Sexta-feira, 10 de Julho de 2009

Neopopulismo socialista

Si alguien me requiriese un instrumento poderoso, desde el punto de vista intelectual, para comprender cómo la democracia española se ha convertido en un régimen perverso de carácter populista con el Gobierno de Zapatero, le recomendaría la lectura de la reciente Encíclica de Benedicto XVI, Caritas in veritate. Bastaría leer el liberal (sic) parágrafo 43, correspondiente a su capítulo cuarto, para hacerse cargo de cómo los esenciales derechos de una democracia desaparecen ante la creación de nuevos "derechos", legitimados en el Congreso por parte de la mayoría socialista, para satisfacer falsas y arbitrarias reivindicaciones de "amplias minorías", o mejor, masas organizadas por el mismo PSOE u organizaciones afines.

Malvivimos, sí, en un régimen tiránico de "minorías" organizadas por el propio gobierno con el único instrumento de la regla de la mayoría, es decir, no hay otra deliberación que la que se someta a la regla de la mitad más uno; al Gobierno de Zapatero, como en general a todos los gobiernos populistas, no le importan ni las bases institucionales, por ejemplo, la división de poderes, ni menos los fundamentos morales de la democracia. Creo que la mejor critica a ese "modelo" populista de ejercer el poder, en mi opinión, sigue siendo la liberal. En este punto coincido con Benedicto XVI. Es tradicional, pero no por ello menos eficaz, la crítica liberal al "régimen democrático" que por inercia, o sea, por contentar a la masa y al populacho a cambio de su voto, convierte cualquier reivindicación o demanda, sin importarle su grado de racionalidad y universalidad, en un "derecho".

Se trata, de acuerdo con el lenguaje neopopulista de este Gobierno, de crear y extender nuevos derechos, que generalmente se asocian a una ampliación de la "democracia" a los más dispares y disparatados terrenos, incluso en el colmo del mal gusto y, por supuesto, en el límite con los regímenes totalitarios se habla de la "democratización de los sentimientos", sin olvidar la necesidad de democratizar la enseñanza, la justicia o el arte de torear y pintar... Se trata, en fin, de una democracia morbosa. Pervertida no sólo como método sino como idea de convivencia.

Ya nuestro Ortega, por poner un ejemplo de liberalismo español, en la primera década del siglo pasado, utilizó despectivamente el nombre de "democracia morbosa" por un lado, y mostró, por otro, que el liberalismo no tenía otra función que plantear los límites de todo poder público, es decir, los defensores de la libertad aceptan la regla de la mayoría como método de decisión, pero de ahí no se deriva que todo lo sancionado por ella sea bueno. Por el contrario, el intento de democratizar, o sea, de convertir un medio, en este caso el método de decisión, en un fin para resolver problemas que no son propiamente políticos, arruina los derechos fundamentales de la democracia.

Pues por ahí va, en mi opinión, la crítica fundamental que lanza Benedicto XVI contra los neopopulismos, que los profesorcitos de Ciencia Política llaman "democracias hipertrofiadas" o "democracias devaluadas". En efecto, la satisfacción de la reivindicación de "presuntos derechos de carácter arbitrario y voluptuosos", seguramente, conduzcan a ignorar, o peor, violar derechos esenciales en gran parte de la Humanidad. Resulta fácil aplicar a España este pensamiento. Sí, es suficiente comparar nuestras cifras de desempleados con las de cualquier país de nuestro entorno para saber de qué hablamos concretamente, en España, cuando despreciamos al Gobierno de Zapatero, elegido por mayoría, por populista y morboso. ¿Cuántos supuestos "derechos" han otorgado Zapatero y su gente, en estos dos últimos años, sin ton ni son, sin preocuparse, en verdad, del derecho al trabajo que es un derecho fundamental de todos los españoles?

La reflexión del Papa en materia de derechos y deberes es impecable. No me resisto, al menos en este punto, a dejar de transcribir esta cita:

Es importante urgir una nueva reflexión sobre los deberes que los derechos presuponen, y sin los cuales éstos se convierten en algo arbitrario. Hoy se da una profunda contradicción. Mientras, por un lado, se reivindican presuntos derechos, de carácter arbitrario y voluptuoso, con la pretensión de que las estructuras públicas los reconozcan y promuevan, por otro, hay derechos elementales y fundamentales que se ignoran y violan en gran parte de la Humanidad (...). La exacerbación de los derechos conduce al olvido de los deberes. Los deberes delimitan los derechos porque remiten a un marco antropológico y ético en cuya verdad se insertan también los derechos y así dejan de ser arbitrarios.


Agapito Maestre, Catedrático de Filosofía Política de la Universidad Complutense de Madrid

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Los nazis llevan chilaba

La aldea del alemán o el diario de los hermanos Schiller. O el silencio de los carneros. O el enemigo en casa. O los nazis llevan chilaba. Sea como fuere, qué libro formidable, ya saben, muy temible y que infunde asombro y miedo, cómo arden y queman sus páginas. Cuánto aclara cuando brama el argelino Boualem Sansal.

La aldea del alemán es el diario de los hermanos Schiller, los varones Rachel (Rachid + Helmut) y Malrich (Malek + Ulrich), hijos de una víctima que fue verdugo. Hijos de Hassan Hans, Sidi Murad, pasado a cuchillo por los psicópatas del GIA en 1994, medio siglo después de que, como Hans Schiller, orgulloso miembro de las psicopáticas SS, gaseara ufano a los judíos en los campos de la muerte de la más asesina que vieja Europa.

El primero en saberlo, que su querido padre fue un espantoso criminal, fue Rachel. Cuando desde la carcomida Francia posmoderna acudió a guardarle luto a Argelia, ese cóctel explosivo de bazar, islam y socialismo bien cargado de terror y represión. Allí, entre los papeles del muerto, converso a la religión de Alá en el 63, héroe de la independencia argelina, venerable cheij de Aïn Deb, encuentra su libreta militar y, guardadas como oro en paño, tres insignias: de las Hitlerjugend, de la Werhmacht y de las Waffen-SS. Y, en un trozo de tela, el Totenkopf, siniestro emblema de las Schutzstaffel. Es entonces que afronta que se enfrenta al Holocausto, a la Shoá: a
un asunto por el que se condena hasta al propio Dios, y mi padre es su artífice.
Y no podrá superarlo. Arrasado por la tiranía de la penitencia (ya tardan en leer a Pascal Bruckner), se castigará por los pecados de su padre dándose muerte.

¿Con qué, Rachel hijo de Hans, gaseador de judíos?

Sí. En su garaje.
 
***

Porque era el exacto anverso de un nihilista, Rachel testará un diario abrasivo, documental, su vida en carne viva, un clamor. Que recibirá su hermano, un bala perdida, "un electrón libre", chusma de la Cité, donde
los éxitos individuales generan envidia, levantan ampollas, montañas de frustraciones,
que llevan a tantos al lumpenaje o a las sórdidas y radiactivas mezquitas de los imanes más cafres y sanguinarios, que son peores que el jaco:
Es imposible de imaginar: bastan tres sesiones para crearte dependencia. Y hay cinco [sermones] al día, y ni un día de descanso en todo el año. No se habla (...) más que de eso, la verdadera vida, el paraíso, la yenna, como dicen ellos, las huríes, los compañeros del Profeta, los santos de la Edad de Oro, la civilización de Dios, la fraternidad, luego se sonríen caballerosamente dándose el abrazo de los ex combatientes de las guerras santas, pensando en Jerusalén, Al Qods, como dicen ellos. Al principio, todo iba bien, cantábamos con gusto, pero luego llegaron otros tipos dirigidos por un imán del GIA, y la apacible rutina (...) se convirtió en pesadilla obsesiva, una locura tan grande que nos fascinó. No hablábamos más que de eso, la yihad, los verdaderos mártires, los infieles, el infierno, la muerte, las bombas, el diluvio de sangre, el fin del mundo, el sacrificio de uno mismo y el exterminio de los demás (...)
En un primer momento será su propio lumpenismo lo que le apartará de ese cáliz infecto: no tenía otra cosa que hacer que morir matando en Afganistán o en lugarejos aún peores. Luego, lo que le pasó a sus padres. Final y decisivamente, el suicidio de su hermano. Entonces, al distanciamiento temeroso le sucedió la furia:
Al imán de la torre 17 hay que rebanarle el pescuezo antes de que sea demasiado tarde.
Malrich, analfabeto funcional, se forzará a leer los papeles, los puñales de su hermano; los libros de la Guerra y la Shoá ("Parece mentira, pero yo no sabía nada de aquella guerra, de esa historia de exterminio"); y, conmovido, iracundo, escandalizado, romperá a escribir, a denunciar, a ilustrar a sus semblables, sus frères de la banlieue, acerca de lo que pasó en Europa hace medio siglo... y de lo que, si seguimos mirando para otra parte, o chamberlainando, pasará, más mañana que pasado:
–¿Conocéis a Hitler?

Silencio. Miradas. Murmullos.

–Vale. Nadie sabe quién es, mejor, así es más sencillo. Sigo.

"En su época, no habíamos nacido todavía. Nuestros padres tampoco, o acababan de nacer, salvo el mío, que ya era un atleta de unos quince años. Hitler era el Führer de Alemania, una especie de gran imán con gorra militar y chupa negra. Al llegar al poder, instauró una nueva religión, el nazismo. (...) Prohibió a los alemanes un montón de cosas, como acaba de hacer el imán de la Cité, luego, cuando los adiestró bien y se convirtieron en verdaderos nazis, locos por su religión y por su Führer, decretó que los judíos, los extranjeros, los emigrados, los enfermos, los de brazos rotos como tú, Manco, (...) los fenómenos como Cinco-pulgares, (...) los de sangre mezclada como mi menda (...) y los tontainas como Raymindundi tenían que desaparecer. (...) Hitler ordenó a todos los judíos de Europa (...) que llevaran una estrella amarilla en el pecho para facilitar el trabajo a los gendarmes (...) A todas esas personas, millones de ellas, las pasó por el incinerador de basura (...)".

Murmullos. Cambios de postura. Toses, tosecillas, carraspeos. Nunca habían estado tan formalitos.

–Todo lo que digo es verdad, está ahí, en los libros, os enseñaré fotos si me prometéis mirarlas sólo un instante. Si no, la liamos, os pondréis malos para el resto de vuestras vidas. No podréis creer que sois seres humanos, que vuestros padres son seres humanos, que vuestros amigos son amigos de verdad, unos tíos cojonudos como nosotros. Rachel lo comprobó todo, investigó, se fue a Alemania y a Polonia, visitó los incineradores, lo vio con sus propios ojos. 

Transcribo la pregunta de Idir-qué, en modo descodificado:

–¿Por qué hizo eso Rachel?
–Ahora os lo cuento –le contesté.

"Un día, el mundo entero se movilizó contra esa locura, acabaron con el imán supremo –el Führer– y todos sus emires, y ocuparon Alemania. Entonces fue cuando se encontraron los campos de exterminio. Había decenas y decenas de ellos, los muertos se contaban por millones y los supervivientes se parecían tanto a cadáveres que no sabían cómo hablar con ellos. Cuando los islamistas degollaron a mis padres y a los demás vecinos de la aldea, Rachel se puso a pensar. Entendió que el islamismo y el nazismo estaban cortados por la misma tijera. Quiso ver lo que nos esperaba si los dejaban actuar, como pasó en Alemania, en Kabul o en Argelia, donde los montones de cadáveres que dejan tras de sí los islamistas no se pueden contar, y como puede pasar aquí en Francia, donde existen gestapos islamistas a punta pala. En realidad, le dio tanto miedo que se suicidó. Creía que ya era tarde, se sentía responsable, decía que el nuestro era un silencio cómplice, que ya habíamos caído en la trampa y que de tanto callarnos y fingir que dialogamos con sensatez, acabaríamos convertidos en kapos, sin darnos cuenta, sin ver que los demás, los que nos rodean, ya lo son".
Tenía que apartarme, ustedes comprenderán. Vuelvo y me pregunto si se pasará Obama un día por la Cité, vendiendo como en El Cairo irredentismo islámico. Si Francia se lo hará de una maldita vez mirar: los boquetes de su modelo de integración, su problema con los fanáticos de Alá. Si los comisarios de Educación para la Ciudadanía meterían preso a Boualem Sansal.

"La vida es de una tristeza sin nombre", anota Malrich justo antes del párrafo final de su diario, tan significativo. El diario. El párrafo.
Mis amigos y yo hemos empezado a decir que ha llegado la hora de levar anclas y de irnos a morir a otro lugar. Aunque también decimos que debemos resistir y luchar. Un día estamos convencidos de que merece la pena y al día siguiente de que no vale un pimiento. Quién podrá liberarnos de este sinvivir.

BOUALEM SANSAL: LA ALDEA DEL ALEMÁN O EL DIARIO DE LOS HERMANOS SCHILLER. El Aleph (Barcelona), 2009, 250 páginas.

MARIO NOYA, director de LD LIBROS.

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Salamandras fascistas

Karel Capek.
Karel Čapek fue uno de esos contados intelectuales que denunciaron antes de 1939 la pusilanimidad de las potencias democráticas europeas ante los totalitarismos y alertaron sobre la posibilidad real de la derrota de la libertad. Esa capacidad para analizar el presente quizá fuera una de las peculiaridades checas en el periodo de entreguerras; de hecho, Chequia fue el único país que preparó su ejército para una posible invasión alemana.

Čapek creció en una familia de clase media, y estudió filosofía en Berlín, París y Praga. Las dos pasiones de su vida fueron la literatura y la política. Compartía el amor por el teatro con su hermano Josef, quien tuvo una feliz ocurrencia: le sugirió una nueva palabra para describir a los autómatas, robot, derivada del checo robota, "trabajo", que utilizó en la entonces célebre RUR. Robots Universales Rossum (1921); de ahí pasó al lenguaje universal.

El trasfondo de las obras de Karel Čapek es la denuncia de la estupidez humana, algo tan ligado con el desprecio por la libertad que percibía en la sociedad europea de entreguerras (v. su novela La fábrica del Absoluto, de 1922). El vínculo con la política era, entonces, inevitable. Criticó los totalitarismos –en especial el nazi, que tanto afectaba a su país–, lo que le valió ser vetado por la Academia sueca para el Nobel y que la dictadura comunista prohibiera sus libros.

Čapek publicó La guerra de las salamandras en 1936. En España se editó por primera vez en 1945, en la colección "Novelas Extrañas" de Revista de Occidente. La historia es bien sencilla, una distopía, elemento tan característico de la ciencia ficción: una casualidad hace que el hombre descubra una especie antediluviana, un tipo curioso de salamandra con una capacidad física e intelectiva igual a la del ser humano. La intención de Čapek es mostrar cómo la deriva de la Europa de los años treinta del XX conducía al totalitarismo. Así, Čapek describe una sociedad que dormita, egoísta, indiferente o mezquina, mientras los totalitarios –las salamandras– van dinamitando la libertad, la civilización. Mezcla con maestría el humor y la aridez, episodios cómicos con planteamientos filosóficos y sociales, y por resultado obtiene una crítica demoledora e irónica de la Europa de entreguerras.

El retrato de la clase ociosa es incisivo sin ser grosero, al tiempo que los Estados, los políticos y los comerciantes son descritos con descarnada crudeza. Čapek no deja títere con cabeza a la hora de describir la manera en que la sociedad afronta la cuestión salamandresca. Las confesiones protestantes salen mal paradas –no tanto la Iglesia católica, que se limita a decir que no hace falta bautizar a las salamandras porque, al no ser hijas de Adán, estaban libres del pecado original–, y los comunistas, que llaman a los animalejos a librar la lucha de clases, son ridiculizados. Los filósofos tampoco lucen mucho; uno de ellos les inventa una religión, y otro, en un texto interesantísimo, dice que son el futuro, porque el futuro será de las sociedades uniformes, en las que sólo habrá una raza, una clase y una nación.

Čapek capta aquí la mentalidad derrotista del liberalismo de entreguerras frente al colectivismo, y le hace decir a ese filósofo que la humanidad debe retirarse, dejar paso a lo moderno, a lo que ha marcado la evolución, apartarse ante la superioridad de una raza. Junto a este filósofo, Čapek nos muestra a un tal señor X, su alter ego, que propugna que el hombre debe plantar cara a los que quieren acabar con la civilización y la libertad.

Mientras los Estados y sociedades europeos se muestran inertes ante el avance amenazador de las salamandras, éstas van ocupando la Tierra. Čapek juega con una figura literaria: el mar avanza sobre los continentes, como el fascismo sobre la libertad. Y al igual que la opinión pública de la época de entreguerras leía con indiferencia el avance de los totalitarios, los hombres se acostumbraron a las noticias de la pérdida de su civilización bajo las aguas oceánicas. Los dos personajes del capítulo final, padre e hijo, juegan con la moraleja. El segundo delega la defensa de la libertad en el Estado, el poder; el primero, en cambio, no cree que se trate de una opción viable. La responsabilidad es individual, dice, de todos y cada uno de los hombres.

Los Estados democráticos acabaron dando la espalda a Checoslovaquia en la conferencia de Munich de septiembre de 1938, dejándola a merced del Tercer Reich. La Gestapo echó sus redes en ese país y espió a los hermanos Čapek. En diciembre morirá Karel, de una neumonía, tres meses antes de que los nazis entraran en su amada Praga. Josef, el inventor de la palabra robot, falleció en un campo de concentración en 1945, pocos meses antes del fin de la guerra. Para entonces ese mar totalitario había sumergido ya demasiada tierra, y aún anegaría otras costas.


KAREL ČAPEK: LA GUERRA DE LAS SALAMANDRAS. Gigamesh (Barcelona), 2009, 240 páginas.

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