terrible de un gran salto atrás. Fue el primer gran estallido de atrasismo en lo ideológico y en lo práctico.


El Gran Salto Adelante había sido, en los años cincuenta, una campaña de industrialización forzosa que había culminado en la muerte por inanición de millones de personas. La respuesta a tal esperpento ideológico fue la llamada Revolución Cultural, en la que se pretendía acabar con los "cuatro viejos": las costumbres, los hábitos, la cultura y los modos de pensar. Naturalmente, ninguno de esos elementos que combatir era viejo. Los chinos eran chinos, tenían sus costumbres, una cultura, unos estilos de pensamiento. Que no eran "milenarios", como suelen decir los desinformados cuando hablan de Asia, sino resultado de procesos milenarios de adaptación, para la supervivencia, a formas de control y explotación siempre brutales e injustas.

Desmontar ese legado, la única forma de defensa con la que contaba una población que llevaba siglos y siglos debatiéndose entre la esclavitud y la servidumbre, era la manera más eficaz de desarmarla ante el maoísmo, que era la prolongación exacerbada del régimen de emperadores y mandarines, del mismo modo en que el estalinismo era la culminación delirante de la autocracia zarista. Había que liquidar hasta el último resto de esa modestísima tradición de resistencia que preservaba la condición humana de los súbditos. Costumbres, hábitos, estilos de pensamiento se resumían en el término cultura.

Había que acabar con ella. Entre 1966 y 1968, cuando Mao y Chou En Lai comprendieron que su propia revolución comunista estaba al borde del colapso y ordenaron al ejército la represión generalizada, los Guardias Rojos, con sus comités revolucionarios, encargados de castigar "capitalistas" y "revisionistas" –es decir, cualquiera que les pareciera–, camparon por sus respetos por todo el país, paralizando la instrucción pública y sembrando de cadáveres el territorio. Pero el mal estaba hecho. La conciencia china había retrocedido siglos, y habría que esperar más de veinte años para que la revuelta de Tiananmen se mostrara como un signo de recuperación.

Entre una fecha y otra, entre 1975 y 1979, tuvo el poder en Camboya el célebre asesino Pol Pot, el modelo más perfecto de líder atrasista. Al menos los chinos habían pergeñado en el Gran Salto Adelante un intento industrializador. Pol Pot decidió recorrer el camino inverso, en la historia camboyana y en la universal: invirtió el proceso de emigración del campo a la ciudad enviando a la población urbana a formar parte del campesinado, que ya era uno de los más pobres del mundo. Para ello, eliminó a los "elementos burgueses" de la sociedad: los intelectuales y su parafernalia literaria y artística.

Pol Pot.

Unas doscientas mil personas fueron ejecutadas por los jemeres rojos, pero el hambre y las enfermedades desatendidas acabaron con otro millón, y trescientas mil más perecieron en campos de trabajo. Junto a ese millón y medio de seres humanos, un veinte por ciento de la población total, fueron quemados cientos de miles de libros, discos, cuadros y películas, y destrozados miles de máquinas de escribir, esculturas, salas de exposición, de cine y de teatro. La percepción que Pol Pot tenía de la modernidad era precisa y acabó sistemáticamente con todas sus manifestaciones, materiales y personales. Curiosamente, fue la invasión vietnamita lo que frenó la locura polpotiana. Pero el mal estaba hecho.

Y el mal ideológico también, porque no importó en absoluto a los dirigentes revolucionarios de otras partes del mundo el terrible saldo de chinos y camboyanos borrados para siempre de la faz de la tierra: los alentó, en cambio, a promover el atrasismo en otras formas.

Yo mismo soy testigo de un proceso que se dio en llamar "de proletarización" de los militantes, promovido sobre todo por la organizaciones armadas de América Latina, pero también en algunas tendencias del catolicismo en aquella parte del mundo. Me recordó la cuestión ayer mi amigo Pablo Odell, que pertenece a la generación siguiente: fue él quien me dio el hilo de este artículo, a la vez que me explicaba el fenómeno diciendo que lo que se procuraba al convertir en obreros a individuos preparados para otras tareas, en vez de atraer a las masas hacia las élites, era llevar las élites hacia las masas, diluyendo a las primeras en la últimas.

Por si algún lector ignora lo que fue aquello, le cuento que casi todos los movimientos políticos de los setenta, en general de obediencia cubana, invitaban a sus profesionales, intelectuales, artistas –lo que el PC llamaba "fuerzas de la cultura"– a proletarizarse, es decir, a irse a trabajar a las fábricas, a identificarse con la clase llamada a ser guía del mundo. He visto ingenieros, químicos, abogados –que habían ocultado su currículum al proponerse para su puesto–, voluntariamente sumados al escalón más bajo de la producción.

Eso fueron, a su modo, los curas obreros de finales de los sesenta y principios de los setenta, avanzadilla del atrasismo proletarizador, al que se sumarían encantados, cinco o diez años más tarde, los teólogos de la liberación, que ni hacían teología ni ayudaban a otra liberación que la propuesta por Cuba. El resultado final, desde luego, no era la proletarización, sino la lumpenización de las vanguardias. Atrasismo en estado puro. Todavía está por desentrañar el papel, sin duda trascendente, de la Teología de la Liberación en la promoción de los movimientos indigenistas, atrasistas por definición, más preocupados por su pasado que por su futuro, como anoté en un artículo anterior sobre este mismo asunto.

Había en el fondo de estas propuestas un desconocimiento, también voluntario, de las experiencias revolucionarias precedentes, que habían sido hijas de una minoría abocada al golpe de estado, como la rusa, o habían sido preponderantemente campesinas, como la china. La escritura marxista preconizaba el protagonismo del proletariado y allí permanecía, inmune a toda experiencia. Toda revolución, como cualquier otro proceso histórico, es en lo esencial un relato, y todo relato es, a su modo, una profecía sobre el pasado. Miserias de lo teleológico, de la fe en que la historia tiene un final.

Horacio Vázquez-Rial

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