sábado, 3 de outubro de 2009

Lo nuevo en Los orígenes de la guerra civil española

Entre el 5 y el 7 de octubre tendrá lugar un seminario del CEU con motivo del 75 aniversario de la insurrección izquierdista de 1934, buen motivo para debatir y comentar uno de los acontecimientos más cruciales de la España contemporánea, que está en el origen del despeñamiento de la II República, y por tanto de la guerra civil y la evolución posterior.

Me temo, sin embargo, que la mayoría de los medios de información (¿?) preferirán dedicar sus espacios a cosas de mayor trascendencia, como los asuntos sentimentales de tal o cual famoso/a, o las archirrepetidas sandeces y trivialidades de los políticos, o las declaraciones pintorescas de cualquier titiritero. Ese es el panorama y el nivel intelectual predominante en la España de Rodríguez y de Rajoy.

Como he hablado muy ampliamente sobre el 34, no me extenderé ahora sino para comentar algunos aspectos de mi libro Los orígenes de la guerra civil española, que se ha reeditado, con un prólogo de Stanley Payne y un epílogo para universitarios, diez años después de su primera salida.

Una de las cosas que más me ha llamado la atención es la reacción de numerosos historiadores de izquierda y de derecha, negando valor a mi investigación con el argumento de que todo aquello "ya se sabía". Uno se pregunta, para empezar, quiénes lo sabían, porque es evidente que la inmensa mayoría de la población no tenía ni idea. El episodio estaba casi olvidado, y quienes sabían algo solían hablar de "la revolución de Asturias", cuando no de "la huelga de Asturias", y el interés por ir más allá no se notaba por ninguna parte. De ahí que yo supusiera, erróneamente por suerte, que mi libro tendría un éxito muy limitado, pues ¿quién se acordaba o quería acordarse de aquellos hechos, salvo una ínfima minoría? Las editoriales debían de pensar lo mismo, porque lo presenté en vano a varias, hasta que Encuentro le vio la gracia, aunque allí me dijeron que si se vendían quinientos ejemplares en un año, ya debía considerarse un relativo éxito. El realismo me hacía temer que así ocurriera, realmente. Pero tuvo una acogida inesperadamente amplia, por lo que debo pensar que para mucha gente sí ha supuesto una novedad.

Por otra parte, si los especialistas ya lo sabían, tendrían que explicar por qué casi todos sostenían sobre el asunto lo contrario de lo que el libro explica. Porque, para empezar, casi nadie daba su verdadera relevancia a la revolución del 34, y para continuar se la presentaba casi unánimemente –también en la derecha– como una rebelión semiespontánea de los mineros ante los abusos derechistas y las penosas condiciones de vida de los trabajadores, o ante la "provocación" de la CEDA, que pretendía entrar en el gobierno; y casi nadie desmentía la leyenda de la atroz represión gubernamental contra los mineros, una vez sofocado el alzamiento. Descontando a Ricardo de la Cierva, al prácticamente ninguneado Barco Teruel o al entonces casi olvidado Ramón Salas Larrazábal, casi nadie desafiaba esas interpretaciones, de modo que también por esa parte representó el libro algo nuevo.

Manuel Azaña.
La novedad de un libro de historia es siempre relativa, pues no puede inventarse como una novela. Si se encuentra un documento antes ignorado, es evidente que el mismo ya existía, por lo tanto alguien lo había conocido en alguna ocasión. Así, por ejemplo, nadie había descubierto un documento que expongo en el libro y que prueba la implicación de Azaña en un intento de golpe de estado en verano del 34; pero alguien tuvo que conocerlo alguna vez.

En realidad, la novedad de un libro de historia radica en la articulación de los documentos y elementos diversos, así como en su análisis. Los orígenes... explica cómo el PSOE definió como guerra civil su intentona, infiltró el ejército, intentó copiar el golpe de los nazis en Austria –cuando asesinaron al canciller Dollfuss– y o planeó cortarle el agua a Madrid; cómo Companys se declaró "en pie de guerra" cuando las izquierdas perdieron las elecciones del 33 y trató de llevar a los catalanes a la revuelta armada, contando con diversos militares y milicias, así como con el apoyo de los nacionalistas vascos, los socialistas y los republicanos de Azaña; cómo los socialistas intentaron arruinar la cosecha de trigo –que habría provocado un hambre general–mediante una huelga totalmente infundada, cómo acumularon armas, vigilaron los vecindarios y prepararon el secuestro o liquidación de enemigos políticos; cómo los mismos iniciaron el terrorismo contra la Falange y cuáles fueron sus planes concretos de insurrección, que desconocían la casi totalidad de los especialistas en la época; cómo colaboraron el PNV y la Esquerra para desestabilizar al gobierno legítimo de la república, o con qué falsedad convirtió Companys a Dencàs en el chivo expiatorio de su propio fracaso; cómo fue desplazado Besteiro de la dirección de la UGT mediante maniobras e intimidaciones; cómo los comunistas intervinieron en la insurrección y la reivindicaron cuando los socialistas negaron descaradamente tener relación alguna con ella; cómo los republicanos de izquierda y probablemente también el PNV se echaron atrás solo cuando, al tercer día, vieron que la insurrección no marchaba como se había esperado; cómo la CEDA mantuvo una política esencialmente moderada y se engañó cuando creyó conjurado el peligro antes de tiempo, al descubrirse antes del levantamiento cuantiosos alijos de armas socialistas. Y así otra serie de hechos documentados. Casi cada uno de ellos –pero no todos– eran conocidos de unos o de otros historiadores, pero el conjunto nunca había sido expuesto en un relato coherente y lógico, y esto sí fue una verdadera novedad.

Por no extenderme, terminaré con un punto final aludido al principio: la relevancia histórica del suceso. Creo poder afirmar que nadie había hecho un análisis a fondo ni de las causas ideológicas del levantamiento, ni de las causas de su fracaso, ni de sus consecuencias políticas ni de la campaña sobre las atrocidades, en gran parte inventadas, de la represión de Asturias. El violento golpe de las izquierdas dejó malherida la república –rematada después por la insensatez de Alcalá-Zamora– y fue el comienzo de la guerra civil: las izquierdas lo plantearon como tal; luego solo cambiaron de táctica, no de objetivo estratégico. Y cuando volvieron al poder, en el 36, en unas elecciones totalmente anormales, se dedicaron a aniquilar finalmente la legalidad republicana desde la calle y desde el gobierno.

He dicho a menudo que fue Gerald Brenan quien tuvo la intuición no elaborada de este hecho, que yo creo haber demostrado fehacientemente: octubre del 34 fue la primera batalla de la guerra civil.

Pío Moa

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1965: Churchill se va, llega el Vietnam

Winston Churchill.
Para la mayoría de los británicos, 1965 fue el año en que murió Winston Churchill. Con él se iba todo el siglo XX y un trocito del XIX. Era el último victoriano vivo, una reliquia andante extraída de una época remota. La Inglaterra que le homenajeó, que salió a la calle a despedirle una fría mañana de enero, no se parecía ni por asomo a la que le había visto nacer casi un siglo antes.

La reina Isabel, que sabía que con Churchill moría también el último resto de un Imperio que había dominado el mundo durante décadas, le dedicó un funeral grandioso, digno de un monarca. Los ingleses, que siempre han honrado a sus prohombres, se entregaron de cuerpo y alma a la despedida de ese político irrepetible. Y no sólo los tories: cuando su féretro cruzó el Támesis camino de la estación de Waterloo, los estibadores del puerto bajaron sus grúas en señal de duelo. Un final que, muy probablemente, a él le hubiese gustado ver en persona, para luego presumir después de popularidad, puro en ristre, en la Cámara de los Comunes.

Churchill era el pasado, lo poco que ya iba quedando de un mundo que, para 1965, había desaparecido por completo. Los ingleses de entonces ya no aspiraban a conquistar el globo, se conformaban con ser los primeros en la lista de los 40 principales. Ese año Los Beatles se encontraban en el apogeo de su carrera. Pocos días después de que Sir Winston pasase a mejor vida, los cuatro de Liverpool se encerraron en un estudio de las Bahamas para grabar una de sus canciones más celebradas: "Help!", cantada a grito pelado por un John Lennon que aún no se había dejado melena.

Europa había dejado de ser el principal teatro de operaciones de la Historia. En el 65 todo, o casi, pasaba en América. Lyndon B. Johnson, ex anodino vicepresidente de Kennedy, tomó posesión de la Casa Blanca con todos los honores y sin deberle la victoria a nadie. Reafirmado en su liderazgo, anunció uno de los programas gubernamentales más dañinos, caros e inservibles de la historia de los Estados Unidos. Lo llamó Great Society o Gran Sociedad. Se inspiraba en el desastroso New Deal de Roosevelt y pretendía erradicar la pobreza y la discriminación racial. Todo bien regado con dinero público, agencias, funcionarios y regulaciones. Entre las extravagancias que los demócratas se inventaron para la ocasión figuraba la llamada "Oficina de las Oportunidades Económicas", que estaba dentro de un programa denominado "Guerra contra la Pobreza". Y todo así.

Lyndon B. Johnson.
Más que una guerra, lo que hubo fue un derroche continuo de dinero público, que se fue por el desagüe. Los pobres, naturalmente, siguieron existiendo.

Donde sí que hubo guerra, y de la buena, fue en el otro lado del mundo, en la lejana y minúscula república de Vietnam del Sur. Johnson, que en los años anteriores se había mostrado cauto, se tiró a la piscina en 1965. Si la Great Society era el ying, la guerra de Vietnam sería el yang. A lo largo de todo el año, la escalada militar fue continua. En marzo se enviaron las primeras tropas de combate: 3.500 marines armados hasta los dientes. Era la primera medida en serio tras el incidente del Golfo de Tonkin que, meses antes, había hecho estallar el conflicto. En julio los envíos ya habían crecido hasta los 125.000 hombres y maquinaria bélica de todo tipo, la más moderna, la más mortífera. No había vuelta atrás.

En América, la sociedad civil aún no había empezado a protestar por la guerra. Lo hacía por otra no menos noble razón: los vergonzosamente conculcados derechos de la minoría negra. Martin Luther King, un reverendo de Atlanta, iba ganando fama –y enemigos– a base de promover marchas pacíficas por la igualdad en Alabama, estado donde ejercía su ministerio. Martin Luther King –no era un nombre artístico: se llamaba así– tenía competencia, la de Malcolm Little, que sí que tenía apellido de guerra: X, Malcolm X, un activista de Nebraska cuyos métodos reivindicativos no eran tan pacíficos como los de su hermano sureño.

X se dedicó con fruición a instilar el odio hacia los blancos, se convirtió al Islam... y el 21 de febrero de 1965 uno que, como él, era musulmán y negro, le metió 16 balazos en un teatro de Manhattan, mientras daba un mitin de la Organización para la Unidad Afroamericana.

Pocos permanecían ajenos al alboroto general. Tal vez sólo los niños, que viven en su propio mundo, y los astronautas, que viven por encima del nuestro. En 1965 los primeros vieron nacer a una de las parejas animadas más famosas de todos los tiempos: Tom & Jerry, una reelaboración de la eterna historia del ratón y el gato que sigue y seguirá encandilando a los más bajitos. Los segundos marcaron un hito en la historia de la exploración espacial celebrando el primer encuentro orbital. Las naves Géminis 6 y 7 se encontraron una frente a la otra en el espacio a mediados de diciembre. Era la primera vez que dos ingenios construidos por el hombre se las arreglaban para coincidir en la inmensidad de allá arriba. Para celebrarlo, uno de los astronautas de la Géminis 6 cogió su armónica y, aprovechando que quedaban diez días para Navidad, interpretó "Jingle Bells", convertido desde entonces en villancico espacial.

Fernando Díaz Villanueva

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EL SIGLO XX, AÑO A AÑO:
1939, o el estremecimiento
1912: se hundió el Titanic.

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Historia de Israel - El éxodo árabe de 1948

Con motivo de la guerra de 1948 se produjeron dos éxodos: uno, protagonizado por árabes, desde la zona de Palestina hacia los países vecinos, y otro, de población judía, desde los países árabes hacia Palestina, hacia el renacido Estado de Israel. En este artículo me centraré en el primero.

El éxodo árabe fue consecuencia de varias circunstancias. Para empezar, del miedo y la desorientación humanos propios de una guerra, pero también de las decisiones del liderazgo árabe de la época, que fomentó de manera muy considerable la huida de sus paisanos.

En aquel entonces, la estructura social, cultural y religiosa de las sociedades árabes reconocía tres líderes: el muqtar (cacique local), el efendi (terrateniente) y el jeque (jefe religioso). Pues bien, por lo general éstos huyeron y alentaron la huida masiva. Tan fue así, que Husein Jalidi, por entonces secretario del Alto Comité Árabe, protestó por la actitud de sus colegas de la siguiente manera: "Todo el mundo me abandonó: seis están en El Cairo, dos en Damasco... no podré aguantar mucho más. Todos se están yendo. Todo aquél que tiene un cheque o algo de dinero se va, a Egipto, al Líbano o a Damasco".

Los líderes árabes abundaron en amenazantes declaraciones belicistas, que descartaban toda clase de negociación pacífica con los judíos. Abdel Rahman Azzam, una importantísima figura política de la época, ya había advertido en 1947: "Nada se conseguirá mediante conciliación o paz. Intentaremos arrollarlos. No estoy seguro de que tengamos éxito, pero lo intentaremos. Es muy tarde para una solución pacífica". Por su parte, el primer ministro iraquí afirmó, en marzo de 1948: "Aplastaremos el país con nuestras armas y destruiremos cualquier lugar donde los judíos busquen refugio". Azzam Pachá, a la sazón secretario general de la Liga Árabe, en una conferencia de prensa en la capital egipcia en mayo del mismo año habló de una "guerra de aniquilación", de "una matanza colosal que será recordada junto a las Cruzadas y las matanzas de los mongoles". El rector de la Universidad Al Azhar, la más importante de Egipto y de todo el mundo árabe, proclamó: "Echaremos a las bandas de sionistas criminales al mar, y de esta manera ningún judío permanecerá en Palestina".

Este tipo de declaraciones creó un clima antijudío entre la población árabe de la zona, pero igualmente alentó el éxodo árabe, y las propias fuentes palestinas lo confirman. Abú Iyad, número 2 de la OLP hasta su muerte, en 1991, declaró en 1978 a un periódico de París: "Cientos de miles de palestinos decidieron abandonar su patria para protegerse (...) Los líderes árabes les prometieron que su exilio sería corto, algunas semanas o meses, no más que el tiempo necesario para que la coalición de ejércitos árabes derrotara a las fuerzas sionistas". Por su parte, el poeta nacionalista palestino Mahmud Darwish dijo en 1983: "Los palestinos habían sido instruidos para que dejaran su patria, al objeto de que no obstruyeran las operaciones militares árabes, que se suponía durarían unos días y nos permitirían regresar a nuestros hogares". Un refugiado palestino anónimo relató: "Los gobiernos árabes nos dijeron: 'Salgan y así entramos'; nosotros salimos, pero ellos no entraron". En cuanto al actual presidente de la Autoridad Palestina, Abú Mazen, o Mahmud Abbás, en 1976 declaró al diario de la OLP en Beirut: "Los ejércitos árabes penetraron en Palestina para proteger a los palestinos de la tiranía sionista, pero en lugar de eso los abandonaron, los forzaron a emigrar, a dejar su patria, y los arrojaron en prisiones similares a los guetos en que solían vivir los judíos".

Como vemos, hay una evidencia bastante concluyente a propósito de cuál de las partes instó a la huida de los árabes, y cuál la que violentó la resolución 181 de Naciones Unidas, que hablaba de la creación de dos Estados que coexistieran de forma pacífica, uno árabe y otro judío. Sin embargo, hoy los árabes culpan a Israel. No tiene sentido abundar en las citas, pero sí mencionar que el propio liderazgo judío del momento: Golda Meir, David ben Gurión y otros, abierta y públicamente llamó al pueblo árabe a permanecer en el país.

El 11 de diciembre de 1948 la ONU aprobó una resolución, la 194, que es muy citada por las propias fuentes árabes hoy en día, como si validara el derecho de retorno. No hay tal. Se trata de una resolución adoptada en un contexto específico –una comisión de conciliación tenía que negociar una solución al conflicto–, de quince párrafos, en la que sólo se habla de los refugiados –así, sin más, sin el adjetivo "árabe" o "judío"– en el decimoprimero: "Los refugiados que deseen retornar a sus hogares y vivir en paz con sus vecinos deberían poder hacerlo en la fecha practicable más temprana". Por supuesto, esta resolución no crea principio legal absoluto alguno ni un derecho nacional inquebrantable, y al hablar de "los (...) que deseen (...) vivir en paz con sus vecinos" excluye a la práctica totalidad de la población refugiada palestina: es difícil encontrar alguno dispuesto a una coexistencia pacífica.

En aquel entonces las naciones árabes votaron en contra de la resolución porque, precisamente, advirtieron de que no creaba principio legal ni derecho al retorno algunos, y porque el texto incluía un llamamiento a la internacionalización de Jerusalem.

En este asunto, lo que hubo y lo que sigue habiendo es una actitud manipuladora de la legalidad internacional: las resoluciones que los árabes rechazaron, tanto la 181 como la 194, fueron posteriormente reactivadas por los propios árabes: ahora se proclaman sus grandes valedores y dicen que hay que acatarlas.

En definitiva: desde los puntos de vista histórico, moral y legal, no hay nada que sustente el famoso, mítico y pseudosagrado derecho de retorno palestino: quien conoce cómo se sucedieron los acontecimientos de 1948, y lo que vino después, con toda objetividad puede concluir que fue la parte árabe la que creó este problema... y la responsable de su perpetuación.


Julián Schvindlerman
Pinche aquí para escuchar la versión radiofónica de este artículo.

 
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