quarta-feira, 30 de setembro de 2009

Otras víctimas....(de la guerrilla argentina)

Ha empezado a circular por internet un listado de muertos por la guerrilla argentina en los años setenta. Cuando digo circular, me refiero a cadenas de mails, porque pocos son los que han podido permitirse montar una web y, en cambio, ha habido y hay mucha voluntad individual.

Doy más abajo esa lista, pero no podría hacerlo honestamente sin precisar algunos datos y aclarar algunas historias que se me van acumulando sobre el escritorio.

La persona que elaboró la lista lo hizo con el criterio de oponer un número crecido de víctimas de la subversión al recientemente disminuido de los muertos y desaparecidos como víctimas del terrorismo de Estado. Ambas son fórmulas parciales y ninguna de las dos ayuda a precisar la existencia de una guerra declarada entre las organizaciones armadas, fundamentalmente Montoneros y ERP, y las Fuerzas Armadas Argentinas. Declarada, es cierto, y me he encargado de dejarlo claro en un artículo anterior, por la guerrilla, que, con criterios guevaristas, se proponía la "guerra popular prolongada". Aquí no se trata de una sutileza teórica, sino de una cuenta necesaria para abrir un proceso de reconciliación nacional nacido de la claridad y el establecimiento de culpas.

Segundo asunto: no todas las víctimas enumeradas lo fueron por obra de la izquierda. Hay una tendencia a incluir personas asesinadas por la Triple A, la organización o mafia parapolicial a las órdenes de Jorge Osinde y José López Rega, entre las víctimas de la subversión o de la violencia política. Un activo militante de la época, el escritor Rodolfo Walsh, asesinado probablemente en 1977, casi inmediatamente después de su secuestro, ocurrido el 25 de marzo de ese año, produjo un documento político titulado "Las tres A son las tres Armas" –referencia al Ejército, la Marina y la Aeronáutica–, que quizá constituya el más grave de sus errores políticos. Sin duda, Perón alentó, como bien explica Juan B. Yofre en Nadie fue, la creación y las actividades de la AAA (Alianza Antocomunista Argentina), como parte de un esquema represivo que dejara al margen al Ejército, que él mismo comandaba como presidente de la República y general de mayor rango. Relegó, pues, la aplicación formal de la doctrina del frente interno a una etapa posterior, que él ya no pudo controlar.

La Triple A, cuya composición y acciones aún no han sido lo bastante estudiadas, era un batiburrillo propio de las calenturientas cabezas de Osinde y López Rega, en el que se mezclaron cantidad de delincuentes comunes reclutados incluso en cárceles –asesinos profesionales– y funcionarios de distintos rangos y procedencias, liberados temporalmente de sus asignaciones habituales, como es el caso del célebre comisario Almirón, detenido en España, extraditado y finalmente muerto de enfermedad y vejez. En el Clarín del pasado 12 de julio podía leerse:
Se le atribuye a Almirón los asesinatos de Julio Troxler, un [comisario] peronista que había eludido a la muerte cuando los fusilamientos en los basurales de José León Suárez, de los que en estos días se cumplieron cuarenta y tres años. También se le atribuye el asesinato del abogado y ex diputado Rodolfo Ortega Peña, el del sacerdote Carlos Mugica y el del pensador marxista Silvio Frondizi, acribillado a tiros en la cabeza y arrojado en los descampados de Ezeiza. Esa demencia era la marca registrada de Almirón. De esa forma había asesinado cuando era a la vez policía y delincuente y sellaba a quemarropa los diferendos entre bandas rivales, capitaneadas por asesinos de leyenda como Miguel el Loco Prieto.
Había formado parte de la guardia personal de Perón, organizada por López Rega, como número dos del Brujo, según consta en testimonio que poseo grabado de una de las personas más próximas al general en su última época.

Continúa Clarín:

En julio de 1975 había alzado los brazos y se había entregado, junto con todo su pequeño ejército de matones, ante la orden del jefe de Granaderos a Caballo y custodio de Isabel Perón, coronel Jorge Sosa Molina. El militar que desarmó a la banda en la residencia de Olivos y que incautó decenas de armas y hasta panes de trotyl que se cargaban en los baúles de los Ford Falcon debió soportar que la Presidenta exigiera que Almirón fuera llevado a su presencia.
Después de eso tuvo que huir, junto a su jefe. Las tres A no eran las tres Armas, aunque se las quiera mezclar.

Aunque Clarín no lo mencione, es muy probable que a Almirón corresponda también la tortura feroz y el asesinato del fotógrafo Julio Fumarola, cuyo cuerpo se encontró, igual que el de Frondizi, acribillado en los descampados de Ezeiza.

A continuación expongo a mis lectores la lista recibida, que consta de diversas secciones y da un total de 712 muertes. Como siempre, espero comentarios y aportaciones para la elaboración de esta historia.
Muertos por profesión

Políticos, 5; empresarios, 36; gremialistas, 17; periodistas, 1; funcionarios públicos, 12; sacerdotes, 6; diplomáticos, 1; empleados, 4; profesores universitarios, 2; dirigentes estudiantiles, 2.

Muertos por situación

Víctimas de atentados públicos, 13; subversivos arrepentidos, 11; esposas de militares, 3; niños, 5; miembros del Ejército 99; miembros de la Marina 11; miembros de la Fuerza Aérea 8; miembros de la Gendarmería 9; miembros de la Policía Federal 107; miembros de la Policía de la provincia de Buenos Aires, 230; miembros de la Policía de la provincia de Catamarca, 1; miembros de la Policía de la provincia del Chaco, 1; miembros de la Policía de la provincia de Córdoba, 45; miembros de la Policía de la provincia de Corrientes, 1; miembros de la Policía de la provincia de Formosa, 2; miembros de la Policía de la provincia de Mendoza, 4; miembros de la Policía de la provincia de Tucumán, 13; miembros de la Policía de la provincia de Jujuy, 4; miembros de la Policía de la provincia de Santa Fe, 30; miembros del Servicio Penitenciario Federal, 6.

Sería bueno tener todos los nombres de los miembros de la policía asesinados o muertos en acto de servicio; cada uno es una historia. Me permito recordar aquí –y creo que es la primera vez que se habla del caso– al comisario Ramos, de Bahía Blanca, un tipo generoso al que le daban lástima los adolescentes que ni siquiera sabían en qué se habían metido y que, después de ayudar a unos cuantos a huir de su propia estupidez, fue asesinado por los Montoneros. La policía, por otra parte, fue la que más muertos puso, y sigue siendo el pariente pobre a la hora de hacer cuentas.

Lista nominal

Esposas de militares asesinadas junto a sus maridos

Cáceres Monié, Beatriz Sasiain de, (esposa del general asesinado en Entre Ríos el 3-12-75); Gay, Hilda Casaux de (esposa del coronel asesinado en Azul el 19-01-74); Villar, Elba M. Pérez de (esposa del jefe de la Policía Federal asesinado en el Tigre el 01-11-74).

Niños asesinados

Viola, María Cristina, 3 años, hija del capitán Viola, asesinada en Tucumán junto a su padre el 1-12-74; Kraiselburd [faltan más datos], menor asesinado por Montoneros; Barrios, Juan, 3 años, de la mano de su madre transitaba frente a un banco cuando una mujer joven desde un automóvil disparó a ciegas una ametralladora; Vázquez, Froilán, 6 años, tomado como rehén por el ERP; Lambruschini, Paula, 15 años, hija del almirante Armando Lambruschini, jefe del Estado Mayor General Naval, el 1-8-78.

Asesinados en el Ejército

Teniente general Aramburu, Pedro Eugenio.

Generales de División Sánchez, Juan Carlos, y Cáceres Monié, Jorge Esteban (r).

Generales de Brigada Cardozo, Cesáreo Angel; Actis, Carlos Omar; Salgado, Enrique; Muñoz, Ricardo.

Coroneles Amico, Leonardo Roberto; Cano, Eduardo; Rico, Martín; Fernández Cendoya, Andrés; Triaca Numa, Osvaldo; Iribarren, Héctor Alberto; Gay, Camilo Arturo; Grassi, Jorge Óscar; Carpani Costa, Arturo H; Reyes, Rafael Raúl; Dalla Fontana, José Esteban; Cavagnaro, Abel Héctor Elías (r); Mendieta, Juan Carlos (r); Sureda, Ángel Arturo (r); Castellanos, José Bonifacio.

Tenientes coroneles: Sanmartino, Julio R. (r); Duarte Hardoy, Raúl Juan; Bevione, Óscar; Petraca, Pedro; Schilardi, Pompilio; Peralta, Astudillo; Gardon, José Francisco; Ibarzábal, José Norberto; Colombo, Horacio Vicente; Larrabure, Argentino del Valle [asesinado el 19 de agosto de 1975 tras permanecer cautivo 372 días en una cárcel del pueblo del ERP]; Mutto, Alberto Eduardo (r).

Mayores: Gimeno, Jaime; Biscardi, Roberto; Sánchez, Héctor; Papa, Aldo; Fernández Cutiello, Horacio (h); López, Néstor Horacio; Reyes, Osvaldo Helio (r); Zihel, Leónidas Cristián (r); Servidio, Romeo (r).

Capitanes: Paiva, Miguel Ángel; Aguilera, Roberto; Arteaga, Carlos; Viola, Humberto Antonio; Keller, Miguel Alberto; Petruzzi, Luis María; Ramallo, José Antonio; Leonetti, Juan Carlos.

Tenientes primeros: Asua, Mario César; Nacaratto, José María; Correa, Carlos; Casagrande, Carlos; Anaratone, Jorge; Brzic, Luis Roberto; Carbajo, Roberto Eduardo; Cáceres, Héctor; Spinazzi, José Luis; Cativa Tolosa, Fernando; Lucioni, Óscar Abel.

Tenientes: Gambande, Juan Carlos; Rolón, Ricardo; Mundani, Juan Conrado; Ledesma, César Gonzalo.

Subtenientes: García, Raúl Ernesto; Berdina, Rodolfo Hernán; Massaferro, Ricardo Eduardo; Barceló, Diego Toledo; Pimentel, Juan Ángel.

Suboficial principal Gil, Carlos Honorato.

Sargentos Ayudantes: Ríos, Anselmo; Esquivel, Ricardo; Cisterna, Roque Carmelo.

Sargentos primeros: Sanabria, Víctor; Molina, Eligio Osvaldo; Montesano, José Ángel (r); Tejeda, Rosario Elpidio; Cabezas, Óscar Alberto; Novau, A. Martin (r).

Sargentos: Moya, Miguel Arturo; Orné, Ramón W.; Gómez, Walter Hugo; Lai, Alberto Eduardo; Favali, Rubén Godofredo.

Cabos primeros: Juárez, Miguel Dardo; Linares, Aldo; Dalesandro, Edgardo; Albornoz, José; Costilla, Juan; Ramírez, José Anselmo; Méndez, Wilfredo Napoleón; Rojas, Bruno; Zárate, Ricardo Martín; Parra, Carlos Alberto; Dios, Osvaldo Ramón; Bulacios, Jorge.

Voluntario primero Pérez, Desiderio Eduardo.

Soldados conscriptos: González, Daniel Osvaldo; Maldonado, Ismael; Sosa, Edmundo Roberto; Villalba, Alberto; Arrieta, Antonio Ramón; Dávalos, Heriberto; Coronel, José Mercedes; Salvatierra, Dante; Torales, Marcelino; Sánchez, Tomás; Luna, Herminio; Sánchez, Ismael; Castillo, Juan Carlos; Gustoni, Enrique Ernesto; Ordóñez, Fredy; Fernández, Pío Ramón; Spinoza, Rogelio René; Moya, Orlando Aníbal; Viscarra, Héctor; Pérez, Benigno Edgar; Papini, René Alfredo; Caballero, Roberto; Ruffolo, Benito Manuel; Sessa, Raúl Fernando; Cajal, Miguel Ángel; Vacca, Alberto Hugo; Dimitri, Guillermo; Crosetto, Víctor Manuel; Gutiérrez, Mario; Cucurullo, Miguel; Barbusano, Luis; Taddía, Roberto; Grillo, Julio; Díaz, Leonardo; Cardozo, Héctor.

Personal militar adscripto a la Policía: Coroneles Trotz, Ernesto Guillermo; Rospide, Enrique Nicolás.

Asesinados en la Marina

Vicealmirantes Berisso, Emilio, y Quijada, Hermes José (r).

Capitanes de Navío Burgos, José Guillermo, y Basso, Juan Jorge.

Capitanes de Fragata: Bigliardi, Jorge Raúl (r); Esquivel, Julio Esvardo (r); Poggi, Oscar Agustín (r).

Teniente de Navío Mayol, Jorge Omar.

Teniente de Fragata Barattero, Santiago A.

Suboficiales mayores Leguizamón, Lorenzo Miguel; Unteretein, Martín; Larrea, Emilio Horacio (r).

Suboficial principal Yabor, Eduardo Miguel (r).

Suboficiales primeros Gatelli, Raúl (r), y Reducto, Mario (r).

Suboficial segundo Benítez, Marcelino.

Cabo primero Contreras, Juan Leonardo.

Cabos segundos Grimaldi, Enrique, y Vidal, Miguel Ángel.

Asesinados en la Fuerza Aérea

Brigadier Longinotti, Arturo L. V. (r).

Comodoros Silioni, Rolando Segundo (r); Echegoyen, Roberto M.; Valis, Adolfo (r); Gouarderes, Reynaldo (r).

Vicecomodoros Luchesi, Alberto Bruno, y Matti, Rodolfo (r).

Alférez Rathlin, Javier.

Suboficial principal Carbone, Alberto (r).

Cabo Molina, Andrés G.

Asesinados en la Gendarmería Nacional

Comandante principal Reese, Julio Manuel Augusto.

Alférez Páez Torres, Luis.

Oficial Agarotti, Pedro Abel.

Gendarmes Gómez, Evaristo Francisco; Godoy, Marcelo; Luna, Juan Argentino; Cuello, Raúl; Salliago, Juan Carlos; Rivero, Juan Esteban.

Víctimas de atentados terroristas (93)

Políticos

Uzal, Roberto; Mor Roig; Arturo Acuña; Hipólito Pisarello; Ángel Deghi; Juan Carlos [¿?].

Empresarios

Sallustro, Oberdan (Fiat); Qlekler, Roberto (Fiat); Golla, Ricardo (Ika Renault); Samaniego, Ramón (La Cantábrica); Naranjieras, Antonio; Jasalik, Emilio (Hilandería Olmos); Abeigon, Roberto (Miluz); Martínez, Manuel (Miluz); Muscat, Antonio (Alba); Bargut, David (Tiendas Elena); Camelon, Raúl (Acindar); Hegger, Adolfo (Bendix); Sarlenga, Jorge (Bendix); Velazco, Raúl (Sancor); Rotta, Pedro (Fiat); Pardales, Joe (Bervano); Fidalgo, Manuel (Rigolleau); Fiola, Óscar (Swift); Trinidad, Osvaldo (Swift); Sarracan, Horacio (Ika Renault); Arrozagaray, Enrique (Borgward); Arce, Luis (Surrey); Bergomatti, Carlos (Materfer); Castrogiovanni, José (Lero); Liple, Juan (Schering); Oneto, Julio (Fca. Leticia); Maschio, Óscar (Monofort); Moyano, Roberto (Petroquímica); Souto, Carlos Alberto (Chrysler); García, Higinio (Textil Oeste); Mamagna, Hugo (Daner); Salar, Héctor (Lozadur); Gasparoux, André (Peugeot); Martínez Aranguren, José (Lozadur).

Gremialistas

Klosterman, Henry; Mansilla, Marcelino; Rucci, José; Magaldi, Antonio; Alonso, José; Noriega, Héctor. Ponce, Teodoro; Vandor, Augusto; Chirino, José; Pelayes, Juan; Dibatista, Adolfo; Sánchez, Ricardo; López, Vicente; Giménez, Adalberto; Desosi, Florencia; Alvarez, Santiago.

Periodistas

Kraiselburd, David (director del diario El Día de La Plata).

Funcionarios

Campos, Alberto (Intendencia San Martín); Ferrín, Carlos (Intendencia San Martín); Tarquini, José (Ministerio de Bienestar Social); Macaño, Luis (Subsecretaría de Planeamiento); Salisesky, Miguel (Swift); Di Iorio, Antonio (Ferrocarril Mitre); Castro Olivera, Raúl (Presidencia de La Nación); Herreras, Hugo (Banco Municipal); Cash, Daniel (Banco Nación); Astengo, Ángel (Entel); Padilla, Miguel (Subsecretaría del Ministerio de Economía); Etchevehere, Pedro (Inta).

Diplomáticos

Egam, John (cónsul de los EEUU).

Abogados

Centeno, Óscar.

Empleados

Aballay, Juana; Peme, Enrique; Cardozo, Amorin; Tapares, Osvaldo.

Dirigentes estudiantiles

Piantoni, Ernesto; Spangenber, Hernán.

Profesores universitarios

Genta, Jordán Bruno, y Sacheri, Carlos Alberto.

Ciudadanos en general

Sánchez, Víctor; Villalba, Félix; Browarnik, Estela; Epelbaun de Browarnik, Silvia; Estolar de Córdoba, Eliseo; Pascual Abrahamsohn, Jesús; Ramier López, José; González, Luis; Laurenzano, Julio Salvador; Lasser, Miguel Ángel; Enrique, Ramona; Biancull, Luis Osvaldo; Vázquez, Pascual Bailon; Vila, Margarita Obarrio de.


Horacio Vázquez-Rial


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Ciudad de Dios

El Guía vela desde la ciudad de Dios. Qom es el centro neurálgico de la teocracia iraní. Teherán, apenas nudo administrativo, que vehicula lo que sólo en la intimidad con Alá de los grandes brujos de la Ciudad Santa, tiene su origen.

La obviedad metafórica de colocar en Qom el principal centro iraní -hasta hace una semana, secreto- de producción nuclear, puede llamar la atención por lo primario. Pero así ha sido el régimen de los ayatolahs, desde su implantación por un Jomeini cuya campaña contra el corrupto modernismo del Shah Pahlevi tuvo su inicio en ese mismo santuario. De muchas cosas se podrá acusar a los locos de Alá que imponen su terror en la vieja Persia. No de mentir. Desde su primer día, la República Islámica ha estado en guerra contra los dos Satanes: los Estados Unidos e Israel. Desde su primer día, todos cuantos gobernantes pasaron por Teherán han hecho resonar -con distintas intensidades, es cierto- el explícito mandato de Alá recibido: aniquilar ambas sedes del diabólico enemigo del Islam sobre la tierra. A largo plazo, la del más duro de roer Satán americano; a plazo lo más breve posible, la de un Satán israelí al que su mínima extensión territorial hace verosímil aniquilar mediante un bombardeo nuclear masivo e imprevisto.

Es un cálculo loco, porque con ninguna sorpresa puede contarse ya en tal ataque. Todo el mundo sabe -Israel con más motivo que nadie- que la operación se producirá en el momento mismo en que Irán disponga de bombas de suficiente potencia y de misiles de bastante precisión y alcance. Y que la respuesta no podrá sino ser de nivel máximo. Pero aquel equilibrio, al cual en los añorados años de la guerra fría -que enfrentaba a dos enemigos asentados sobre criterios de racionalidad bélica muy similares- se llamó «del terror», y que, al cabo, evitó un guerra atómica en los años cincuenta, carece de verosimilitud cuando uno de los contrincantes, Irán, ha recibido de su Dios un mandato terminante, que pasa por encima de todo cálculo de costes, de los propios como de los ajenos: atacar. La orden partirá de Qom, porque sólo al Guía Supremo de la Revolución compete darla. Será el Gran Ayatolah Jamenei, como portavoz de Alá, quien curse esa orden. Sobre Ahmadineyad no recae en esta historia otro papel que el del ejecutor. Porque no hay lugar a un poder político autónomo en la literalidad de la ley islámica.

Sarkozy, Brown y Obama (más Merkel, que no participó en el anuncio del ultimátum, al no poseer Alemania información de sus propios servicios de inteligencia, pero que se sumó de inmediato a la posición de sus colegas), explicitando las dimensiones exactas del centro nuclear secreto de Qom (3.000 centrifugadoras en curso de instalación, que, sumadas a las más de 8.000 de Natanz, fijan un potencial incompatible con el simple uso civil), han querido levantar acta de un punto sin retorno: Irán camina hacia la guerra atómica a una velocidad vertiginosa. Las carcajadas, sin embargo, de los ayatolahs ante la reconvención anglo-franco-americana deben estar resonando todavía en la Ciudad de Dios: amenazar con represalias económicas a quien tiene como objetivo inmediato planificar el Apocalipsis, es querer jugar a los cromos con Jack el Destripador. Y los fieles de Jamenei son potenciales genocidas, pero no imbéciles. Las señales de debilidad que Barack Obama lanza las puede percibir hasta un niño que no sea del todo bobo. Irán va a tener armamento nuclear muy pronto. Sólo una intervención militar fulminante podría evitar eso. Pero es tan consolador cerrar los ojos. Eso lo sabe el Guía. Que vela desde la Ciudad. De Dios.

Gabriel Albiac
Catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid

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Un cortinón de humo

Hubo muchas almas cándidas que, cuando el Gobierno empezó a promover una reforma del aborto, repitieron con fervor de loritos: «¡Es una cortina de humo para distraernos de la crisis económica!». Y, ahora que el Consejo de Ministros presenta al alimón una subida de impuestos y un proyecto de ley que convierte el crimen del aborto en «derecho de la mujer», insisten hasta desgañitarse: «¡Ya lo decíamos nosotros! ¡Es una cortina de humo!». Si estas almas cándidas hubieran vivido en la época de las guerras púnicas, al comprobar que las matanzas de niños ante el altar de Moloch se incrementaban a medida que Cartago se derrumbaba, habrían gritado también: «¡Es una cortina de humo!».

Hay, desde luego, una cortina de humo que nubla la razón de las almas cándidas. Pues, para quien mantenga la razón medianamente clara, resulta notorio que la coincidencia de ambas calamidades demuestra que comparten una naturaleza común, como las matanzas de niños ante el altar de Moloch compartían una misma naturaleza con la suerte de Cartago. Sólo que la naturaleza compartida de ambas calamidades es de índole sobrenatural: los dioses plutonianos siempre exigen a sus adeptos, a cambio de poder, que les entreguen su alma. Pero nuestra época ha excluido de sus razonamientos el orden sobrenatural; y, al excluirlo, sólo puede aspirar a juicios escindidos, fragmentarios, de tal modo que las calamidades que la afligen aparecen ante sus ojos desvinculadas entre sí, separadas por cortinas de humo que nublan su razón.

En su dilucidador ensayo La abolición del hombre, C. S. Lewis avizora el proceso que, nublando la razón, acabará por convertirnos en seres que ya ni siquiera merezcan el calificativo de humanos. Y que, expoliados de su condición humana, llegarán a aceptar como conquistas de la libertad o del progreso lo que no son sino disfraces sibilinos de su esclavitud. El aborto es un crimen que la razón repudia; y cuando el hombre se desprende de la razón es como cuando las ramas se desprenden del árbol, que no les aguarda otro destino sino amustiarse y fenecer. Cuando el aborto se acepta como una conquista de la libertad o del progreso, cuando se niega o restringe el derecho a la vida de las generaciones venideras, nuestra propia condición humana se debilita hasta perecer. «Los que moldeen al hombre en esta nueva era -vaticina Lewis- estarán armados con los poderes de un estado omnipotente y una irresistible tecnología científica: serán una raza de manipuladores que podrán, verdaderamente, moldear la posteridad a su antojo». Por supuesto, esa raza de manipuladores presentará sus manipulaciones como conquistas de la libertad humana; «sabrán -añade Lewis- cómo concienciar y qué tipo de conciencia suscitar». Y con la conciencia reformateada -con la razón nublada-, esos hombres que han dejado de serlo se guiarán por voliciones, por meros impulsos caprichosos, y dirán: «Yo quiero esto, o lo otro» (donde esto o lo otro pueden ser el aborto o cualquier otra petición irracional). ¿Y qué ofrece -e pregunta C. S. Lewis- el manipulador a los hombres que desea despojar de su condición humana? Lo mismo que Mefistófeles a Fausto: «Entrega tu alma y recibirás poder a cambio». El manipulador nos da poder para abortar; y, a cambio, nos exige que entreguemos nuestra condición humana. Pero no podemos entregar nuestras prerrogativas humanas y, al mismo tiempo, retenerlas; o somos seres racionales, o nos convertimos en marionetas en manos de los manipuladores. Hoy nos quitan el dinero y nos expolian los ahorros; mañana nos chuparán hasta la última gota de sangre. Para no comprender algo tan evidente, hace falta, en efecto, tener la razón nublada por un cortinón de humo. Y, por cierto, el cortinón apesta a azufre.

Juan Manuel de Prada
www.juanmanueldeprada.com

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