quarta-feira, 13 de outubro de 2010

El mito del guerracivilismo español

Uno de los tópicos más absurdos y sin embargo más popularizados –por un gran número de historiadores, intelectuales y periodistas– es el que atribuye a los españoles una especial propensión a la guerra civil, lo cual diferenciaría a España del resto de Europa Occidental, más culto, rico y asentado.


Américo Castro, cuyos disparates han gozado de excepcional audiencia, llevaba incluso esa supuesta propensión a la expulsión de judíos y musulmanes –los elementos más productivos y cultos de la sociedad, según él–, que habría introducido una especie de herida insanable en la psicología social hispana.

La realidad histórica difiere mucho de tales arbitrariedades. España se convirtió en gran potencia mundial precisamente después de dichas expulsiones, aunque no quepa establecer un nexo entre los dos sucesos; y durante tres siglos fue el país más estable en el terreno doméstico de Europa Occidental: se libró de las llamadas guerras de religión, que asolaron países como Alemania, Francia; de guerras como la civil de Cromwell –y su sangrienta imposición sobre Irlanda– o las que se libraron en Italia. Gran parte de la política exterior de los Austrias se orientó, en general con éxito, a evitar que en España se produjeran contiendas internas tan devastadoras.

Por otra parte, la presencia anterior de musulmanes y judíos no impidió guerras civiles entre los reinos españoles o dentro de cada uno de ellos. Y con los musulmanes –una nación diferente– la tendencia dominante fue la del enfrentamiento hasta la derrota final de Al Ándalus (también pudo haber ocurrido al revés). Pero incluso las luchas civiles en los reinos españoles fueron en general mucho menos devastadoras que en otras zonas de Europa (Guerra de los Cien Años, por ejemplo), y también menos frecuentes que las de Al Ándalus.

Toda sociedad registra tendencias centrípetas y centrífugas. Cuando triunfan las centrífugas, la sociedad se disuelve; las contrarias pueden dar lugar a una estabilidad social satisfactoria y también a tiranías. Si observamos la historia en su conjunto, comprobamos que hasta el siglo XIX España registró un guerracivilismo bastante inferior al habitual en el resto de Europa. Solo una notable ignorancia puede apoyar el aserto contrario. Y no fue por una imposición tiránica, al menos no superior a la que podía darse en otros países europeos.

El problema del guerracivilismo español se limita, por tanto, a los dos siglos últimos, en que se registran dos guerras civiles muy duras y otros cuantos incidentes menores, así como el fenómeno de los pronunciamientos militares. Tampoco es esto demasiado extraño en el conjunto de Europa. Por limitarnos a los países más próximos, la formación de la nación italiana se hizo mediante una guerra civil; posteriormente, Italia intervino desastrosamente en dos guerras mundiales, la primera de las cuales engendró un proceso revolucionario y la segunda, asimismo, una guerra civil. Francia sufrió en el siglo XIX varias revoluciones, que no fueron otra cosa que breves pero intensas contiendas intestinas, aparte de una serie de desastrosas guerras exteriores (las napoleónicas, la franco-prusiana, las mundiales –de la primera salió vencedora pero a un coste insoportable, y la segunda generó una guerra civil pequeña pero sangrienta–, las coloniales de Indochina y Argelia, saldadas con desastrosas derrotas). El Reino Unido tuvo que cambiar drásticamente de fronteras al verse obligado a reconocer la independencia de Irlanda en pleno siglo XX (desde ese punto de vista, la lucha de los irlandeses contra los ingleses habría sido también una contienda civil, aunque realmente no lo fue). Sin embargo, no existe en esos países un síndrome de guerracivilismo como el que artificialmente se ha alimentado aquí.

En Nueva historia de España he expuesto una hipótesis sobre la abundancia de querellas internas a partir del Ochocientos: las guerras napoleónicas rompieron la evolución del siglo anterior, básicamente pacífica, y creó una serie de oposiciones sociales, entre la necesidad de modernizar el estado (liberalismo) y el rechazo a esa modernización por extranjerizante (tradicionalismo); y, dentro del propio liberalismo, entre los moderados, partidarios de una evolución que tuviera en cuenta las realidades particulares de España, y los radicales, propulsores de cambios drásticos copiados de Francia. La Restauración superó esos problemas en lo esencial, aunque el triunfo de un liberalismo evolutivo dio lugar todavía a reacciones tradicionalistas en Vascongadas y Cataluña, que derivarían hacia los nacionalismos. Hasta que la guerra con Usa, en 1898, impulsó a nuevas fuerzas políticas de orientación centrífuga: el anarquismo, el socialismo y los separatismos catalán y vasco, sobre todo. La idea de una revolución liberal fue abandonada por esas fuerzas en beneficio de concepciones totalitarias o antiliberales y disgregadoras, que impidieron la continuidad de la Restauración y abocaron a la gran crisis nacional de la II República y el Frente Popular.

La Guerra Civil y el franquismo resolvieron en gran medida las cuestiones revolucionaria y separatista. Se desembocó en una transición a la democracia desde el mismo régimen autoritario: un suceso original, sin precedentes en Europa, pues en casi todo el resto del Occidente europeo la democratización provino de la intervención bélica useña. La reforma democrática, sin embargo, fue propiciada por un sector de la Iglesia y acometida por Suárez con un fuerte componente demagógico y sin tener en cuenta la historia, por lo que ha terminado en la crisis actual, de salida incierta.

La historia plantea retos que pueden afrontarse mejor o peor, y no sabemos dónde abocará este. Estos tres procesos (hasta la Restauración, hasta la Guerra Civil y hasta el gobierno actual) han durado entre sesenta y setenta años, lo que no deja de ser una curiosidad histórica.

Pío Moa

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