El viernes pasado, el presidente de la República Italiana, Giorgio Napolitano, hacía una advertencia desde el palacio del Quirinal para defender el concepto de Italia como unidad. En su discurso, cargaba contra el separatismo de quienes hacen «juicios sumarios y vulgares», escudados en «viejos y nuevos lugares comunes». Ante esos ataques, Italia ha de reaccionar como un país maduro, contra la «facciosidad mezquina». Como en Francia, la República es una e indivisible: no es esta una frase canónica de la Constitución, recuerda el presidente, sino un vínculo moral. Hace sólo 150 años, el 17 de marzo 1861, nació la Italia moderna. Víctor Manuel II se proclamaba rey de Italia en Turín. Era un hombre feo, pequeño y extraordinariamente capaz. Tenía a su lado a un declarado enemigo del corto plazo, Camillo Benso, conde de Cavour.
Napolitano recuerda cómo Italia existe desde antes de Cristo, en los textos de César, Horacio o Tito Livio: una unidad que recorre la península desde los Alpes a la Calabria. «Emergen entre nosotros balances aproximativos y tendenciosos contra el camino emprendido aquel crucial 17 de marzo 1861». Italia tardó en unirse aún unos años, hasta el fin del poder temporal del papado. En 1870, Italia nació como una monarquía constitucional, hija del reino de Cerdeña. Había una fuerte base común, unas raíces culturales compartidas y, sobre todo, una lengua. No admitiremos, añade Napolitano, que se impongan los cálculos de parte. No nos dejaremos abrumar por falsos problemas y falsas polémicas. El conocimiento de nuestro pasado debe ayudar a superar «el gran déficit de conocimiento histórico que sufren generaciones enteras de italianos». El sur del país no puede salir adelante sin el apoyo del norte. Según Confindustria, el Centro-Norte tiene un índice de calidad de vida de 114 puntos, frente al Mezzogiorno, de 72.
Italia se afirma mientras crece un ente superior y distinto, la Unión Europea. La Unión fue engendrada hace 65 años, al terminar la última guerra: era el resultado de la necesidad de paz, de acuerdo, entre enemigos seculares, especialmente entre Francia y Alemania. No sabemos aún cuál será el fin de Europa -quizá no tenga fin- pero será algo distinto de un estado: sólo podrá fraguar a partir de la fuerza de los estados. En medio de sus paradas y dubitaciones, los avances de la Unión dejarían hoy atónitos a sus padres fundadores, Adenauer, Monnet, Schuman... En estos años, algunas competencias decisivas han sido transferidas. Un estado nacional, nos recordaban esta semana, lo es si mantiene su moneda, arancel, presupuesto, justicia, defensa y acción exterior.
Europa necesita avanzar en su proceso integrador, añadió Napolitano, frente al desafío de la globalización. Un desafío que convierte en risible al separatismo: «Para el norte y el sur de este país, la alternativa es crecer juntos. En Europa y en el mundo de hoy son insostenibles los proyectos separatistas».
Jefe de estado ejemplar en una sociedad necesitada de figuras ejemplares, Giorgio Napolitano es hombre de muchas piezas. A los 84 años, 45 de ellos en el Partido Comunista, sigue defendiendo, frente al simplismo anti-USA, la necesidad de un acuerdo permanente Europa-Estados Unidos. El modelo soviético, que Napolitano aborreció, se ha evaporado; pero muchas de sus amenazas persisten, no sólo en Cuba o en China.
Nacido en 1925, Napolitano luchó como resistente antifascista en los años finales de la guerra. Al llegar la paz, se afilió al PCI. Elegido en 1953 diputado comunista por Nápoles, fue reelegido hasta presidir en 1986 su grupo parlamentario. Fue luego eurodiputado y ministro del Interior en un gobierno Prodi. En mayo de 2006 se convirtió en el primer presidente de Italia de origen comunista. Desde entonces desempeña la primera magistratura de la nación. Ahora se ve que no ha podido aguantar.
Darío Valcárcel
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