Reconozco que ando deslumbrada con Garzón y que si fuese Amenábar ya tendría guión para mi próxima película. ¿Se acuerdan de la famosa escena de la noria en «El tercer hombre», ésa en la que el malo miraba con desprecio al hombre corriente, reducido a la importancia de una hormiga? Yo creo que Baltasar se ha llegado a imaginar a sí mismo más alto todavía y completamente intocable. Sus presuntas prevaricaciones, las que le pueden costar el banquillo y la carrera, son temas que ponen los pelos de punta. En uno pretendió convertirse en juez de la Historia iniciando una «causa general» a favor de las víctimas del franquismo. Para ello se saltó la Ley de Amnistía, pese a que diez años antes había negado a las víctimas de Paracuellos cualquier derecho a reclamar reparación. En el segundo caso, emprendió una interesante batalla judicial a favor de Botín, cuando estaba obligado a inhibirse después de haber cobrado del banquero una importante cantidad de dinero por unos cursos impartidos en Nueva York. Baltasar Garzón ha llegado en su vertiginosa carrera a sentirse inquisidor general y valedor de poderosos, en definitiva, juez de memorias históricas y de fortunas millonarias. Ahora, que se ve con el agua al cuello, ha movilizado a sus amigos universales y están saliendo alianzas de lo más pintorescas. En «Los Angeles Times», en la costa oeste de los Estados Unidos, están escribiendo artículos a su favor y, en España, la nieta de Negrín ha salido a amenazar al presidente del Consejo General del Poder Judicial, Carlos Dívar, declarándolo incompetente para suspender a Garzón por haber jurado «fidelidad al Caudillo» cuando entró en la carrera judicial. Quien defiende a Azaña y a Botín ciertamente ha de tener amigos en las más altas esferas republicanas y mundiales. No se pierdan los próximos capítulos de la guerra del juez contra los enemigos de la Historia y de la pasta.
Cristina L. Schlichting
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