segunda-feira, 19 de abril de 2010

La Memoria de Kaczynski

Lech Kaczynski fue un político trágicamente perseguido por la historia. Su muerte ocurrió cuando se dirigía a Katyn, tumba de 22.000 militares polacos asesinados por orden de Stalin, un lugar hoy doblemente maldito para Polonia. Pero la primera cita con la historia de Lech Kaczynski y su hermano Jaroslaw fue su peculiar Ley de Memoria Histórica que tanta división provocó entre los polacos y que, a la postre, les costó perder las elecciones. Una ley con la que se quiso obligar a periodistas, profesores y funcionarios a declarar si habían colaborado con el antiguo régimen comunista.

Puede que sobrasen los motivos emocionales para esa ley. Muchos viejos comunistas se habían valido de su red de relaciones para enriquecerse en el capitalismo. Muchos antiguos verdugos se hacían pasar por humildes corderos. Pero la historia es terreno movedizo en el que no caben simplificaciones políticas o ideológicas. ¿Hasta qué punto un puñado de políticos pueden interrogar, procesar o purgar a sectores enteros de la sociedad, a millones de personas, que creían de buena o mala fe o se limitaban a sobrevivir? ¿Hasta qué punto un político o un juez tienen competencia para emitir el inapelable «Juicio de la Historia»? Una sociedad madura, como la norteamericana, jamás se metería en la pelotera de organizar un macrojuicio político sobre su guerra civil por muy legítimas que sean las vindicaciones de los descendientes de los esclavos. Aunque les encante aventar ese bochinche tan colorista y tercermundista en casa ajena. Cuidémonos de la obsesión con los muertos de nuestra historia. Quien conozca Sarajevo o Jerusalén sabe lo peligroso que es hacer política abriendo tumbas y paseando las vindicaciones de nuestros muertos.

Eso sí, los Kaczynski nunca llamaron fascistas a quienes no compartían su entusiasmo por los agravios de sus difuntos. Eso queda para los ultrakaczynskis de aquí.

Alberto Sotillo

www.abc.es

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