domingo, 27 de junho de 2010

La cruz de Europa

Monseñor Martínez-Camino recordó el otro día la evidencia: quitar la cruz de la simbología europea, de las escuelas, de las universidades o de los edificios públicos es algo mucho más grave que una profanación a los sentimientos de la inmensa mayoría de los europeos, creyentes o no. Es renunciar al emblema que ha dado sentido a nuestra identidad bimilenaria. ¿Cómo podrán comprender las futuras generaciones el proceso de construcción de Europa sin ese símbolo en el que un judío, Jesucristo, murió sacrificado entre sus aspas?

Ahora se distrae la atención del respetable con eso del burka sí, burka no, y ese no es el problema. Coincido, una vez más, con la opinión de Prada sobre el error que han cometido los populares, secundados dócilmente por los nacionalistas catalanes, sacando adelante esa proposición del Senado para que se impida el uso del burka en las calles. ¿Y por qué no prohibir la barba, las gafas de sol demasiado grandes o la cirugía estética que desfigura el rostro con respecto al que figura en el DNI? Por una vez, y sin que sirva de precedente, coincido con Bibiana Aído: prohibir el burka dificultará todavía más la vida a algunas mujeres musulmanas.

Mis relaciones con la Comunidad judía no es que sean buenas; me considero, además de cristiano, un miembro más de ella. Tantos años de convivencia y luchas comunes dejan un poso indeleble. En el corazón. Y no conozco un solo miembro de la Comunidad judía española que se oponga al crucifijo, pues saben que la cruz les defiende hoy tanto a nosotros como a ellos, cada uno desde su propia identidad. Mientras tanto, Europa, la decrépita Europa que lanza a la policía en Bélgica a profanar cadáveres de obispos, ve en la cruz una cruz para la convivencia, en lugar de ser lo que siempre fue, a pesar muchas veces de los propios cristianos, un símbolo y una realidad de liberación.

Jorge Trías

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Feminismo de pacotilla

El burka es una prenda que atenta contra la dignidad de la mujer. No se haga líos, señora Aído. Es usted especialista en hacer cuesta arriba la siempre enojosa tarea de defender su presencia en el gobierno de España. Cuando hasta Beatriz Corredor o Cristina Garmendia emprenden una carrera desenfrenada por desbancarla del top-ten de la inutilidad gubernamental, ¡zas! se las ingenia para recuperar el puesto que se ha ganado a pulso a golpe de ocurrencia letal para los ciudadanos. Su última audacia ha sido sostener que «prohibir el burka supondría penalizar aún más a las mujeres». Aquí es donde el maestro Ibáñez dibujaría un bocadillo lleno de letras inconexas en la cabeza de Mortadelo o Filemón para reflejar el desconcierto ante tamaña insensatez. El lenguaje de la ministra de Igualdad es como el look casual, calculadamente desgalichado. Su discurso confuso busca salvar de la hoguera su política errática: manda un mensaje a la progresía dolorosamente afín a un ropaje profundamente machista sin descuidar a las mujeres que utilizan la lógica para desautorizar el uso de esa vestimenta que discrimina a sus congéneres, por más que lo luzcan desde respetables convicciones.

Duele no obstante que tenga que ser un caballero, su compañero el ministro Celestino Corbacho, el que saque la cara por el sentido común y verbalice lo que la mayoría pensamos: que ocultar la cara de la mujer es un retroceso en sí mismo, por no hablar de sus implicaciones en el campo de la seguridad. Ya dijimos algunos que conformar el Consejo de Ministros con la calculadora de la paridad en una mano y el mapa de las Autonomías en otro nos traería algún disgusto. Quizá alguna feminista de pacotilla como Aído debería recordar aquello de que «cuando no sepas a dónde vas, párate, y recuerda de dónde vienes».

Mayte Alcaraz

www.abc.es

Literatura y Guerra Civil - Las Armas, las Letras y Trapiello

Vuelve de nuevo a las librerías, la tercera vez en quince años, el libro de Andrés Trapiello sobre los escritores en la Guerra Civil. Revisado y ampliado, el libro es, en lo fundamental, aquel de 1994 escrito por sugerencia de Rafael Borrás para Planeta, que lo vuelve a recuperar en otro de sus sellos, Destino. El libro, un clásico ya, conserva sus virtudes, superiores a sus defectos.

Tarde o temprano, cualquier español tiene que explicarse la Guerra Civil. Los nacidos, como el autor, a mediados del siglo pasado llevamos pegada la pregunta, en cierto modo, como nuestra sombra. Con más motivo, hasta donde quieran responder por sus opiniones, los escritores. Este libro es la respuesta de Trapiello a la pregunta. Acumulativa. Como si nos dijera: verá usted, dicho así en general, la actuación de los escritores españoles en la guerra civil del siglo XX no fue muy airosa, salvo algunas excepciones, ni dio origen a obras muy memorables por sus méritos literarios intrínsecos, pero los casos son muchos y distintos, como los libros e impresos de interés que conviene conocer, de primera mano, para saber de lo que estamos hablando. No se nos ocurre otro autor que lo hubiera hecho mejor y reunido tantas noticias tan dispersas.

Sigue siendo un buen libro, al margen de otras consideraciones, porque en los años transcurridos desde su primera edición no ha aparecido ningún otro que aborde el tema con un formato y perspectiva semejante, con lo que, si no existiera, nuestro conocimiento de los personajes y del momento sería mucho peor. No es un libro académico, sistemático, que responda a un temario prefijado, ni falta que le hace, pues la subjetividad de los juicios implícitos o explícitos es una de sus virtudes, sobre todo en lo estético, que en este caso cuenta mucho. Está escrito desde la experiencia del autor: como lector, como buscador de libros y folletos, por haber conocido a muchos de los protagonistas y haber conversado con ellos sobre los otros. Trapiello ha escrito más que el Tostado, varios centones; es curioso y chismógrafo como pocos, así como perseverante rastreando y editando obras literarias de mérito preteridas u olvidadas. Trapiello también es uno de los escritores castellanos que mejor conoce las literaturas catalana y gallega.

El soporte argumental es, por así decirlo, la casuística, la enumeración, todo lo exhaustiva que el tamaño del libro permite, de casos concretos, ordenados, hasta donde es posible, por bandos y generaciones, agrupándolos en torno a ciudades (rojos, azules, blancos y otras pigmentaciones más o menos entreveradas; Madrid, Salamanca, París, Valencia, Barcelona), apoyándose casi siempre en libros y revistas. Cuando apareció fue un libro rompedor que agitó las aguas estancadas de los estudios académicos sobre el asunto. Desde entonces, las historias que se reúnen en este libro han sido un vivero del que han partido otros autores más jóvenes –Cercas y Prada entre los más sonados– para desarrollar sus propios argumentos, más o menos de ficción.

Esta nueva edición sale enriquecida, con abundantes ilustraciones, apuntes bibliográficos de los mencionados y una cronología de la Guerra Civil, con lo que se convierte en una especie de catálogo de exposición jibarizado. El material gráfico es muy interesante, aunque el tamaño de muchas de las imágenes se quede escaso, los pies añadidos lo son menos, con alguna imprecisión, la cronología prescindible, y los datos bibliográficos se leen bien y aunque breves son útiles.

Los añadidos más destacables, sin que la observación proceda de un estudio exhaustivo de las variantes, pertenecen a las filas de la tercera España, la más afín al espíritu del libro. Destacan los casos de Manuel Chaves Nogales y Carlos Morla Lynch. El primero, periodista y literato, cuya valoración crece cuanto más se le edita, se le lee y se conocen detalles de su peripecia. El segundo es un diplomático chileno, culto y aristocrático, que pasó los mejores años de su vida en el Madrid de la República. Su testimonio, En Madrid con García Lorca, fue reeditado, ampliado, hace poco, y en él uno encuentra descripciones de la vida cotidiana de los artistas y de quienes los frecuentaban como en pocos libros más. Su importancia como memorialista se ha multiplicado con la publicación de sus diarios de la guerra, en Madrid, donde fue uno de los principales responsables del asilo que algunas representaciones diplomáticas prestaron a muchas personas perseguidas por su posición o sus creencias, primero por los rojos y luego por los azules, circunstancia que acabó, Neruda mediante, por amargarle el resto de su vida. También se tiene en cuenta la figura de Gaziel, cuyas meditaciones sobre sus años madrileños en la posguerra han sido reeditadas también no hace mucho.

Trapiello fue pionero, tras Mainer, en la reivindicación del mérito literario de los escritores falangistas agrupados en torno a Ridruejo. También ha sido, con Bonet, de los primeros en reclamar atención sobre la importancia de escritores como Gómez de la Serna o Cansinos Assens. Conoce como pocos los pasos y los impresos de Pío Baroja, los Machado, Josep Pla y Juan Ramón Jiménez, por citar algunos de los mejores pasajes del libro. Fue muy amigo de Ramón Gaya y gracias a él tiene un conocimiento muy preciso de la vida y la obra de los del 27. Son de destacar las páginas dedicadas a Bergamín y Alberti, los que peor quedaron en el bando rojo. El retrato de Eugenio D'Ors también es muy de destacar, aunque las dedicadas a los cenáculos azules pamploneses tienen menos interés. La nómina de escritores tratados supera los doscientos. Es pues muy razonable que en algunos casos, no muchos, la información sea escasa, como, por ejemplo, en el caso de Juan Chabás, con una vida novelesca, o, entre los extranjeros, Ilia Ehrenburg. También sorprende la nula atención que concede a Álvarez del Vayo, el vínculo español con Münzenberg, el del Socorro Rojo, las asociaciones y los congresos prosoviéticos. Pero son defectos menores.

Otra cosa son las ideas políticas de Trapiello. Se defiende en el último prólogo de las acusaciones de equidistancia, pero no nos convence. Cree colocar una gran pesa en el platillo republicano, pero, cual halterófilo de pacotilla, sólo tiene de grande la apariencia, carece de densidad. Dice: "Dejemos zanjada esta cuestión: los crímenes en una zona y otra fueron, ciertamente, equiparables. Pero, por suerte para España y para nosotros, no todos los que vivieron aquella guerra fueron asesinos ni representan lo mismo: los irrenunciables principios de la Ilustración sólo estaban representados por la República; la lucha del otro bando fue por la civilización cristiana de Occidente y los privilegios seculares bendecidos por ella mediante una cruzada que trataba precisamente de conculcarlos". De ello se podría deducir que para alcanzar el cumplimiento de "los irrenunciables principios de la Ilustración" el mejor camino era el Frente Popular, o sea, la vía revolucionaria, la que acabó con la República. Cuando identifica la civilización cristiana de Occidente con los privilegios seculares, etcétera, simplifica como un sectario. Pero así es Trapiello y así es su libro, un clásico ya.


ANDRÉS TRAPIELLO: LAS ARMAS Y LAS LETRAS. LITERATURA Y GUERRA CIVIL (1936-1939). Destino (Barcelona), 2010, 635 páginas.

José Rubio Navarro

http://libros.libertaddigital.com
 
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