Hay una izquierda española que hurga en el pedigrí de algunos jueces buscando impurezas de sangre pero santifica las adscripciones ideológicas que sirven a sus fines; que considera (ahora, no en su día) que la transición fue una traición a los vencidos de la Guerra Civil, para espanto de historiadores tan inequívocamente de izquierda como Santos Juliá; que desfallece de nostalgia por una bandera que fue constitucional durante apenas cinco años de nuestra historia pero prefiere ignorar que la actual lo fue durante siglo y medio antes de 1931; que reivindica la memoria histórica para condenar, con toda razón, el golpe franquista de 1936, pero sepulta en las fosas de la desmemoria histórica otras insurrecciones contra el orden constitucional de la II República; y que, como corolario de todo ello, niega cualquier legitimidad democrática a la derecha española de nuestros días invocando los pecados de las derechas españolas de todos los tiempos. Como si las demás fuerzas políticas no tuvieran pasado; o lo tuvieran absolutamente inmaculado.
Esa izquierda se encontraba mayoritariamente representada en el acto que tuvo lugar en la Facultad de Medicina de la Complutense. Una izquierda en permanente búsqueda de causas vivificadoras porque la suya es una causa bastante perdida. Una izquierda que, como han recordado otros compañeros en estas páginas, necesita del ectoplasma del franquismo para exorcizar sus propios fantasmas, pero a la que, sobre todo, espanta la probabilidad de una victoria del PP en las próximas elecciones. En esa eventualidad, y no en las cunetas inexploradas, hay que buscar, creo yo, una buena parte de la explicación de lo que está ocurriendo en los últimos tiempos. Quiero creer que a estas horas el juez Valera habrá reflexionado sobre la bandera que le ha ofrecido a esa izquierda anacrónica en una hora en la que España se juega las habichuelas (literalmente) en otras justas.
Eduardo San Martín
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