Mientras el presidente Zapatero elevaba en Washington su plegaria a Obama -eso sí, en la lengua en la que se rezó por primera vez en aquel continente al «Dios de los Evangelios»- aquí se desplomaba todo. Precedidos por alarmantes comentarios del comisario Almunia y del presidente del Banco Central Europeo y las advertencias de las agencias de calificación, los inversores huían, la Bolsa se venía abajo, la economía decrecía hasta el último día del pasado año, los ciudadanos, según el CIS, incrementaban la desconfianza en la política económica del Gobierno y daban la espalda al PSOE, los sindicatos se enfadaban y la imagen de la España que iba bien y muy bien se venía abajo entre nuestros socios europeos y nuestros «amigos» de aquí y allá.
El presidente, en el Desayuno de Oración, no bajó la cabeza cuando los demás oraban, pero quizá el gesto respondía a una cierta parálisis, la que le ha caracterizado desde que negó la crisis hasta ahora.
El peligro, todavía presente, no es sólo el patético escenario de los números de nuestra ruina, sino también que el agobio, que paradójicamente se ha acrecentado en esta «presidencia» europea que iba a ser la gran operación publicitaria del Gobierno, convierta, por prisas e improvisación, en otra cerebral y atetoide torpeza para hablar y dificultades para escuchar. El largo drama (el político, el de gestión) se ha venido maquillando hasta ahora con la devoción por la «protección social», cuyo cambio fundamental ha sido que ahora resulta más cara porque los necesitados de protección llenan las oficinas del paro. Desgraciadamente, porque es de lamentar que haya sido la disculpa para resistirse a las reformas, ha sido sencillamente la pantalla para mantener tranquilos a los sindicatos a cambio de que determinaran la política. O la falta de ella.
Pero también ha padecido el artificio de llamar a todo ello «una cuestión ideológica», entendida con cierto fundamentalismo por impedir el cambio de rumbo y la búsqueda de cooperación con la Oposición. Pero el drama se ha convertido en algo tan grave y extenso que el Gobierno, con movimientos espasmódicos y criterios contradictorios, se decide de pronto a modificar el mensaje y el destinatario principal del mismo.
Ya no habla amorosamente a los sindicatos sino a «los mercados», que en este caso son inversores, agencias de calificación y organismos internacionales. El presidente convocó el viernes con urgencia a sindicatos y patronal, con una propuesta de reforma laboral que sólo plantea objetivos -razonables- como parte del nuevo mensaje. El problema llegará a la hora de concretar, como ocurrió con la reforma de las pensiones y la edad de jubilación (67 años) y la ampliación del periodo de cotización, que se niega oficialmente aunque sigue estando en los informes del Gobierno remitidos a Bruselas.
Si con todo ello se renuncia al idilio con los sindicatos, que anuncian movilizaciones que no suscitó la sangría constante del paro, sólo con un plan serio y coherente -de cirugía más que de primeros auxilios- se tranquilizará a los inversores (necesarios para el crecimiento), a las agencias de calificación (indispensables para el crédito y la confianza) y a los organismos internacionales y las instituciones europeas.
Estos no son vigilantes ideológicos que de lo que haga España, como a veces la izquierda quiere verlos, sino afectados directos por nuestra situación y nuestro déficit, que afecta al euro, y que puede llevar al Banco Central Europeo a medidas que supongan un varapalo definitivo a nuestra recuperación económica.
La opción no es entre protección social y «mercados», porque sin estos, sin la confianza que exigen lo ciudadanos, no habrá recursos para aquella. No es que el presidente vuelva la espalda a sus aliados, es que no tiene otro remedio. Y si sus aliados no se dan cuenta se convertirán en agentes del desastre.
Germán Yanke
www.abc.es

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