sábado, 22 de novembro de 2008

Fealdad

Fealdad exterior e interior. Hay que buscar la estética para presentar lo que sea. La fotografía de los presumibles «intelectuales» que presentaron el manifiesto a favor del juez Garzón en el Círculo de Bellas Artes resulta terrorífica. Dicen que los promotores del textito son Pilar Bardem, Moncho Alpuente y Leo Bassi. Pues que bien. En la presentación había gente muy mayor y muy despeinada, recién levantada de la cama. Gibson, Jordi Dauder, Fanny Rubio, Francisco Ibáñez.

Lo que se dice la «Cultura», con mayúscula. Piden aperturas de fosas. Sólo de víctimas de una parte. Escribe Santiago González en «El Mundo» que seleccionar sólo un bando de las víctimas equivale a elegir también un solo bando de verdugos. La abogada Cristina Almeida se atrevió a más. Desea que sean quemados en pira pública los libros de César Vidal. En 1935, en el bulevar de la calle de Velázquez, frente al número 57, los inspiradores de Cristina Almeida quemaron íntegra la biblioteca de mi abuelo materno. No era una gran biblioteca por entonces, pero hoy sería un tesoro, con primeras ediciones de Valle Inclán, Alberti, García Lorca, Ramiro de Maeztu, Arniches y otros autores de la época. Después, como acusa César Vidal a los que gustan de quemar libros, también lo quemaron a él, pero a tiros. En mi casa, una buena parte de los libros de César Vidal lucen encuadernados, para compensar la incultura de Cristina Almeida. Ian Gibson, o está gagá o no se hallaba en condiciones de comparecer en público. Decir que el auto de Garzón debería ser un anexo de la Constitución Española, es decir una gansada. Y Paco Ibáñez, cuyas canciones de su concierto en el Olympia de París domino a la perfección, no está para grandes esfuerzos. Podría haber firmado, como Pilar Bardem, y no asistir a la presentación, como Pilar Bardem también. En fin, que lo han engañado una vez más.

El acto tuvo lugar en el mismo edificio que fue «cheka». Allí se torturaba y juzgaba a los prisioneros, y de ahí partían para ser fusilados. Me refiero a los prisioneros acusados de ser de derechas, de leer el ABC, de no tener callos en las manos o de creer en Dios. Por ese lado, la elección del lugar fue oportuna y encerraba mensaje. Pero esos muertos no les interesan, y si aparecen sus restos o no, les trae al pairo. La pretendida «Cultura» es así de ecuánime y equilibrada. Pero vuelvo al principio. Los tiempos en los que ser o querer aparentar ser de izquierdas imponía la obligación de ir vestido como mendigos ya se han superado. Ahí tienen a Pilar Bardem, su jefa, que acude a todas partes limpia y coqueta. Este grupo, más que el auto de Garzón, lo que necesita con urgencia es un asesor de imagen, un peluquero, un diplomado en estética y un abono gratuito para un tratamiento de rejuvenecimiento. Ignoro en qué estado se halla el cadáver de Franco, pero mejor aspecto que alguno de los firmantes del manifiesto, seguro estoy que lo tiene. No hay que concederle importancia a lo que piden, excepto al deseo de Cristina Almeida, que habrá alertado a los servicios de seguridad de «El Corte Inglés» de la sección de libros. Aquí, dada la sandez del contenido, lo que urge es la limpieza del continente. Más aseo.

Alfonso Ussía
www.larazon.es

Maravillas del Congreso

Si el proceso de canonización de Santa Maravillas de Jesús no hubiese concluido, el rechazo de estos congresistas del demonio a conmemorarla con una placa en el edificio donde nació habría servido al postulador de su causa como prueba de su santidad. Pues es facultad milagrosa de los santos hacer rabiar a los demonios, que como nos recuerda la Epístola de Santiago «creen y odian»; y el odio a la santidad lo expresan alejándola de sí, ya que en su proximidad sufren convulsiones y metamorfosis la mar de desagradables. Si la placa conmemorativa de Santa Maravillas se hubiese finalmente instalado, muchos congresistas habrían empezado a echar espumarajos y a mostrar las pezuñas por las bocamangas; y tampoco es plan convertir el Congreso en la cantina de aquella peli de Robert Rodríguez, «Abierto hasta el amanecer».

Las sinrazones aducidas por esos congresistas del demonio para impedir que la placa fuese instalada merecen, sin embargo, ser calificadas de pintorescas; tan pintorescas que hemos de concluir que, o bien los demonios se han vuelto memos (lo cual es harto improbable), o bien su imperio es tan hegemónico que ni siquiera han de esforzarse en aparentar razón, como los tiranos omnímodos no se esfuerzan en aparentar que sus leyes sean justas. Los congresistas del demonio han alegado que «el Parlamento es una institución de un Estado aconfesional», como si en lugar de una placa conmemorativa en honor de un personaje ilustre se fuese a erigir una capilla donde se obligara a estos congresistas a rezar el rosario. Puesto que la aconfesionalidad de un Estado, y de las instituciones que lo representan, en nada se inmuta porque se recuerde el natalicio de un personaje ilustre, hemos de pensar que estos congresistas del demonio querían decir en realidad otra cosa; pero, o bien por pereza mental no lo hicieron (el que manda omnímodamente no tiene por qué demorarse en explicaciones), o bien pensaron que esa cosa, designada desnudamente, tenía un nombre demasiado feo.

Ese nombre es odium fidei, sentimiento demoníaco que persigue a la Iglesia desde el instante mismo de su fundación y que, a lo largo de los diversos crepúsculos de la Historia, se ha manifestado bajo expresiones más o menos sañudas o sibilinas. La propia Maravillas de Jesús tuvo ocasión de probar el odium fidei en su expresión más sañuda, siendo priora del Carmelo de El Cerro de los Ángeles, donde los abuelitos de estos congresistas del demonio se entretuvieron dinamitando una imagen del Sagrado Corazón. En esta fase democrática de la Historia, el odium fidei no se muestra -¡de momento!- dinamitando imágenes del Sagrado Corazón y fusilando monjas, sino a través de una expresión más sibilina, llamada «laicismo», gato de uñas afiladas que estos congresistas del demonio pretenden hacer pasar por la liebre modosita del «Estado aconfesional». ¿Y qué es el laicismo? El gran Leonardo Castellani (de quien por fin puede leerse una antología preparada por el menda que acaba de llegar a librerías, titulada Cómo sobrevivir intelectualmente al siglo XXI) lo define así: «Laicismo consiste en la sustitución de Dios por el Estado, al cual se trasfieren los atributos divinos de Aquél, incluido el poder absoluto sobre las almas». Como en el hombre es instintivo someterse a algo superior, quien no adore a Dios habrá necesariamente de adorar a quien, según la época, se le adjudican nombres diversos: en fases pretéritas de la historia esos nombres -Mammón, Moloch, Baal- sonaban agrios, de tan evidentes; en esta fase democrática de la historia, se eligen nombres más melifluos que encubren -citamos de nuevo a Castellani- «al monstruoso ídolo hegeliano llamado Estado, Júpiter Tonante redivivo, en conjunción con el otro ídolo material y tangible, el Dinero, Plutón su hermano». Unos y otros nombres designan al mismo dios, que echa espumarajos por la boca y asoma las pezuñas por las bocamangas a poco que se le contradiga. Para distinguir a sus adoradores, basta con que se les proponga instalar en su templo una placa conmemorativa de una monja carmelita; de inmediato, veréis cómo se llenan la boca con apelaciones al «Estado aconfesional», que es la careta con la que disfrazan su odium fidei. Porque estos congresistas del demonio, como el dios al que sirven, «creen y odian».

Juan Manuel de Prada
www.juanmanueldeprada.com

Los fantasmas de Bellas Artes

Una parte esencialmente folclórica de la izquierda española quedó fielmente retratada en su cheka favorita, el Círculo de Bellas Artes de Madrid, en el acto de apoyo a los tejemanejes histórico jurídicos de Baltasar Garzón, el juez que no descansa y que siempre se pone los calcetines antes de ducharse, según se desprende del relato de su atenta biógrafa. Allí estaban los mismos de siempre: inasequibles al desaliento, el retén de vigilancia ideológica de la confusa sociedad española volvía de nuevo a los medios para ocuparse de un asunto por el que, sorprendentemente, aún no había habido manifestación oficial. Los mismos que cuando la guerra de Irak. Los mismos que cuando los cordones sanitarios. Los mismos que cuando la ceja famosa. Los mismos que cuando el doctor Montes. No se aburren de verse. Son los mismos, igual de pesebreros, igual de aburridos, igual de rencorosos. No se cansan de proclamar siempre las mismas soflamas. No se ruborizan por decir cursilerías. Son los mismos y siguen mostrando su mismo perfil intolerante, suficiente, insufriblemente sectario.

Los miembros de este sindicato de intelectuales nacidos casi exclusivamente para la lectura de comunicados no podían dejar pasar la oportunidad de evidenciar una de sus características más acentuadas: la nostalgia del franquismo. Hace treinta y tres años que murió el hombre sobre el que, por lo visto, han girado sus vidas y no consiguen olvidar su nombre. Cuando no es por una cosa es por otra, pero cada cierto tiempo Franco vuelve a ser la argumentación central de su quehacer: ahora lo ha sido merced a la iniciativa disparatada del juez Garzón y su Causa General, la que él mismo ha tenido que abandonar después de apercibirse del ridículo que le esperaba. Convencidos de que aún se puede ganar la Guerra Civil o de que aún se puede meter en la cárcel al pasado, los nostálgicos de Bellas Artes acariciaban la idea de encarcelar simbólicamente a esa mitad de España que es «facha», según criterio de Paco Ibáñez, uno de los incansables firmantes de todo lo que le echen. En virtud de ello se les disparó el relé y en lugar de echarse la fotico de todos los saraos, dejaron correr la lengua sin la habitual y necesaria prudencia que se le exige a todo portavoz de conciencias.

En su permanente escenificación del odio, estos vigilantes del confín de las ideologías llegaron a decir que el auto de Garzón debería ser un anexo a la Constitución o que deberían quemarse determinados libros de historiadores al parecer no excesivamente afines a sus ideas. Lo primero constituye una contradicción palmaria, ya que la Carta Magna es precisamente un aval sobre la superación del pasado, una tabla rasa de reconciliación y vista al futuro, y lo segundo es un inexplicable ataque de ira sectaria de alguien a quien este columnista siempre ha tenido y tendrá en alta estima: sé que ha puntualizado y, de alguna manera, corregido sus palabras, lo cual celebro, pero constato que no reconozco en ellas a Cristina Almeida, mujer de izquierdas que siempre ha sabido alternar intelectualmente con quienes mantienen discursos opuestos y a la que nunca recuerdo en posiciones sectarias. Lamentablemente, a Cristina se le ha recordado la ideología y ejecutoria de su progenitor, por lo visto exactamente no de su misma tendencia, y el papel del mismo en aquellos años de la posguerra en Badajoz, con lo que se evidencia el error de volver sobre el pasado con el ansia de ajustar cuentas y de pedir explicaciones a los hijos del comportamiento de los padres.

Garzón, en cualquier caso, puede estar satisfecho: no ha prosperado su sainete pero ha conseguido que una colección de antiguallas sostenga que sus textos son una magnífica y trepidante novela de acción. Y que lo hagan con esa escenificación asamblearia que tanto rejuvenece. No ha podido encarcelar a Franco, que ya está muerto, pero al menos ha sacado a unos cuantos fantasmas a la calle, que no es poco para el frío que hace.

Carlos Herrera
www.abc.es
 
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