sábado, 27 de fevereiro de 2010

Comandante Durán - Un héroe de cartón piedra

Hace unos años, un librero de viejo, ya fallecido, tras verme hurgar repetidas veces en los estantes de la Guerra Civil, me ofreció su ayuda como testigo (había estado de niño haciendo recados en el cuartel del Quinto Regimiento, decía) y experto (lo tenía casi todo, creía). Entonces le pregunté por Gustavo Durán.

"Ese era pianista, comunista y marica", dijo. Se contaba que, siendo jefe, siempre llevaba consigo un piano, con el que se relajaba entre combate y maniobra. Abstraído en la interpretación, le interrumpió en una ocasión un ayudante contándole algo al oído. Salió de su ensimismamiento para ordenar: ¡que los fusilen! Y volvió a concentrarse en las teclas. No me dio mucha más información útil.

Para quienes saben algo de él, Gustavo Durán es sinónimo de vida novelesca. Sobre todo desde 1997, por El soldado de porcelana, un tocho de casi mil páginas en su edición de bolsillo donde Horacio Vázquez Rial (HVR) concentró la búsqueda apasionada de datos y papeles a la que dedicó varios años de su vida, cuando internet apenas existía. El empeño en comprender la vida de Gustavo Durán le dio a HVR para otro libro sobre la Guerra Civil, y ahí arranca su deriva ideológica posterior. Pero esa es otra historia. La biografía de GD que publica ahora Javier Juárez (JJ) viene a reivindicar primero la tarea investigadora y documental de HVR, ya que trabaja prácticamente con los mismos materiales que éste encontró y publicó.

Las fuentes fundamentales de ambos fueron miembros de la familia de Durán. A algunos de ellos la novela de HVR no les gustó nada, empezando por el título, por la importancia que concedía a algunos aspectos de su personalidad y por cómo los abordaba. La biografía de JJ parece haberles satisfecho, pues las hijas hablaron en la presentación del libro en la Residencia de Estudiantes, donde se guarda lo que queda del archivo personal de Durán y a la que se quiere vincular su memoria. El Durán de HVR es un héroe problemático y el de Juárez, positivo. En otras palabras, Comandante Durán es una reducción a escala políticamente correcta de El soldado de porcelana. Su punto de vista es académico, progre y convencional. Relega a un segundo plano los abundantes asuntos dignos de controversia. JJ nos da a entender que los conoce, incluso los menciona, pero pasa por ellos de puntillas. Esto ocurre también en libros anteriores de Juárez sobre tipos curiosos (Juan Pujol, el espía que derrotó a Hitler o Patria, una española en el KGB), que nos dejan la sensación de respeto excesivo y de escaso espíritu crítico.

Lorca.
Como corresponde a un español nacido en 1906 y fallecido en 1969, el relato de la vida de Durán tiene tres capítulos. El primero y el último abarcan 30 años; el central, lo que duró la Guerra Civil. Lo más relevante de su infancia es la novela familiar: su padre metió en el manicomio a su madre y vivió el resto de su vida con su amante en la casa familiar. Gustavo estudió poco, y mientras estaba matriculado en el conservatorio creyó que quería ser compositor, a lo Ernesto Halffter. Cuando irrumpe en los ambientes culturales madrileños, un muchacho de dieciséis años guapo, rubio con ojos azules, y simpático, llama la atención de dos personajes. Federico García Lorca, vive en la Residencia, anda mediada la veintena y destaca como poeta y personaje con carisma: menciona a Gustavo en una carta de 1923 ("No quiere separarse de mí ni medio minuto"). El segundo, Néstor Martín Fernández de la Torre, le lleva veinte años y es un pintor de prestigio consolidado, algo demodé. Fueron pareja de hecho los diez años siguientes. Durán compuso su pieza mayor en 1927, un ballet con decorados y vestuario de Néstor, todo a la medida de La Argentina, estrella de una gira europea montada por el autor del libreto, Cipriano Rivas Cheriff. Poco después se instaló en París con Néstor.

En 1934 regresa a Madrid, solo y abandonado por la inspiración, para trabajar como técnico de doblaje cinematográfico. Se politiza e interviene en la campaña del Frente Popular con Alberti y algunos compañeros de viaje. Aunque sólo pasara por allí de visita, Juárez incrusta a Durán en una Residencia de Estudiantes mitificada, estereotipada, empalagosa.

La benevolencia de su enfoque queda patente en párrafos como este: "El espíritu de superación constituyó otro de sus rasgos más característicos. Apremiado por la propia conciencia de su talento, siempre quiso destacar en cuantas facetas emprendió, ya fueran estas la música, la carrera militar o la diplomacia". Un punto de vista menos hagiográfico vería en su carácter una mezcla de audacia, ambición y oportunismo.

Su momento de gloria lo alcanza con la guerra. Sin ningún tipo de preparación, de miliciano raso pasa en dos meses a comandante del Quinto Regimiento. Su peripecia en los primeros meses de la guerra la novela Malraux en La esperanza. La clave de su carrera, además de su valor y sus aptitudes para el mando, es su adhesión al Partido Comunista. También le favorece al comienzo hablar bien francés e inglés. Su año estelar fue 1937: interviene al frente de su brigada y de su división en varias de las batallas más sonadas (Jarama, Segovia, Guadalajara, Brunete), participa en el Congreso de Intelectuales, donde es aclamado como héroe; poco después, durante un mes se encarga de la jefatura en Madrid del SIM (policía militar a imagen de la soviética). Indalecio Prieto, ministro de la Guerra, lo nombra, lo destituye por haber nombrado a demasiados comunistas y luego lo cuenta en uno de sus escritos exculpatorios.

Hemingway.
Se reincorpora a su división y termina el año camino de Teruel. Llega a mandar un cuerpo –agrupación de varias divisiones– del Ejército de Levante. Su jefe, Menéndez, se coloca al lado de Miaja y Casado y evita la última batalla interna. Con suerte, logra abandonar España en el último barco que sale de Denia y se instala en Londres.

Su vida, y su novela, adquiere un nuevo impulso cuando por azar conoce a una americana de buena familia, Bonte Crompton, con la que se casa días después. Con ella viaja a los Estados Unidos, donde residirá, trabajando a salto de mata, hasta que se incorpora en 1942 a la embajada de Estados Unidos en La Habana, siendo ya ciudadano norteamericano. Un caso insólito, gracias a su familia política. Fue recomendado por Hemingway (EH), que así rendía tributo a la admiración que le profesaba. Vivió en Finca Vigía, hasta que ambos se pelearon meses después por culpa de Martha Gellhorn –por aquel entonces la mujer de EH–, el alcohol y las malas compañías, comunistas, por supuesto. Sus antiguos camaradas no perdonaron a Durán su desafección. Lo cuenta Santiago Álvarez en su diario, que no ha leído Juárez, al parecer.

Con su embajador, Braden, cambia en 1945 de destino: Buenos Aires. Justo para las primeras elecciones de Perón. La embajada maquina contra él, pero el marido de Evita gana y se toma la revancha. Ahí arranca el declive de la carrera de Durán como funcionario del Departamento de Estado, para el que sigue trabajando en Washington hasta 1946, cuando publica documentos que acusan a Argentina y a España de connivencia con los nazis. Su notoriedad atrae los focos. No pasa la primera investigación sobre la lealtad de funcionarios con pasado sospechoso y abandona el Departamento. Ese mismo año comienza a trabajar en las recién creadas Naciones Unidas, de las que, como mal menor, queda excluida España. La policía española elabora y publicita un dossier lleno de insidias y medias verdades. Ahí se le asocia el alias de el Porcelana, que González Ruano en sus diarios asocia a otro personaje. El dossier llega a manos de McCarthy, que considera el de Durán uno de sus pocos casos indubitables. El acoso deteriora su carácter, pero sale de él sin mayor perjuicio en 1954.

Vive en Chile unos años al frente de la Cepal. En 1960, nuevo capítulo novelesco, pasa un año al frente de la misión civil de la ONU en el Congo, uno de los capítulos más sombríos del siglo XX. Todavía sigue allí cuando se estrella la avioneta del secretario Hammarskjold, a quien representa. Seguirá vinculado al tema cuando sufre su primer infarto. Su siguiente destino es Atenas, adonde acude como delegado. Allí le visita un joven amigo español, Jaime Gil de Biedma, que busca alivio a su depresión. Juárez ni se refiere a ni cita la biografía del poeta de Miguel Dalmau. Tampoco alude a que la mayor parte de la correspondencia entre ambos sigue inédita. Se reproducen los infartos hasta que uno acaba con él en 1969, en un remoto pueblo de Creta, cuando pensaba que al jubilarse podría regresar a España.

El clásico se compadecía de aquellos a quienes toca vivir años interesantes. A Durán le correspondieron muchos, incluso tuvo protagonismo en varios momentos estelares de la humanidad. Estos ingredientes que acabamos de resumir, y que se ramifican por tantos vericuetos como personajes y situaciones memorables y conflictivos aparecen en ellos, y son muchos, dan para una biografía apasionante, desmesurada, como la que hizo Vázquez Rial contrapesando con recursos narrativos los puntos más inciertos y problemáticos de la vida de Durán. La obra de Juárez es informativa, pero plana, lastrada por el empeño en diseñarle una peana irreprochable para hacerle sitio en los lugares comunes de la historia cultural reciente: la música y la Residencia durante la dictadura, París años 30, el Frente Popular, la Guerra Civil, Malraux, Hemingway, Graham Greene, la ONU, la Guerra Fría, el macartismo, etcétera. Todo lo enfoca Juárez con un didactismo convencional y previsible. Si la intención del autor era esa, nada habría que objetar. Quien ya conozca la novela de HVR, poco nuevo encontrará.


JAVIER JUÁREZ: COMANDANTE DURÁN. Debate (Madrid), 2009, 452 páginas.

Javier Rubio Navarro

http://libros.libertaddigital.com

Mircea Eliade, radicalmente individual

Mircea Eliade.
Decía Mircea Eliade que, al imitar o narrar los actos de un héroe, el hombre abandona el tiempo corriente y entra en el tiempo sagrado. En sus primeras obras, La novela del adolescente miope y Gaudeamus, el pensador rumano se convirtió a sí mismo en héroe. Esos libros, que escribió a una edad muy temprana, narran el tortuoso camino de formación y autodescubrimiento que siguió en su adolescencia y juventud.

El adolescente miope, como podemos adivinar por el título del libro, no es un héroe al uso, pero tampoco un antihéroe. A pesar de ser feo y socialmente inadaptado, su inteligencia y rigor le granjean la admiración de amigos y mujeres, a los que maltrata e ignora. No resulta extraño ver a Eliade tratarse como outsider, máxime si tenemos en cuenta su trayectoria personal, política y profesional. Militó en su juventud en el violento grupo de extrema derecha Guardia de Hierro, a algunos de cuyos miembros critica en la novela. Fue abiertamente filonazi, aunque antirracista, y nunca hizo el acto público de contrición que le exigía la intelectualidad biempensante. En el mundo académico no son pocos los profesores que desprecian sus heterodoxos manuales y estudios sobre los orígenes de la religión.

En este sentido, y en muchos otros, son evidentes los paralelismos con Knut Hamsun, el premio Nobel noruego que, también por sus simpatías hacia el nazismo, "fue castigado duramente y relegado, si no al silencio, sí a una posición muy incómoda dentro de las letras europeas", según explica Juan Soto Ivars, especialista en el autor noruego. Hamsun escribió, además, un libro muy parecido a La novela del adolescente miope. Se trata de Hambre, en la que un joven Hamsun vaga por las calles de Oslo en busca de su estilo literario, algo de dinero... y de sí mismo.

Esas dolorosas y solitarias búsquedas desembocaron en el descubrimiento de firmes principios estéticos y políticos que condenaron al rumano y al noruego a un ostracismo para el que estaban preparados. La marginación que sufrieron los autores durante su vida anónima siguió ahí cuando alcanzaron la fama, y sospechamos que es por eso que las disculpas públicas que esperaban no pocos intelectuales (nada ajenos, a su vez, a los flirteos con un totalitarismo de otro signo) jamás llegaron. La única explicación clara que nos deja Eliade es a través de su obra, y nunca a través de las declaraciones autoinculpatorias que tanto gustan en ciertos círculos.

Adentrándonos en el libro, podemos apreciar las diferencias entre Eliade y Hamsun. Mientras que el noruego amaba la naturaleza y estudiaba con mimo a sus personajes, el rumano se encierra en su hogar y se muestra preocupado sólo por la virilidad, el ascetismo y la acumulación de saber. Desprecia sin embargo a sus profesores y a los académicos, que hoy en día le pagan con la misma moneda, a los jóvenes y sobre todo a las mujeres que le rodean. A diferencia de Hambre, La novela del adolescente miope no parece la inauguración de una carrera novelística, sino un manifiesto que abre el camino de una vida intelectual intensa. Este libro y Gaudeamus parecen una declaración de intenciones de Eliade, tras la cual no hacen falta más rectificaciones o aclaraciones. Llegados al final del volumen, creemos haber asistido a un proceso, al final del cual el autor ya no se permitirá más titubeos.

Sin embargo, no es esta impresión del todo cierta. Militante enfrentado a su organización, nazi que polemiza con las doctrinas del nacionalsocialismo, antropólogo ignorado por la academia; un Eliade en crisis con sus referentes culturales mira, como tantos otros centroeuropeos (Schopenhauer, Hermann Hesse, Carl Gustav Jung) hacia Oriente, en busca de una cultura mística que la vieja Europa, a sus ojos, ha perdido. Tras el tajante final de Gaudeamus, Eliade abandona la redacción de sus memorias durante unos 15 años, y no es hasta la derrota del Eje en la II Guerra Mundial que retoma la escritura de unos minuciosos diarios que ya no interrumpirá, y en los que detalla los desencantos y epifanías que tanto abundan en La novela del adolescente miope. Sus dudas, viajes y estudios de lo espiritual constituyen un proceso constante de exilio interior y exterior, que el propio Eliade comparó con los viajes de Ulises y sobre todo con el sentido del retorno del personaje homérico a Ítaca, lugar de referencia que da sentido al tránsito.

El viaje está lleno de escollos, pero el héroe los supera gracias a su inteligencia y voluntad, y los obstáculos que presentan los demás no son finalmente un impedimento. El héroe continúa su camino, certero o equivocado, pero radicalmente individual.


MIRCEA ELIADE: LA NOVELA DEL ADOLESCENTE MIOPE. Impedimenta (Madrid), 2009, 520 páginas. Traducción de MARIAN OCHOA DE ERIBE.

Alejandro García Ingrisano

http://libros.libertaddigital.com

S. J. Lec: el siglo XX y otras calamidades

Stanislaw Jerzy Lec.
Descubrí los aforismos de Stanislaw Jerzy Lec (1909-1966) gracias a E. Palka, que me habló de ellos en Cracovia hacia 1992. Era verano, toda la gente iba comiendo plátanos por la calle (parece que hacía tiempo que no llegaban a Polonia, y la gente se apresuraba a comérselos antes de que se acabaran; en aquella época Polonia era el país del Nie ma ["No queda"]).

En uno de los puestecillos de libros que había en un pasaje de la Rynek Glowny me hice con un ejemplar de Mysli nieuczesane ("Pensamientos despeinados"), impreso en una especie de papel de estraza y con una horrible cubierta que ahora me parece un prodigio de inventiva en tiempos de carencia. Con mi "polaco de supervivencia" (así se llamaba) y un diccionario, me fui dando cuenta de cómo los polacos habían podido sobrevivir al comunismo gracias a libros como este, y que tenía que traducirlo al español.

Después he comprobado que no estaba solo en mi admiración por este Cioran polaco. Umberto Eco lo prefiere a Karl Kraus. Claude Roy lo ha hermanado con Lichtenberg, Bergamín o Jacques Vaché, maestros de la máxima-bisturí, que también armaron su honda con munición lapidaria. Czeslaw Milosz ha dicho: "La severidad de sus aforismos hace pensar en la crueldad de las bromas callejeras de Varsovia, en la agudeza del espíritu vienés y en el humor judío".

Lec vivió experiencias capaces de marcar a cualquiera: un campo de concentración nazi, una guerra de maquis, la versión polaca del estalinismo... Sus amigos lo llamaban "barón Letz" (su verdadero apellido era De Tursch-Letz), y había nacido el 6 de marzo de 1909 en el seno de una rica familia judía de Lwów, entonces parte del Imperio Austrohúngaro con el nombre de Lemberg. El tipógrafo polaco Mariano Rawicz, nacido en la misma ciudad unos años después, y que trabajó en España durante la República y la Guerra Civil (La Veleta, colección granadina que dirige Andrés Trapiello, editó hace unos años sus memorias), ha escrito: "Una persona nacida en Lwów en 1914 y que no se haya movido de allí durante treinta años habrá sufrido en este intervalo no menos de ocho cambios de nacionalidad". Lec hará de su infancia y juventud austrohúngaras un jardín de la memoria bajo la especie de Austria felix, y mantendrá el retrato de Francisco José sobre su escritorio hasta la muerte. En esto se asemeja a otros escritores de su generación.

Libertario y escéptico (¿libertariano?), Lec es uno más de los escritores que aprovechan el paréntesis de Gomulka (1956) para sacar a la luz una exploración irónica de la realidad absurda del totalitarismo, momento con el que, de un modo u otro, están relacionados los cuentos de Slawomir Mrozek o los poemas de Wislawa Szymborska. La primera edición de los aforismos es de 1957, e hizo que muchos se dieran cuenta de la profundidad que encerraban: decían más de la calamitosa experiencia del siglo XX que gruesos volúmenes académicos. Los aforismos de Lec podrían llevar como subtítulo el de un libro del marqués de Tamarón: "El siglo XX y otras calamidades".

Algunos pensaron que las frases de Lec no tenían otro objeto que el de ridiculizar los dogmas del estalinismo ("El triunfo del conocimiento sobre el ser humano: los dosieres de la policía secreta"). Sin embargo, si Lec se limitara a una refutación del sistema que esclavizó a los países del este de Europa hasta que en la puerta de Brandenburgo se escuchó aquel "Mr. Gorbachov, tear down this wall", hoy en día no seguiríamos leyéndolo con el mismo asombro agradecido. Su crítica no va dirigida contra tal o cual sistema político o moral (que también), sino contra el mecanismo de cualquier sistema totalitario o dogmático. Se trata de una causa general del componente absurdo que tiene lo real. Si Aleksander Wat dibuja un cuadro espiritual del siglo XX en Mi siglo. Confesiones de un intelectual europeo (editado en 2009 por Acantilado), Lec toma el dibujo y le pone de marco un ataúd.

Traducir a Lec fue para mí una experiencia importante. Lo hice en Cracovia en 1995 (luego terminé en Granada con la ayuda de Anna Luzny) durante un par de meses en el castillo de Przegorzaly, donde se supone que estaba para estudiar cultura polaca. Conservo todavía la agenda universitaria de tapas azules en las que iba transcribiendo las frases, en una esquina del café del castillo, saliendo de vez en cuando a la terraza desde la que se tenía una panorámica a vista de águila del Vístula. Para bajar a Cracovia había que tomar un autobús de línea después de bajar por una ladera más de quince minutos, entre la nieve, como un Robert Walser cualquiera, rompiéndose los pantalones con las matas de brezo y evitando resbalar en la nieve; el café era otra cosa, cristales esmerilados, siempre un Joseph Roth (¿imaginario?) sentado al lado. Un libro o es parte de tu vida o no merece la pena.

También traduje una parte en los cafés de Cracovia, en servilletas, como había hecho el propio Lec (en 2009 se celebró el centenario de su nacimiento y salió una nueva edición completa, en Noir sur Blanc, con los aforismos de las servilletas: Mysli nieuczesane odczytane z notesów i serwetek), que duplican el corpus disponible. Me han ofrecido publicar esta parte, pero la editorial que tiene los derechos pide demasiado por ellos.

Los pensamientos de Lec admiran por su sarcasmo y lucidez. Sus personajes son recurrentes –tiranos, caníbales, eunucos mentales y morales ("¿Que me aprecia mucho? Lo sé, seguro que pediría más de 30 monedas"), es decir, arquetipos de la gente que encontramos en la vida pública, en la calle, en el trabajo–, y en ellos reconocemos los mismos caracteres que en su teatro de marionetas (¿un Valle-Inclán con principios?). La impresión que nos deja la lectura de estos aforismos es la de una visión pesimista (moral, realista) de la condición humana. Pero Lec no da lecciones, no es un predicador, se limita a constatar el inquietante dominio de la irracionalidad, la mentira y la estupidez en el laberinto del mundo, e intenta encontrar en la observación sarcástica su hilo de Ariadna. Uno de sus temas recurrentes es la libertad:

¿Cómo reconocen la libertad los que nunca la han conocido? Pueden maliciarse que se trata de otra de las máscaras del tirano.

¿Los pensamientos están libres de impuestos? Cuando no pasan la frontera.

Los que con más frecuencia pierden la libertad, son los que la anhelan.

¡Equivócate colectivamente!

Y así nos dice, a modo de resumen:

No os dejéis imponer la libertad de expresión antes que la libertad de pensamiento.

S. J. LEC: PENSAMIENTOS DESPEINADOS. Península (Barcelona), 1996. Selección y edición de EMILIO QUINTANA. Traducción de EMILIO QUINTANA y ANNA LUZNY.

Emilio Quintana

http://libros.libertaddigital.com
 
Locations of visitors to this page