Armado con la enternecedora seriedad de un niño, el estadista que confundía el Euribor con el Orfeón Donostiarra anda insinuando que hay en marcha una arcana intriga judeo-masónica contra su, por lo demás ignota, política económica; algo así como el contubernio de Múnich de los mercados internacionales; la conjura –financiera– de los necios, vaya. Al punto de que El País se ha visto obligado a cocinar en el microondas de las trolas urgentes unos Protocolos de los sabios de la deuda pública, ingeniosa fantasía conspiranoica con la que intentarán salvarlo del ridículo por enésima vez.
Lástima que Jordi Sevilla, esa víctima de su propio talento, ya no pueda explicarle que el rebaño electrónico –Friedman dixit – es muy joven, apenas un adolescente. Que nació al final de la Guerra Fría, con la supresión generalizada de los controles a los movimientos de capitales y la simultánea eclosión de internet. Que lo integra una muchedumbre invisible de individuos particulares, fondos de pensiones, bancos, agencias de inversión y compañías de seguros del entero mundo, todos conectados con todos a través de las pantallas de sus ordenadores. Que esa manada bulímica pasta en una pradera global cuyas lindes se extienden a lo largo de más de 190 países. Que su dieta se basa en un estricto régimen integrado en parejas proporciones por bonos, deuda pública, acciones y divisas.

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