En la relación con Estados Unidos, el Rey representa la continuidad, frente a los vaivenes en el entendimiento entre los Gobiernos español y estadounidense. Es algo que, especialmente Zapatero, debería agradecerle, sobre todo porque su intervención en el año 2004 consiguió que George W. Bush limitara su cabreo por la retirada de las tropas de Irak a vetarle el acceso al Despacho Oval.
Aquella conversación en el rancho de Crawford no recompuso la relación personal de Bush y Zapatero, pero garantizó que no sufrirían las relaciones estratégicas, la cooperación antiterrorista o las inversiones e intercambios comerciales.
Zapatero tendría que saber, no obstante, que la llegada de Obama, aunque le ha franqueado las puertas de la Casa Blanca, no ha restañado todas las heridas que abrió desde su sentada ante la bandera de las barras y las estrellas. Quizás lo sepa y, por eso, no deja de hacer méritos ante el presidente estadounidense, aumentando el número de tropas españolas en Afganistán o poniéndose a la cabeza en la acogida de presos de Guantánamo.
Obama, por su parte, debería darse cuenta de que si hay cosas que no sientan bien en Estados Unidos, también hay otras que molestan en España. No estuvo acertado al retrasar la reunión con el Rey prevista en diciembre por ser incapaz de resolver sus problemas de agenda. No lo estaría tampoco si, tras el plantón a la Cumbre UE-Estados Unidos organizada por el Gobierno, no encontrara una fecha para realizar este año una visita oficial a España.
Luis Ayllón
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