En alguna parte le he leído a Indro Montanelli que el Caudillo guardaba dos montones de carpetas sobre la mesa de su despacho en El Pardo. Según su acreditado testimonio, una de aquellas montañas de papel la integraban los asuntos que el tiempo se encargaría de resolver por sí solo. A su vez, la otra agrupaba los expedientes que, laborioso, el mismo tiempo había resuelto ya. Por lo visto, el Generalísimo se limitaba a mover las carpetas de un montón a su gemelo a medida que iban pasando los años y era informado por sus propios de la feliz solución de todos aquellos tediosos incordios patrios. E se non è vero, e ben trovato, que diría el otro.
Un sucedido, ése, llamado a corroborar que Franco, siendo muy franquista, era todavía mucho más español, sin embargo. Pues encierra la respuesta a esa incógnita nada baladí que acaba de plantear Zapatero desde la tribuna del Congreso. A saber, si la estructura y rigidez de nuestro mercado de trabajo resultan ser tan disfuncionales y hasta aberrantes ¿cómo es posible que ningún Gobierno lo haya alterado en nada sustancial a lo largo del último cuarto de siglo? Venga, átenme esa mosca por el rabo. En fin, aventajado discípulo de Napoleón, que siempre aconsejaba crear un comité si se pretendía que cualquier problema no se resolviera jamás, el presidente acaba de anunciar la preceptiva comisión que habrá de tratar, entre otros, de ese asunto.

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