Toda una serie de ilustres charliparlis de la intelectualidad progre han firmado una carta protestando contra el encausamiento de Garzón por su vulneración oportunista de las leyes. El texto refleja bien a sus autores. Se refiere a 130.000 "víctimas del franquismo". O se creen ellos mismos esas cifras, y en tal caso son unos idiotas, o tratan de que se las crea la gente, y entonces son unos golfos. Gastando grandes cantidades de dinero público, y muchos años, otros golfos, empezando por los políticos del gobierno, se han dedicado a resucitar odios y falsificar la historia so pretexto de los enterrados en cunetas y fosas comunes. Solo han encontrado unos centenares, de origen a menudo incierto, y han sufrido ridículos enormes como el del "paracuellos" de Órgiva, en Granada, o han falsificado descaradamente las cifras de otro enterramiento de Valencia. Pero da igual, como no existe oposición y los políticos del PP escupen alegremente sobre las tumbas de sus padres y abuelos con la esperanza de parecer "moderados" y obtener votos, ellos siguen sus campañas mediáticas de envenenamiento de la población.
Arguyen los "abajofirmantes", de historial o simpatías totalitarias o abiertamente antiespañoles muchos de ellos, que esas "130.000" víctimas pueden quedarse sin "reconocimiento, reparación y justicia". Nuevo embuste gigantesco. Desde hace más de treinta años apenas se otorga reconocimiento más que a las víctimas del franquismo mientras oficialmente se olvida a las de los antifranquistas. Un reconocimiento además, que no tiene nada que ver con la justicia, pues se las presenta como mártires de la democracia y la libertad cuando lucharon, de grado o por fuerza, por el Frente Popular, que fue un régimen totalitario sometido a Stalin, y muchas de esas "víctimas" fueron simplemente asesinos y ladrones, con los que, evidentemente, se identifican a su vez los abajofirmantes. En cuanto a la "reparación", ya hay una ley corrupta que iguala a inocentes y a chekistas y otorga compensaciones económicas a sus familias.
Arguyen estos individuos que los desaparecidos de las dictaduras "constituyen una realidad dramática en países hoy democráticos, y, en algunos lugares, han perdido el derecho de defensa, en tanto que sus verdugos han quedado impunes para siempre". Tienen un buen ejemplo vivo en Carrillo, responsable de la mayor matanza de prisioneros de la guerra civil. Y en el gobierno, y en los mismos abajofirmantes que con tanta desvergüenza se identifican con la cheka.
En fin, para qué seguir. La demagogia barata de esta gente da náuseas. Garzón, aseguran, es un hombre decente: tan decente como ellos mismos .¿Idiotas o golfos? De todo hay, sobre todo de lo último.
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"Señor Moa (...) En el Valle de los Caídos no cobran ahora entrada a nadie y se puede deambular por allí (hospedería y tal). No hay andamios ni obras en la basílica, a la que solo se puede entrar a misa y en la nave central, sin pasar de los cordones de acceso al altar y laterales.
También hoy hay una reunión del Abad con alguien del Gobierno "para determinar definitivamente" si se cierra o no. Saludos, J. M. M."
Mañana, entre las 8,30 y 9,00 de la mañana, hablo un poco más sobre el asunto en el programa de Luis del Pino, poniéndolo en relación con los expolios y destrozos que los antecesores del gobierno actual llevaron a cabo contra el patrimonio histórico y artístico español durante la guerra civil.
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En La democracia ahogada:
UN PRECEDENTE FALLIDO DE LA TRANSICIÓN
La facilidad con que la reforma de Suárez desmontó el aparato franquista, con el apoyo de la mayor parte de este, demuestra hasta qué punto habían madurado dentro del régimen las condiciones para una democratización. Sin embargo los riesgos eran altos: España abordaba un proceso parecido al que, en 1930, había desembocado en la república. Vale la pena examinar, aun si de modo somero, aquel precedente. En aquella época, tras la marcha voluntaria de Primo de Rivera, el rey Alfonso XIII había iniciado un proceso de vuelta a la normalidad constitucional que le llevaría a él mismo a huir de España. Como suele ser común, el proceso motivaría numerosas descripciones y recriminaciones, pero casi ningún análisis del que pudiera extraerse una lección útil.
El hecho es que, en su transición desde la dictadura de Primo, Alfonso XIII se vio desasistido de los políticos monárquicos, los mismos que con su inoperancia, picaresca y cobardía habían llevado a la ruina al régimen de la Restauración, y que tampoco habían aprendido nada desde entonces. La mayoría de ellos se inhibió y dejó solo al rey, con el argumento peregrino de que este había creado el problema al respaldar al dictador –dato cierto– y que, por tanto, él debía arreglárselas como pudiera para resolverlo. Cambó retrata en sus memorias la extrema mezquindad y falta de visión política de tales políticos. Y los que ayudaron al monarca, Romanones ante todo, no eran mejores.
Alfonso XIII, por su parte, no había dejado de cometer gruesos errores en la etapa previa a la dictadura, desamparando en momentos cruciales, por oportunismo o temor a las campañas demagógicas de la izquierda, a los pocos políticos realmente valiosos, como Maura o Dato. Por ello, en 1923 el país se había encontrado al borde de una crisis revolucionaria potencialmente mucho más grave que la de 1917, con el pistolerismo anarquista y el contrario de la patronal catalana en pleno auge, los grupos separatistas vascos, catalanes y gallegos uniéndose para emprender la acción armada en concomitancia con el terrorismo ácrata y la acción de Abd El-Krim en el Rif, y los socialistas y republicanos explotando la derrota de Annual con demagogia sin límites. Frente a la crisis, los "politicastros" monárquicos que, como constató Cambó, no recibían el menor respeto del pueblo porque evidentemente no eran respetables.
Primo de Rivera había cortado por lo sano, con el aplauso casi unánime del país y muy especialmente de Cataluña, y su dictadura había de durar seis años largos. Dictadura excepcionalmente suave, que no causó muertes y mantuvo una gran libertad de expresión e imprenta: se publicaban masivamente escritos de izquierdas, incluso comunistas y anarquistas; también crecieron notablemente las publicaciones legales en catalán, pese a que Primo, decepcionado con los nacionalistas moderados, que le habían incitado golpe militar y luego le habían negado su apoyo, había optado por excluir la lengua catalana de todos los ámbitos oficiales. Obtuvo el dictador el apoyo de los socialistas, deseosos de aprovechar la situación para desbancar a la rival, la proscrita CNT. Los separatismos, antes tan amenazadores, cayeron en la inoperancia, el terrorismo libertario desapareció, el cáncer de Marruecos quedó curado y la labor del régimen fue mucho más fructífera social y económicamente que la de cualquier período anterior, no digamos ya que la del posterior y catastrófico de la república.
La obra de Primo de Rivera ofrecía una base excelente para construir sobre ella una convivencia más estable. No era esa, desde luego, la intención de los extremistas y republicanos, los cuales aprovecharon las renovadas libertades que se les ofrecían y a las que no habían contribuido en absoluto, para intentar dinamitar el proceso de vuelta a un sistema constitucional. Su actitud era de esperar, e incluso cierta radicalización del PSOE, que tan moderado y cooperador se había mostrado con la dictadura, gracias a lo cual salía de ella como el único partido con una organización poderosa y disciplinada. Lo asombroso fue que muchos políticos monárquicos se empeñaran en desacreditar la experiencia primorriverista y el mismo rey cayera en tal desatino: así perdió el respeto de mucha gente de derecha sin ganar, desde luego, el de la izquierda, la cual lo miró con irrisión, dándolo por moralmente condenado. Por esas "cosas de España", las izquierdas acusaban al rey de felón y perjuro por haber anulado la Constitución de Cánovas... ley que ellas habían intentado destruir por todos los medios, violentos y menos violentos. Llegados a 1930, izquierdas y separatismos no querían ni oír hablar de vuelta a una constitución monárquica, y sin embargo no cesaron de agitar contra un rey "traidor" por haber apoyado a Primo. Y gran parte de la derecha, que tanto había contribuido con sus miserias a crear la crisis del 23, aceptaba el dislate y lo seguía.
Aun así los rupturistas, si bien alborotaban sin tregua, carecían de verdadera fuerza y de un proyecto político claro o unitario, aparte de llevarse entre sí demasiado mal como para representar una amenaza seria. El peligro consistió precisamente en la impresión de peligro que causaban en una clase política de ínfima talla. Lerroux, uno de los comprometidos en la ofensiva rupturista, describiría con palabras bastante adecuadas a sus compañeros republicanos: "No traían saber, ni experiencia, ni fe, ni prestigio. Nada más que esa audacia tan semejante a la impudicia, que suele paralizar a los candorosos y de buena fe cuando la ven avanzar desenfadadamente, imaginando que es una fuerza de choque". Azaña, más tarde, los describiría con tintas aún más negras y no faltas de veracidad. Pero muchos y muy valiosos intelectuales, empezando por Ortega, Marañón y Pérez de Ayala, con ceguera también típica, se ilusionaban con la perspectiva de la república... a cuyos jefes dedicarían tantos denuestos unos años después. Cambó, mucho más afincado en la realidad, relata cómo Ortega quiso atraerle a su redil; el catalán le predijo que de la república solo podían esperarse convulsiones, y Ortega, furioso, le dejó dando un portazo.
Por nueva paradoja, fueron dos políticos monárquicos, Niceto Alcalá Zamora y Miguel Maura, conversos de última hora al republicanismo, quienes unieron y dieron cohesión y plan a aquellas agrupaciones tan dispares y débiles. Ellos organizaron el Pacto de San Sebastián, del que salió, como primera medida, la solución del golpe militar, tan tradicional en las izquierdas españolas. Contra un extendido mito, la mayoría de los pronunciamientos militares procedió de los liberales exaltados y sus sucesores, a partir de las logias masónicas de los cuarteles.
El golpe fracasó en diciembre de 1930, y tras él podría darse por liquidado el movimiento republicano... de no haber contado este con la colaboración de los ineptos monárquicos, los cuales no solo quisieron evitar la detención de muchos implicados (Largo Caballero tuvo que ir por su pie a comisaría y Sánchez Román, que también lo hizo, no fue arrestado ni por esas); a continuación el gobierno facilitó a los golpistas convertir la cárcel y luego el juicio en formidables altavoces de propaganda, saliendo prácticamente absueltos, con el laurel de héroes y mártires... tratados a cuerpo de rey, según explica Maura. Un régimen así, perdido todo autorrespeto, no podía ni merecía subsistir. La transición de la dictadura a la constitucionalidad se transformó así en proceso de destrucción de la monarquía. La abyección de esta, de sus políticos, llegó al extremo de despreciar a sus propios electores en unas elecciones municipales y, tras ganarlas, entregar el poder a sus enemigos, que las habían perdido. Caso con pocos paralelos en la historia, quizá ninguno. La imagen de un imparable movimiento popular pro republicano falsea la historia. El tosco maniobrerismo con que Romanones condujo el proceso pudiera tener una clave en el aserto del dirigente masón Vidarte: el conde sería un masón especialmente oculto, y la masonería auspiciaba la república.
De acuerdo con este precedente calculaban cuarenta y cinco años después, implícita o explícitamente, casi todos los grupos antifranquistas. La historia iba a repetirse: la dictadura carecía de toda legitimidad, atesorada en cambio por el Frente Popular, y el nuevo rey, nombrado por Franco y por tanto también ilegítimo, sería conocido en el futuro por Juan Carlos el Breve; pues en cuanto se abriera el dique opuesto a las libertades, "el pueblo" barrería cuanto recordase al odiado régimen franquista, fascista o como se le quisiera llamar. Renacerían triunfantes los vencidos del 39, en especial el PCE, que, como el PSOE en 1930 pero por los motivos contrarios, llegaba como el único partido con organización extendida por casi todo el país, muy disciplinada comparativamente y con influencia de masas; y también volverían, desde luego, los socialistas, los nacionalistas de la periferia, en especial los vascos tras la lucha etarra "por la libertad", y asimismo los anarquistas y republicanos. Todos ellos tenían bastantes razones para prometérselas muy felices y pensaban, como antaño, utilizar unas libertades que se veían venir desde el franquismo para arrollar totalmente a dicho régimen y reducirlo a un ingrato recuerdo. Aspiraban a imponer la ruptura, contra la reforma propuesta por el franquismo, al cual reservaban el mismo destino, inmediato o a corto plazo, que el de Alfonso XIII. De ahí la incertidumbre con respecto al desarrollo histórico tras la muerte de Franco, sobre todo, tras el nombramiento de Suárez para dirigirlo.
**** La policía certifica que los convocantes del homenaje a Foxá no eran ultraderechistas. Y aunque lo fueran, ¿qué? Prácticamente toda la izquierda española es ultra, y sin embargo hace lo que le da la gana y dispone de la mayoría de los medios de masas, que manipula a su antojo. Pero no le basta: intenta por todos los medios impedir la libertad de expresión ajena. Como el "moderado" PP, por cierto.
Pío Moa
http://blogs.libertaddigital.com/presente-y-pasado

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