El quinto aniversario de la proclamación de Benedicto XVI es buen momento para hacer balance sobre un pontificado que se desarrolla en circunstancias particularmente complejas para la Iglesia. El cardenal Joseph Ratzinger sucedió a un Papa excepcional, Juan Pablo II, de quien fue estrecho colaborador. En contra de algunas opiniones interesadas, el Papa actual ha sabido desarrollar un proyecto propio basado -entre otros elementos- en el protagonismo de los católicos en la vida pública, la dimensión ecuménica de la Iglesia y el diálogo entre la fe y la razón, a partir de sus reconocidas cualidades como teólogo y filósofo del máximo nivel. Benedicto XVI está muy lejos también de la etiqueta de «ultraconservador» que algunos pretenden colocarle como una descalificación absoluta. Muy al contrario, sus encíclicas y discursos, así como las líneas generales de su actuación, ofrecen una visión novedosa para adaptar el mensaje de Cristo a la realidad del mundo contemporáneo, siempre desde una mentalidad abierta para interpretar los desafíos de nuestro tiempo desde principios éticos inequívocos. El Papa sabe que el relativismo moral es un mal que es necesario combatir con el máximo rigor intelectual y con un profundo sentido de la verdad universal que proclama la Iglesia.
Como es notorio, los casos de pedofilia que afectan a sacerdotes en diversos países plantean un problema especialmente grave. Benedicto XVI ha reaccionado con valentía y con transparencia, por mucho que ciertos sectores intenten buscar pretextos para justificar su sectarismo ideológico. El Papa asume la responsabilidad de la Iglesia y es patente su compromiso -reiterado el domingo en Malta- de llevar a los responsables ante la Justicia ordinaria. Es ahora imprescindible que estos planteamientos se traduzcan de inmediato en hechos concretos, lo que supondrá un resarcimiento moral para las víctimas y permitirá a la Iglesia contribuir a que los culpables sean juzgados por sus actos. En todo caso, la campaña injusta de difamación y generalización de la culpa de unos pocos no debe hacer mella en la firmeza de la Iglesia para la defensa de su posición en un mundo que necesita más que nunca una orientación moral. Cinco años después, el balance es en todo caso muy positivo.
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