Ha muerto el historiador, por excelencia, de la España del Siglo de Oro. Ciertamente, Fernández Álvarez, a lo largo de su obra navegó por muchos tiempos históricos. Los últimos años asumió el reto de hacer una «Pequeña historia de España» que cubría todas las épocas, destinada a la población más joven y buceó en la historia reciente de España a través de su «Diario de un estudiante en tiempos de la guerra civil». Pero su escenario ideal, al que dedicó su vida entera, fue el siglo XVI, el de la hegemonía política española, la brillantez cultural, el Imperio satisfecho.
La decadencia nunca le atrajo y del siglo XVIII solo parecía interesarle Jovellanos, por su asturianismo y por lo que representó el ilustrado de apuesta patriótica en tiempos de tentaciones afrancesadas.
Fernández Álvarez invirtió su increíble capacidad de trabajo en desacomplejar aquella España de los Austrias Mayores de todos su prejuicios e inhibiciones. Carlos V fue su sueño permanente. Contó como nadie su proceso de españolización, de identificación con España y recorrió subido en el caballo del Emperador toda Europa, de Gante a Yuste, metabolizando en su propia carne las vivencias de aquel. Felipe II, Cervantes, Don Carlos, el duque de Alba, Fray Luis de León, hasta Isabel la Católica, personajes sobre los que escribió biografías inmensas, no dejan de ser ingredientes colaterales de su sueño carolino imperial.
El éxito tan tardío como merecido en el ámbito del mercado editorial, que arranca doce años después de su jubilación, como catedrático de la Universidad de Salamanca en 1986, se explica por lo que implicó su obra de retorno a la historia narrativa, que tanto se denostó en la España de los años setenta y ochenta y que él supo resucitar con todo su esplendor; por su lejanía de los tics y obsesiones del gremio de historiadores, del que se distanció para encontrar un mercado de tan fieles como numerosos lectores que en él vieron el canon de la historia de España, tan maltrecha por el discurso para entendidos poblado de guiños y complicidades, propio de la Universidad española de las últimas décadas.
Y por último y, sobre todo, porque se identificó emocionalmente con la España de los hidalgos y caballeros del Siglo de Oro con un entusiasmo contagioso y la eterna nostalgia de aquella España «que fue», sin caer nunca en la tentación masoquista tan nuestra de idealizar justamente «la España que no pudo ser». La memoria optimista, feliz, insaciable de gloria, frente a la memoria doliente, quejumbrosa, torturada de nuestro pasado que tan mellada ha dejado nuestra conciencia histórica nacional. Esta fue la clave Fernández Álvarez.
RICARDO GARCÍA CÁRCEL, Historiador
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