quinta-feira, 22 de outubro de 2009

Viaje por los Estados Unidos de ayer

A finales de septiembre de 1935, los escritores Iliá Ilf y Evgeni Petrov salieron de Moscú. Cruzaron Europa y, después de pasar unos días en París, embarcaron en Le Havre en el lujoso trasatlántico Normandie, rumbo a Estados Unidos.

Llegaron a Nueva York el 7 de octubre, y después de creer que ya estaban en América les convencieron de que no era así. Nueva York no es la América auténtica, como tampoco lo son Washington y sus ciudades vecinas. Así que alquilaron un coche, un Ford de color "gris ratón", y emprendieron un viaje de casi dos meses que les llevaría a atravesar dos veces el continente, siguiendo la ruta Nueva York-California-Nueva York.

Ilf y Petrov eran dos escritores bien conocidos en la Unión Soviética y en buena parte del mundo occidental por sus dos novelas satíricas: Las doce sillas y El becerro de oro (las dos publicadas aquí por Acantilado). También habían escrito juntos cuentos, obras dramáticas y satíricas y guiones de cine. Solían publicar en el diario Pravda, portavoz oficial del estalinismo que entonces triunfaba en la Unión Soviética. Fue precisamente la dirección de Pravda la que los envió a Estados Unidos para que escribieran un reportaje que luego sería publicado por entregas. Ilf se encargó además de las fotografías, que finalmente no acompañaron al texto.

Los dos periodistas morirán poco después: Ilf de tuberculosis y Petrov, en un accidente aéreo durante la Segunda Guerra Mundial.

Es posible que el encargo tuviera por origen un muy alto cargo interesado en tener información de primera mano sobre la situación social de Estados Unidos después de la Gran Depresión y en medio de la ola reformista propiciada por el presidente Roosevelt y su New Deal. Muchos en la Unión Soviética se debieron de preguntar qué significaba aquella nueva política y en qué dirección se encaminaba. ¿Tal vez hacia la implantación del socialismo en la meca del capitalismo?

Ese origen contribuiría a explicar la libertad de la que disfrutaron Ilf y Petrov, que no debían hacer propaganda, sino dedicarse a observar y analizar. Y eso hicieron.

Queda, sin duda alguna, el rastro soviético. No faltan los tópicos sobre las desigualdades en Estados Unidos, el insípido (sic) erotismo de los cabarets, tan poco sabroso como la comida norteamericana, o la falta de curiosidad de los estadounidenses. En el mismo orden de cosas está la fascinación –entre snob y fanática– por la Unión Soviética y por el comunismo que demuestran las elites de Nueva York y Hollywood. Aunque disimulado por razones obvias, el dato es muy claro, y sirve para comprender la historia cultural norteamericana y sus ciclos, también el que se vive hoy.

Aun así, lo extraordinario del libro es la falta de prejuicios ideológicos. No es que a Ilf y Petrov les guste Nueva York, lo cual es inherente a la pose vanguardista: es que les gusta todo Estados Unidos. De ahí el título: La América de una planta, por oposición a la de los rascacielos. Porque ahí están, según los autores, los auténticos Estados Unidos, que parecían escapárseles en NY.

Así que la confusión inicial va dejando paso a la simpatía. Los autores admiran sin reparos la cordialidad y la disposición a la risa de los norteamericanos; lean, lean:
La razón de que los americanos no paren de reírse no es que digan algo divertido, sino que ese es su estilo. Estados Unidos es un país en el que reina una claridad primitiva en todos los actos e ideas. Ser rico es mejor que ser pobre. En consecuencia, en lugar de perder el tiempo buscando el modo de erradicar la pobreza es mejor valerse de todos los medios posibles para ganar millones. (…) Hacer deporte es más sano que leer libros. Así que el tiempo libre se consagra por entero al deporte (…) Es mejor reír que llorar. Así que uno se ríe. Es posible que en un principio los norteamericanos tuvieran que hacer un esfuerzo para reír (…). Pero luego se convirtió en una costumbre. Que un norteamericano se ría no quiere decir que esté alegre. Se ríe porque es norteamericano y un norteamericano debe reírse.
También aprecian en lo que vale la abundancia propia de América, su sentido de la hospitalidad y lo que llaman, una y otra vez, el servicio norteamericano. ¿Qué pensaría un lector ruso de la insistencia de Ilf y Petrov en que en cualquier sitio, incluso en el más remoto desierto, se puede encontrar una cama impecable, agua caliente, un buen filete y una camarera perfectamente maquillada y sonriente?

Por entre los muchos signos de admiración se abren paso algunos análisis particularmente interesantes acerca de la naturaleza de Estados Unidos; por ejemplo, cuando equiparan la grandeza de la naturaleza americana con la grandeza de su ingeniería o de su arquitectura.
Tanto el Empire State Building como las cataratas del Niágara, la fábrica Ford, el Gran Cañón, las secuoyas y los puentes colgantes de San Francisco son manifestaciones de una misma realidad. La naturaleza y la técnica americanas no se contentan con aliarse para llenar de estupor a los seres humanos: ofrecen también una visión precisa y elocuente de las dimensiones, envergadura y riqueza de un país donde cualquier cosa tiene la obligación de ser la más alta, la más ancha y la más cara del mundo.
Sobre todo esto está el humor inagotable de Ilf y Petrov. Viajaron, al parecer, con dos acompañantes, un matrimonio al que llaman Sr. y Sra. Adams, atentos, curiosos y como sacados de un tebeo de hace cincuenta años. Una ironía a veces demoledora y un poco dadaísta, otras desconcertante –porque no se sabe la opinión última de los autores– y en general suave y liberal, como la de Pla, acompaña al lector a lo largo de todo el viaje.

Eso, un auténtico viaje por Estados Unidos, es lo que le espera a quien se suba al coche que recorre esta América de una sola planta. Un viaje por un país que probablemente ya no existe, o que está desapareciendo a toda velocidad. Y eso que entonces, en los años treinta, también estaba en crisis y el socialismo triunfaba, en apariencia, más que ahora.


ILF Y PETROV: LA AMÉRICA DE UNA PLANTA. Acantilado (Barcelona), 2009, 498 páginas.

José María Marco

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http://libros.libertaddigital.com

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