Veo que Gore Vidal, en una entrevista en el diario británico «The Independent», ha pronosticado la desaparición de EE.UU. con un grosero placer y espera el día que ocupe su lugar «en algún sitio entre Brasil y Argentina, donde le corresponde» y China impera.
EE.UU., insinúa, puede hacer entonces una reverencia desde el escenario, agotado por la guerra y roto por la política de «psiquiátrico», para convertirse en «la carga del Hombre Amarillo».
Creo que Vidal ha perdido el juicio, pero tengo que decir que las palabras del viejo gran hombre de las letras retumbaron en mi cabeza durante una reciente visita a China, especialmente cuando vi las imágenes de la llegada a Pekín de los ataúdes de los ocho chinos de las fuerzas de paz muertos en Haití.
Así que, adelantémonos hasta 2040. Hace tiempo que EE.UU. ha retirado sus tropas de Okinawa -«Si los japoneses no nos quieren, ya no podemos justificar más nuestra presencia aquí», afirma la presidenta demócrata Mary Martínez en 2032- y previsiblemente Japón ha adquirido armamento nuclear debido a la ausencia de una garantía de seguridad de EE.UU.
Ahora las tensiones entre una China que dispone de armamento nuclear y un Japón que también dispone de armamento nuclear se han recrudecido en una Asia en la que Estados Unidos ya no ejerce de potencia estabilizadora. Un enfrentamiento naval por las islas en disputa ricas en gas del Mar Oriental de China ha resucitado las centenarias quejas de la Segunda Guerra Mundial.
Preguntado por la escalada del conflicto, un portavoz del Departamento de Estado en Washington responde: «Creemos en los buenos ciudadanos del mundo pero, francamente, no podemos hacer nada al respecto. Tendrá que preguntarle a Pekín».
Pero Pekín está ocupado. Hace tiempo que las tropas estadounidenses se han retirado de Corea del Sur -«el paralelo 38 tendrá que arreglárselas solo», se oyó mascullar a un general estadounidense cuando se marchaba en 2034- y China se encuentra con que tiene que desplegar sus propias tropas para controlar las amenazas de reducir Seúl «a cenizas» del cada vez más caprichoso líder norcoreano Kim Jong-un. Un incidente de tráfico en Pyongyang en el que se vio involucrado un general chino ebrio y la muerte de tres colegiales han inducido a Kim a acusar a China de actuar «con desdén imperial».
«Pekín aspira al bienestar de toda la gente de la península de Corea, lamenta el incidente de Pyongyang y llama al diálogo», asegura un portavoz del Ministerio de Exteriores chino. El Departamento de Estado no hace comentarios, pero los funcionarios expresan en privado un cierto sentimiento de «schadenfreude» ante las dificultades chinas.
Estas dificultades no se limitan a Asia. Un siniestro grupo terrorista llamado ARFAP (Recursos Africanos para el Pueblo Africano en sus siglas en inglés) acaba de reivindicar su responsabilidad en el secuestro de 12 ejecutivos chinos que asistían a una conferencia en Lusaka sobre la extracción de cobre.
El Consejo de la ONU (ahora reducido a cuatro miembros permanentes con derecho a veto desde que EE.UU. decidió renunciar a una posición que sólo servía para «regateos institucionales estériles») se ha reunido a puerta cerrada para discutir sobre la crisis africana, pero China se queja de la «parálisis».
Un portavoz del Departamento de Estado señala: «Esperamos que China encuentre una manera de negociar con ARFAP. La guerra nunca es una buena opción. También esperamos que Pekín pueda salvar el alto el fuego alcanzado en Gaza entre israelíes y palestinos con la mediación de China, que se está resquebrajando».
Roger Cohen
© International Herald Tribune
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