quinta-feira, 29 de outubro de 2009

Una nueva mirada sobre Lincoln

Pedro López Arriba, un enamorado y buen conocedor de la historia de Estados Unidos, ha escrito en este suplemento sobre la reconsideración de la figura de Abraham Lincoln.

Comienza López Arriba por señalar las diferencias entre el 16º presidente de los Estados Unidos y el 45º, Barack Obama. Pero no es tanto que éste busque similitudes con aquél: lo que quiere es inspiración para un cambio de ciclo político. Se entenderá esto mejor si se tiene en cuenta qué otros dos presidentes ha elegido Obama como referentes: Franklin D. Roosevelt y Ronald Reagan.

Lincoln impuso un ciclo político republicano que, con interrupciones, se prolongó hasta la década de los 30 del siglo XX. Roosevelt, con un programa político muy distinto del que era tradicional en su partido, de corte más moderno y socialista, crea una nueva alianza que funciona hasta mediados los años 80. Un programa que, en parte, es asumido incluso por los republicanos: recordemos que Richard Nixon impuso controles de precios e introdujo la affirmative action (discriminación positiva) en la política. Reagan, sí, es otro modelo de Obama, a pesar de las diferencias ideológicas. Porque introdujo un nuevo ciclo político, del que formaron parte todos sus sucesores, incluido Bill Clinton, que en su día prometió "acabar con el Estado de Bienestar tal como lo conocemos" (e introdujo una reforma, en 1996, que resultó bastante eficaz).

Sea como fuere, Lincoln sigue siendo objeto de un debate que, finalmente, versa sobre el mismo ser de los Estados Unidos. López Arriba sugiere que la unión de los Estados en un régimen federal fue voluntaria pero irrevocable. (También dice que toda unión tiene algo de voluntario. No, no todas: no hay más que recordar un caso bien distinto, el de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas). ¿Una unión irreversible? Eso podría conducir a una situación de servidumbre que, por supuesto, no estaba en absoluto en la mente de los firmantes de la Constitución. Es más: Virginia, Nueva York y Rhode Island declararon expresamente su derecho a desasirse de la Unión si veían mermados sus derechos. El hecho de que esa provisión no fuera expresa en las ratificaciones de otros Estados no quiere decir que no hiciesen suyo su principio subyacente.

El apartamiento de una unión puede que no sea perfectamente libre, pero ninguno de los Estados que amenazaron con secesionarse (primero en el Norte, luego en el Sur) o que llegaron a hacerlo se separó sin más: todos arguyeron su derecho a separarse e hicieron recuento de los atropellos de que se consideraban víctimas y que justificaban su postura.

Es cierto que los firmantes de la Confederación, primera de las dos constituciones estadounidenses, acordaron una "Unión Perfecta". Pero los mismos Estados decidieron deshacer esa "Unión Perfecta". Precisamente esa. Y, en perfecta sintonía con los principios de la época, nadie se extrañó por ello.

Coincido de pleno, sin embargo, en lo que dice López Arriba sobre la importancia de la esclavitud. "Si la esclavitud no ocupó el primer lugar, desde luego tampoco fue un asunto secundario". Yo mantengo que no fue el principal argumento, ni por parte del Norte, ni por parte del Sur. Por lo que se refiere al Norte, Lincoln lo dejó claro en su famosa carta a Horace Greely:
Mi objetivo fundamental en esta lucha es salvar la Unión, no salvar o destruir la esclavitud. Si pudiese salvar la Unión sin liberar a uno solo de los esclavos, lo haría. Y si pudiera salvarla liberando a algunos y dejando de lado a otros, también lo haría. Lo que hago en relación con la esclavitud y la raza de color lo hago porque ayuda a salvar la Unión.
De hecho, su Decreto de Emancipación era sólo válido para los Estados que se declararon en rebeldía; en cambio, respetó la "peculiar institución" en los Estados fieles, en línea con lo que dijo en la carta referida y en su discurso de toma de posesión. Es decir, que declaró la libertad de los esclavos allí donde no tenía jurisdicción para ello y los mantuvo en servidumbre donde sí pudo haberlos liberado.

Por lo que se refiere al Sur, no es que la esclavitud no entrase entre sus reivindicaciones. Lo demuestra, entre otras pruebas, el discurso del vicepresidente Stephens. Ahora, con ser importante, no era la principal razón para la secesión, que ésa y no otra es la postura de los críticos con Lincoln. En su discurso de toma de posesión, el presidente de la Confederación, Jefferson Davis, no mencionó la esclavitud una sola vez. En cuanto a los Estados, sólo dos la citan en sus declaraciones de secesión; en cambio, el resto de causas (el arancel, el atropello de que eran objeto sus derechos) aparece en todas ellas.

Los Estados Confederados buscaban el reconocimiento de naciones como Francia y Gran Bretaña, pero éstas no estaban dispuestas a concedérselo si mantenían la ominosa institución. El gobierno de Jefferson Davis propuso, entonces, un plan de cinco años para acabar con ella, a cambio del reconocimiento de las dos potencias europeas. ¿Tiene sentido librar una guerra para mantener la esclavitud si se ha firmado su erradicación?

Es claro que hubo otros motivos, más poderosos.

Incide Pedro López Arriba en que la aristocracia sureña no era un dechado de liberalismo. No entraré en eso, pero tampoco es tan importante, si los argumentos utilizados por el Sur eran eminentemente liberales. Ahora bien, sí diré que, como apunta Joseph R. Stromberg en su gran artículo "Republicanism, Federalism and Secesión in the South, 1790 to 1865", la esclavitud "puso límites al universalismo de las concepciones sureñas de la libertad" y supuso "un retroceso desde los análisis basados en los derechos individuales" que habían acompañado al movimiento secesionista en esa parte de los Estados Unidos.

La última gran cuestión abordada por López Arriba se refiere a la acusación de que Lincoln fue un dictador. Desde luego que lo fue durante los tres meses en que gobernó por decreto, detentando todos los poderes. Pero el calificativo de "dictador" es menos importante que el hecho de que se saltara la Constitución, suspendiera el habeas corpus, detuviera sin orden judicial a miles de estadounidenses, cerrase 300 periódicos e impusiese la conscripción, por sólo citar algunos de sus atropellos.

La historiografía crítica con el presidente republicano tiene poderosas razones de su lado, enraizadas, por lo demás, en el mismo origen de los Estados Unidos. La Unión, que fue el gran objetivo de Abraham Lincoln, es encomiable. Pero no se puede defender a cualquier precio. Los historiadores que defienden su ejecutoria deberían tenerlo muy en cuenta.

José Carlos Rodríguez
http://historia.libertaddigital.com

Los templarios - Mitad monjes, mitad soldados

Jerusalén.
En la Edad Media hubo dos Cruzadas: una aquí, en España, que triunfó, y otra en Tierra Santa, que fracasó estrepitosamente.

La nuestra se hizo a nuestra manera: sin prisas, con mucha cháchara y largos descansos. Nos llevó ocho siglos, pero la terminamos felizmente el mismo año en que llegamos a América; para empezar allí, como no podía ser menos, una nueva cruzada. La de Tierra Santa corrió por cuenta de ingleses, alemanes y franceses. Aplicaron la receta opuesta: conquistaron Jerusalén a toda velocidad... pero tuvieron que salir por piernas 200 años después, dejando como legado unos cuantos castillos en ruinas y el itinerario completo de la Pasión de Cristo en iglesias, santuarios y callejas.

Los que no tenían ni idea de que la cosa iba a ser tan breve eran dos caballeros que pusieron rumbo a Oriente con la primera de las Cruzadas. Se llamaban Godofredo de Saint Ademar y Hugo de Payens. El primero era francés; el segundo, flamenco. Al llegar al teatro de operaciones se dieron cuenta de que los cristianos tenían bien amarrada Jerusalén y los puertos, pero que entre ambas zonas se extendía una tierra de nadie infestada de infieles que atacaban a los peregrinos. Buscaron la protección del entonces rey de Jerusalén, un tal Balduino II, y fundaron una orden monástica, algo, por lo demás, muy de moda en aquella época. La llamaron Orden de los Pobres Soldados de Cristo, y se establecieron en la misma Ciudad Santa, en el sitio exacto donde había estado en tiempos pasados el Templo de Salomón.

Esta circunstancia les vino que ni pintada: enseguida cayó en el olvido lo de los Pobres Soldados de Cristo y pasaron a ser conocidos como Caballeros del Temple, es decir, del Templo. O Templarios.

Una vez montado el cuartel general en Tierra Santa, los fundadores volvieron a Europa, para recabar fondos y para que algún teólogo justificase doctrinalmente su proyecto, que, a grandes rasgos, consistía en erigir una organización compuesta por hombres que fuesen a un tiempo monjes y soldados.

Bernardo de Claraval.
Consiguieron las dos cosas. Los fondos les empezaron a llegar enseguida, y Bernardo de Claraval, el reformador del Císter, que aún no era santo pero iba camino de ello, se las apañó para dar soporte teórico a la brillante idea de llevar en una mano la cruz y en la otra la espada. Claraval lo dejó claro: los templarios podían matar infieles: eran vengadores "al servicio de Cristo" y de la liberación de los cristianos.

A partir de ese momento la Orden creció como la espuma. Poco a poco, gracias a su laboriosidad y paciencia, fue haciéndose con un gran patrimonio, procedente en buena medida de donaciones de señores acaudalados y príncipes de toda Europa.

Los templarios se organizaban en torno a prioratos, que podían ser monasterios, fincas rurales o castillos. Los prioratos se reunían en bailías, las bailías en regiones y las regiones en provincias. En el ápice de su gloria, la Orden del Temple se extendía desde Portugal hasta Hungría y de Irlanda a Sicilia, con el centro siempre en Jerusalén.

El priorato era la unidad esencial, el genuino establecimiento templario. En ellos se seguía una de las reglas más duras de la Cristiandad. Ser templario era algo más que una vocación: los novicios tenían que renunciar a su nombre para tomar uno nuevo, y antes de ser ordenados un monje les advertía de las privaciones que les esperaban:
Raramente haréis lo que deseéis: si queréis estar en la tierra de allende los mares, se os mandará a la tierra de Trípoli, o de Antioquía, o de Armenia... Y si queréis dormir, se os hará velar, y si alguna vez deseais velar, se os mandará a reposar a vuestro lecho. Cuando estéis sentados a la mesa, se os mandará ir donde se tenga a bien, y jamás sabréis dónde.
Eso era sólo el principio. Llevaban una vida de perros, y no podían tener nada. La Orden les entregaba el hábito, una manta y un cuenco para comer: con ello habían de tirar el resto de su vida. El hábito era blanco, con una cruz roja sobre el hombro derecho; la barba poblada y el pelo rapado componían el resto de la estampa del buen templario. Eran solícitos, incorruptibles y de vida ejemplar: por eso, en Europa eran muy bien vistos por el pueblo llano, que los comparaba positivamente con el relajado clero secular de las parroquias y, especialmente, con la abotargada jerarquía.

Una organización así tenía por fuerza que triunfar. Y triunfó. Los sucesivos maestres de la Orden crearon de la nada una aristocracia propia, monjes listos a los que se preparaba concienzudamente en contaduría y finanzas. Trabajo nunca les faltaba, porque el Temple se había convertido en la primera multinacional de la historia. Sus prioratos estaban relacionados entre sí, y practicaban con gran provecho el comercio internacional, algo que, hace mil años, no era muy usual. Tan buenos llegaron a ser sus informes, que el rey de Francia les encargó custodiar el tesoro del reino. Descubrieron que el oro rinde si se mueve, si se invierte sabiamente con una mano y se recoge discretamente con las dos.

Los inmensos beneficios de sus actividades financieras revertían en nuevas inversiones y, sobre todo, en el sufragio de las costosas campañas guerreras en Tierra Santa. El objetivo primigenio de la Orden: escoltar a los peregrinos desde los puertos hasta Jerusalén, era, un siglo después de su fundación, algo anecdótico. Los templarios ofrecían su ayuda a todos los reyes de Jerusalén que se encontraban en apuros, algo muy habitual, porque los reinos cristianos de Tierra Santa estuvieron siempre asediados por la morisma, que esperaba en el desierto con la daga entre los dientes.

Pero ni con todo el oro del mundo ni con la más eficiente orden militar podía mantenerse aquella quimera, ese oasis rodeado de infieles. En 1187 Jerusalén cayó en manos de Saladino, que tras la victoria se regodeó cortando el gaznate a más de doscientos templarios. Habrían de pasar cuarenta años hasta la reconquista de la plaza, pero fue por poco tiempo. A mediados del siglo XIII las Cruzadas ya no interesaban en Europa. San Juan de Acre, la última fortaleza cristiana en la Tierra de Cristo, se rindió a los musulmanes en 1291.

Era el fin de la aventura, pero no de la Orden del Temple, que se replegó a Europa y fijó su cuartel general en París, cabeza de la Europa medieval.

Esa sería su ruina. Pero esa es otra historia, de la que daré cuenta la próxima semana.

Fernando Díaz Villanueva
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De los autómatas jugones a la primera computadora como Dios manda

En 2006 pudimos disfrutar de dos películas inspiradas en los ilusionistas del siglo XIX, un mundo poco explorado por el cine. La base de ese arte eran los ingenios mecánicos; aunque, claro, sus posibilidades estaban algo exageradas en la gran pantalla, para que las audiencias del siglo XXI quedaran tan asombradas como las de aquellos prestidigitadores.

En realidad, los trucos no eran tan complicados como esa máquina que hacía crecer un pequeño árbol y que tan escamado dejaba a Paul Giamatti en El Ilusionista. Uno de los más famosos ingenios se llamaba El Turco. Construido por Wolfgang von Kempelen en 1769, era un autómata que jugaba al ajedrez, y encima ganaba. Con lo que le costó a IBM derrotar a Kasparov, y resulta que ya se había hecho algo parecido más de dos siglos antes... Bueno, no.

El Turco era una figura con turbante y ropas de otomano (de ahí el nombre, claro); tenía el aspecto de un mago oriental. Ante sí tenía un escritorio con varias puertas y un cajón. Cuando el ilusionista comenzaba su número, abría las puertas y dejaba que la gente mirara en su interior. Todas ellas escondían complicados mecanismos de relojería, y algunas permitían ver a través del autómata. Evidentemente, no todos los recovecos del ingenio quedaban expuestos al escrutinio del personal. Bien oculto estaba, por ejemplo, el individuo de carne y hueso que jugaba al ajedrez, que podía ver la situación del tablero porque las piezas contaban con un imán que le facilitaba la tarea.

El Turco pereció en 1854 en un incendio. Tuvo descendientes como El Egipcio (1868) y Mephisto (1876), pero ninguno de ellos era otra cosa que un truco de ilusionismo. Bien distinto fue El Ajedrecista, construido en 1912 por el genio español Leonardo Torres y Quevedo, que podía jugar con una torre y un rey contra el rey de su oponente humano y fue el primer jugador de ajedrez realmente automático, el verdadero predecesor de Deep Blue.

Charles Babbage.
Charles Babbage, el padre de las computadoras mecánicas

Durante sus 85 años de vida, El Turco jugó contra y ganó a numerosos humanos, los más famosos de los cuales fueron sin duda Napoleón y Benjamin Franklin. Ahora bien, sus partidas más memorables fueron las dos que le enfrentaron al matemático inglés Charles Babbage en 1821. No porque fueran de tal nivel que se hayan ganado un puesto de honor en los anales del ajedrez, sino porque dejaron al genio pensativo. Babbage tenía claro que El Turco estaba manejado de alguna manera por un jugador humano, pero no supo averiguar cómo.

Como dicen en El truco final, el espectador no debe creer que está contemplando un acto verdaderamente mágico, porque podría quedarse perturbado; lo mejor es que asuma que se trata de un truco... pero no sepa cuál, o cómo se hace. Babbage sabía que El Turco no era un jugador automático, pero empezó a pensar en si podría construirse uno...

Mr. Babbage fue, como muchos científicos de su época, un hombre que destacó en campos bien diferentes. Aparte de su trabajo como pionero de la informática, que le califica como uno de los más firmes candidatos a ser considerado el padre de esta ingeniería, logró desarrollar una técnica para descifrar el llamado cifrado de autoclave, aunque su descubrimiento fue ocultado durante años por el ejército inglés, usuario exclusivo del mismo durante ese tiempo. Incluso describió un principio económico que apuntaba que se podían reducir costes de manufactura si se contrataba a obreros poco cualificados y mal pagados para que descargaran de tarea a los más cualificados y mejor remunerados, que así podrían dedicarse por completo a lo que mejor se les daba. A Marx la idea no le hizo mucha gracia.

Al año siguiente de su encuentro con El Turco Babbage envió una carta a Humphry Davy –eminencia de la época cuya fama acabó siendo totalmente eclipsada por la de su discípulo Michael Faraday–, en la que describía los principios de una máquina calculadora mecánica. En aquel tiempo un computador no era una máquina, sino un señor cuyo trabajo consistía en hacer cálculos, generalmente con una tasa de error un pelín alta. Empleaban para ello tablas impresas con cálculos ya hechos –y llenos de errores–; una de las colecciones más completas era, precisamente, la de Babbage. Las exigencias cada vez más altas de la ciencia y, sobre todo, la ingeniería clamaban por un sistema mejor. Y Babbage pensó que una máquina calculadora permitiría reducir los problemas derivados de nuestra incapacidad para la exactitud.

Ese mismo año (1822) presentó en la Royal Astronomical Society su primer diseño de una máquina diferencial, así llamada porque utilizaba el método de las diferencias de Newton para resolver polinomios. Durante los siguientes once años, y gracias a una subvención del Gobierno británico, estuvo trabajando en su construcción; pero nunca llegó a concluirla. Por diversos motivos. El principal era la extremada complejidad de la máquina: completada hubiera pesado unas quince toneladas y constado de 25.000 componentes. Las fábricas de la época no eran capaces de producir piezas exactamente iguales, que era lo que necesitaba Babbage. Además, éste no paraba de hacer rediseños. Finalmente, tras terminar una parte del aparato y discutir con el ingeniero que le ayudaba, Joseph Clement, porque le ofrecía una miseria por trasladar el taller al lado de su casa, se dio por vencido.

Thomas Alva Edison.
La máquina analítica

Por supuesto, Babbage no fue Edison. Diseñó mucho, pero no construyó nada. Ni siquiera el quitapiedras que pergeñó para colocar delante de las locomotoras y evitar descarrilamientos, ese enorme triángulo que tenían las máquinas de vapor. Sin embargo, tuvo grandes ideas, y las mejores las aplicó a su máquina analítica, el primer ordenador no construido...

Es difícil definir qué es un computador, pero en general todos estaremos de acuerdo en que es un sistema automático que recibe datos y los procesa de acuerdo con un programa. El primer ordenador, por tanto, tenía, para poder recibir esa distinción, la obligación de recibir esos datos y ser programable; es decir, no debía tener una única función, como la máquina diferencial, sino que habría de ser capaz de hacer tantas cosas como programas se le suministraran.

En eso consistía, precisamente, la máquina analítica, cuyos primeros diseños datan de 1837 y que Babbage estuvo refinando hasta su muerte, en 1871. Los datos se le suministraban mediante tarjetas perforadas, y tenía una memoria capaz de almacenar 1.000 números de 50 dígitos cada uno. Para mostrar los resultados no sólo perforaba tarjetas, sino que Babbage llegó a diseñar una impresora. El lenguaje de programación empleado incluía bucles (la posibilidad de repetir una operación un determinado número de veces) y saltos condicionales (que permiten al programa seguir uno u otro camino, en función del resultado de un cálculo anterior). Según descubriría Turing muchos años más tarde, con esos bloques se puede reproducir cualquier programa que pueda concebirse.

Babbage no hizo muchos esfuerzos por hacer realidad esta máquina, después de su fracaso con la anterior. Le hubiera resultado aún más difícil, y habría necesitado de una máquina de vapor para hacerla funcionar. Ahora bien, no dejó de rediseñarla e intentar hacer un modelo de prueba. Eso sí, lo que aprendió le permitió rediseñar la máquina diferencial entre 1847 y 1849, hasta reducir a un tercio el número de piezas necesarias para su construcción.

En 1991, bicentenario del nacimiento de Babbage, el Museo de las Ciencias de Londres terminó una máquina diferencial que seguía sus últimos diseños. Trataron de limitarse a las posibilidades de fabricación del siglo XIX. Y el caso es que el ingenio funcionó a la perfección...

Daniel Rodríguez Herrera
http://historia.libertaddigital.com
 
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