sábado, 30 de janeiro de 2010

La libertad no miente

Es dudoso que aquí no quepa un tonto más puesto que, a fin de cuentas, sólo con que se aprieten los listillos cualquier molondro encontraría un hueco. Más difícil se antoja, sin embargo, que se le pueda dar posada otro embustero. En la España plural, puestos a hacer el indio, los políticos hablan con lengua de serpiente. Que lo hagan en castellano, en catalán, en vascuence o en gallego, carece de importancia siempre que la engañifa surta efecto. Mientras la gente del común siga atisbando el panorama a ojo de buen trolero sólo cabe esperar que, en el futuro, el patrón de la nave no sea ciego sino tuerto. Mejor eso que nada, objetarán algunos. El que no se conforma es porque no quiere y aún estamos a tiempo de salvar los muebles. Ciertos son los toros y, quizá, incluso el diestro. El conformismo, en cualquier caso, es una especie de «meublé» en el que la virtud se rinde a la impostura y, antes o después, acaba alumbrando siervos. Nos salva que el miedo es libre y nuestra liberalidad, en ese sentido, inmensa.

Hay una frase de Camus que nadie ha exhumado todavía en el cincuentenario de su muerte pese a que podría servir como epitafio de la automoribundia del presente. «La libertad consiste en no mentir», decía aquel que por haber dicho la verdad en «El hombre rebelde» se convirtió en un apestado, en un extraño, en un meteco. La mentira es el yugo de los desesperados y el privilegio de los déspotas. «Allí donde los embustes proliferan -afirmaba, también, a guisa de advertencia- la tiranía acecha». No mentir, no mentirse, no transigir con los que mienten. Rebelarse es vivir a contrapelo y con un «no» amartillado a flor de dientes. Liberarse es saber que lo que nos redime es la batalla y que no hay dignidad sin riesgo. «La falsedad liquida la justicia, da pábulo al rencor, perpetúa la indigencia».

Albert Camus se dolía de España, un país abismado en la sangre y la tristeza. Cuando le madrugó la muerte resultaba impensable que un día la concordia (lo correcto sería denominarla compasión, pero estas no son horas de buscar pelea) aboliría el odio y saldaría viejas cuentas. Claro que, de igual modo, se habría quedado boquiabierto frente a un país que ha convertido la mentira en santo y seña. Pues si la libertad consiste en no mentir, hoy por hoy, en «l´Espagne» el liberticidio es permanente. Una epidemia de fuleros iletrados, charlatanes de feria y trápalas mostrencos, mienten a troche y moche, a gritos o en silencio, a vela y a vapor, a lo que se les antoje o a lo que mejor les pete. Y la ciudadanía traga, que ahí nos duele. En nombre de la razón de Estado se disculpan los crímenes, se traiciona a las víctimas, se profana la tumba de los asesinados y se escupe en la memoria de los héroes. Se despachan faisanes putrefactos, gazapos a la brasa y trufas en conserva. A pelo y a pluma, vamos, que por estómago no quede.

«La verdad se construye, no se inventa. Arraiga en la obstinación, crece al crecer la apuesta, germina la paciencia. El espesor del muro esconde alguna puerta que se nos abrirá si es que así lo queremos».

¿Seguro que queremos?

Tomás Cuesta

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¿Cómo responder a la innovación terrorista?

El atentado de estas Navidades en el avión entre Amsterdam y Detroit confirmó los deseos terroristas por lograr una espectacular acción mediante la destrucción de aeronaves en vuelo. La obsesión por este tipo de operaciones de gran impacto ha vuelto a apreciarse al informarse días atrás sobre planes terroristas con mujeres suicidas. Esta contumacia y los incesantes intentos terroristas por innovar han de condicionar una estrategia contra el terrorismo yihadista orientada a prevenir y alterar el mayor número posible de tramas como las que siguen planeándose.

La experiencia pasada y las expectativas de futuro obligan a gobiernos y responsables antiterroristas a desarrollar una adecuada capacidad de adaptación frente a una mentalidad terrorista tenaz en la innovación. Esa persistente búsqueda de acciones que permitan a los terroristas acentuar la imagen de vulnerabilidad de las sociedades occidentales contra las que dirigen su violencia reclama amplios esfuerzos preventivos. Con ese fin los expertos antiterroristas deben evaluar el potencial de innovación de los terroristas, considerando sus deseos por incrementar el nivel de su violencia, no exclusivamente en términos cuantitativos, sino también cualitativos. El precedente del 11- S sitúa el desafío terrorista en un alto nivel debido al éxito que aquel atentado supuso para Al Qaeda. De ahí la fijación terrorista por atentados en aviones que, junto a los ataques a otras redes de transporte y comunicación, acrecientan la sensación de inseguridad de las democracias liberales contra las que este terrorismo atenta.

Es por ello oportuno que el debate sobre el perfeccionamiento de las medidas de protección se extienda a otros ámbitos, entre ellos el marítimo y el ferroviario. Los obstáculos para el terrorista implícitos a una mejora en la seguridad aérea pueden estimularle a dirigir su atención a blancos más vulnerables. La masacre del 11- M confirma la voluntad terrorista de recurrir a métodos convencionales particularmente letales e indiscriminados de escasa complejidad y riesgo para sus autores. Esta constatación nos recuerda la imposibilidad de alcanzar la seguridad total frente a la amenaza terrorista, al tiempo que nos exige adoptar todas las medidas legales necesarias para garantizar el mayor nivel de seguridad posible. En este sentido resulta preciso definir con rigor el fundamental equilibrio entre seguridad y libertad para no descartar determinadas medidas que, en contra de lo denunciado por algunos observadores, incrementan la primera sin merma de la segunda.

Aconsejable es también el desarrollo de una cultura de seguridad en la que, de manera similar a lo que ocurre con la educación vial, la información sobre el fenómeno terrorista se intensifique, si bien con responsabilidad y sin alarma en aras de una mayor eficiencia en la respuesta integrada que desde la sociedad y desde las instituciones debe aportarse. La política antiterrorista no puede renunciar a alertar sin alarmar a una opinión pública que debe concienciarse de la naturaleza de la amenaza terrorista. Esta concienciación puede facilitar la contención de esa avidez por innovar con la que el terrorista persigue la materialización de sus atrocidades.

Si el terrorista nigeriano que intentó inmolarse en Navidad lo hizo escondiendo explosivos en su ropa interior, otros terroristas pueden intentarlo, por ejemplo, ocultándolos dentro de su propio cuerpo. Existen precedentes ya de este recurso que acentúa la complejidad de una respuesta antiterrorista que reclama la combinación de diferentes técnicas. La utilización de los escáneres corporales disuadirá a potenciales terroristas y facilitará la detección de explosivos en determinadas partes del cuerpo, sin que su eficacia sea total. Es dudoso que el terrorista nigeriano hubiese sido detectado por un escáner que quizás habría mostrado la imagen borrosa de los genitales donde precisamente escondía sus explosivos. Sin embargo, sí podría haber sido detectado por perros especializados en la detección de explosivos o por un sistema de análisis del comportamiento y del perfil de los pasajeros como el que algunas empresas ya aplican en líneas comerciales.

Así ocurrió con Richard Reid, el terrorista que intentó estallar un avión entre París y Miami en diciembre de 2001. Las sospechas de los encargados de seguridad impidieron el embarque de Reid, que posteriormente fue interrogado por la policía sin que ésta descubriera los explosivos. Un día después, otro informe negativo de los responsables de seguridad no impidió que Reid embarcara al no hallarse tampoco los explosivos. El sistema falló parcialmente, pues detectó al sospechoso, pero fue incapaz de descubrir el explosivo en el zapato del terrorista al tratarse de una innovación que hasta entonces no recibió suficiente consideración.

Debemos evitar que la seguridad vaya un paso por detrás de la iniciativa terrorista, reto que reclama un permanente e imaginativo ejercicio de previsión de escenarios y de análisis de los instrumentos requeridos para contrarrestarlos. La mayor presencia de escáneres y de otra tecnología de detección como sensores de vapor, de difícil estandarización pero útiles para determinados casos, debe complementarse con el incremento de unidades caninas y de observadores de comportamiento debidamente formados. Estos recursos han demostrado su eficacia a la hora de revelar actitudes sospechosas al combinarse su despliegue con una intensa actividad de rastreo de pistas mediante la exhaustiva inspección de bases de datos, pasaportes, métodos de compra de billetes, tipos de equipaje y rutas de procedencia y destino, entre otros factores.

El desarrollo de medidas que respondan al intenso ritmo de innovación terrorista debe enfatizar asimismo las investigaciones policiales en un estadio anterior a la llegada al aeropuerto. La recolección de inteligencia se erige una vez más en la clave de la prevención demandando por tanto un conveniente mantenimiento de capacidades. Los sucesivos errores en la coordinación entre agencias, como ilustra el fallo en la detección del terrorista nigeriano, revelan preocupantes dinámicas susceptibles de corrección. Las rutinas y la excesiva burocratización inducen a una deficiente motivación de personas cuyos fallos en el cotejo de ciertas informaciones aparecen como aparentemente insignificantes en un momento determinado del ciclo de seguridad pero que, sin embargo, pueden tener peligrosas repercusiones al suponer una relevante falla en el engranaje. Un enorme volumen de información que no es convenientemente canalizada abruma y confunde a los responsables de su procesamiento, impidiendo la adecuada explotación de la inteligencia que emergería del correcto tratamiento de distintas y complementarias fuentes.

El terrorista se beneficia de las debilidades propias de sistemas democráticos y organizativos que a menudo caen en inercias reactivas que frustran una anticipación proactiva y preventiva. Las evoluciones tácticas y estratégicas de los terroristas demandan una incesante evaluación antiterrorista que aporte indicadores de comportamiento con los que prevenir las tendencias de los terroristas y las innovaciones con las que ambicionan sorprendernos. Al afanarse en la prevención del atentado terrorista no siempre es posible conocer en qué forma se materializará la amenaza que tememos, pero debemos reducir al máximo posible esa incertidumbre contemplando variados escenarios de riesgo y perfeccionando las respuestas ante ellos. Es ésta una compleja pero imprescindible tarea que debemos acometer para eludir los éxitos terroristas que pueden provocar nuestras deficiencias y limitaciones.

Puesto que los fallos son inherentes a cualquier procedimiento humano, y ya que resulta imposible dotarse de un sistema de seguridad absolutamente infalible, debemos ser conscientes de las graves consecuencias de su falibilidad frente al terrorismo para incentivar el mejor de sus funcionamientos. De ese modo podrán explotarse los errores que los terroristas también cometen. En cambio, subestimar los niveles de destrucción que una organización terrorista como Al Qaeda está dispuesta a perpetrar, eludiendo la inevitable adopción de proporcionadas respuestas como las que semejante amenaza impone, supondría un serio error de la estrategia contra el terrorismo.

ROGELIO ALONSO, Profesor de Ciencia Política. Universidad Rey Juan Carlos

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sexta-feira, 29 de janeiro de 2010

La (mala) suerte de Obama

Para tener un gabinete de asesores cuya única virtud es la táctica política, Obama no podía haber escogido peor momento para su primer discurso sobre el estado de la Unión: apenas una semana después de la sonora derrota en Massachusetts y con el país mucho más pendiente de la vecina Superbowl que de sus palabras.

De hecho, el miércoles por la noche de Washington, de las dos pantallas de televisión del Café Milano, la gente miraba con entusiasmo la presentación del nuevo ordenador de Apple y sólo con el rabillo del ojo los gestos de su presidente. Gestos que por culpa de unos teleprompter demasiado elevados, quedaban demasiado arrogantes.

Y casi mejor que no hubiera sonido, porque el interminable discurso de Obama sonaba a viejo, a más de lo mismo: la culpa de sus males es de Bush, de los banqueros y de los republicanos. Si sus políticas no funcionan o no son del gusto de los americanos, da igual.

Obama se sabe tocado y con una popularidad que se le escapa día a día. De ahí el tono populista, su largo empeño en crear puestos de trabajo y los guiños a las clases medias. Su mala fortuna, que subrayó precisamente todo aquello que desagrada a los votantes americanos. Y lejos de ser conciliador o medrado, acentuó el partidismo y su escoramiento a la izquierda.

Un discurso, en suma, centrado en la economía, repetidor de las recetas que no han funcionado hasta la fecha y que ahondó en los temores de los americanos, el descontrolado déficit y las facturas de las políticas del gobierno, desde el sistema de sanidad a la educación. Ah, y para ser el año 2010 un año lleno de retos internacionales, desde Corea del Norte a Venezuela, pasando por Irán y Afganistán, Obama pasó de puntilla sobre todos estos temas. Acabó el discurso y los numerosos clientes del café Milano seguían hablando del IPad de Steven Jobs y no de los «jobs» a los que aludía el presidente.

Rafael L. Bardají

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