sábado, 25 de setembro de 2010

Franco, sus diplomáticos y el Holocausto (II)


“Los diplomáticos españoles siguieron las directrices del gobierno”


A raíz de mi artículo, publicado en el diario digital YA, “Franco, sus diplomáticos y el Holocausto”, Félix Morales, Vicepresidente de la Fundación Nacional Francisco Franco, ha tenido la amabilidad de remitirme copia de la documentación que al respecto se conserva en el archivo de dicha entidad. Ello, el homenaje que España y Libertad y Alternativa Española van a rendir a los diplomáticos españoles que actuaron de acuerdo con las instrucciones recibidas del gobierno de Francisco Franco y los comentarios que he recibido sobre el citado artículo me impelen a ampliar y precisar.


El primer hecho incontrovertible es que España, bien permitiendo el paso a través de su territorio, bien protegiéndolos en sus lugares de origen, evitó que un número importante de judíos europeos acabara en los campos de concentración alemanes.


El segundo hecho incuestionable es que, pese a los intentos de reducción al mínimo del número global realizado por historiadores de izquierda, España fue el país que más judíos puso a salvo: los cálculos más reduccionistas hablan de 20.000 a 40.000 (Suecia acogió a unos 10.000 y Suiza a unos 22.000 pero negó la entrada a miles de judíos). Ante esta realidad los historiadores de izquierda como Bernd Rother, miembro de la fundación socialista Willi Brant, recurren a torcer el lenguaje para escribir que esta ayuda “no fue demasiado pequeña” y tratan de reducir al máximo o desvirtuar el papel de Franco.


Pese a todas las argumentaciones, que muchas veces, cuando no la lógica, desmoronan los propios documentos que utilizan, lo que se trasluce es que Francisco Franco apoyó las gestiones que permitieron a esos judíos salir de la Europa sometida al nacionalsocialismo o bien quedaron bajo el manto protector de las legaciones españolas. De ahí que en las conclusiones finales de estos autores de izquierda, ante la imposibilidad de negar la intervención de Franco, como elemento deslegitimador, se refugien en la idea de que el “gobierno de Madrid podría haber salvado a muchos más” (Lisboa, Rother), o que en definitiva esta acción se debió a las presiones aliadas y del Vaticano (Marquina, Ospina). Superada debe considerarse la tesis de que los diplomáticos actuaron independientemente, por su cuenta (Tusell o Marquina), aunque algunos insistan en que hubo una parte de actuación por libre por parte de los diplomáticos. Frente a estas tesis se alza una corriente que se inicia con los trabajos de Avni (1964), y se continúa con los de Federico Ysart (1973), prologado por el presidente de la Asociación Hebrea en España, Max Mazin, Lipschitz, Suárez Fernández, así como varios autores judíos, que suele ser calificadas por los historiadores de izquierda como apologéticas o derechistas. Todo ello a pesar de que en noviembre de 1944 el Congreso Mundial Judío celebrado en Atlantic City fuera rotundo: “En nombre del Comité ejecutivo del Congreso Mundial Judío, me dirijo a usted para expresar al Gobierno español nuestra profunda gratitud para el refugio que España ha concedido a judíos procedentes de territorios situados bajo la ocupación militar alemana”

Resulta curioso que, cuando todos los historiadores están de acuerdo en el hecho capital de que la política exterior, sobre todo en estos años, estuvo siempre bajo el control de Franco, precisamente en este punto se busque disociar a Franco de decisiones fundamentales, debido a las implicaciones que podría tener en las difíciles relaciones con Alemania. Conviene recordar que Ramón Serrano Suñer abandonó el Ministerio de Exteriores en el verano de 1942 haciéndose cargo de la cartera, en septiembre, el general Francisco Gómez-Jordana. Nombramiento que marca el lento viraje de España hacia la neutralidad y la más lenta aproximación a los EEUU.

Corresponde tanto a Jordana como a su sucesor, Lequerica, incluir en la agenda de Exteriores el tema judío. Ya reproducimos en nuestro anterior artículo algunos párrafos del diario del conde de Jordana que ponen de manifiesto que los diplomáticos actuaron siguiendo las instrucciones del gobierno en 1943. En el mismo diario, el conde de Jordana, pone de manifiesto que es Franco el último referente de sus acciones en un discurso pronunciado ante los diplomáticos el 19 de mayo de 1944:


“Y si yo, al desempeñar esta cartera de Asuntos Exteriores durante dos etapas de señalado interés, no puedo negar que aporté a la labor toda la suerte con que Dios me ayuda y la máxima voluntad, he de rechazar cuando pueda suponer asignarme papel prominente en el éxito de dicha labor. Porque le corresponde, en primer término al Jefe de Estado y Presidente del Gobierno, y si el Generalísimo me da directivas y respalda con su autoridad mis actos… es al Jefe del Estado y a vosotros, y no a mi, a quienes corresponde la gloria de nuestra brillante labor diplomática”

El cambio en el Ministerio de Exteriores, provocado por el fallecimiento del conde de Jordana, no supuso un cambio en la política española. El nuevo ministro, José Felix de Lequerica, fue continuista en el tema de los judíos.


Los historiadores críticos suelen refugiarse en la falta de celeridad por parte del gobierno de Madrid a la hora de tomar decisiones. La posición española fue muy clara: Se permitiría el paso por España, pero el país no tenía capacidad para acoger a miles de personas. Como indicábamos en nuestro anterior artículo el gobierno español hizo gestiones con los EEUU para que éste instalara campos de acogida en el norte de África a lo que el gobierno americano se negó.

Las instrucciones a los diplomáticos

El 28 de octubre de 1944 el Ministro de Exteriores dirige una comunicación al Embajador español en Washington en la que se puede leer: “desde hace tres años España viene accediendo reiteradamente y con la mejor buena voluntad a cuantas peticiones presentan comunidades judías” en muy diversos puntos… “gracias a estas gestiones numerosos israelitas de Francia han podido pasar nuestra frontera” o ser “eficazmente protegidos durante todo el tiempo de ocupación en Francia, Holanda y otros países y gran número de sefarditas han visto mejorado considerablemente trato que sufrían en campos de concentración y han podido salir de éstos recuperando libertad al entrar en España. Con el mismo criterio estoy dispuesto a seguir interviniendo con referencia a su telegrama nº 1034 por motivos humanitarios a los que España en ningún caso deja de hacer honor”. No cabe pues argumentar que los diplomáticos actuaran sin tener directrices o que éstas no existieran.


La documentación de la Fundación Nacional Francisco Franco es contundente en este punto. En Hungría, Ángel Sanz Briz protegía a los judíos in situ otorgándoles pasaportes y cartas de protección. Algunos autores han escrito que Sanz Briz utilizó, como otros diplomáticos, el margen de discrecionalidad de que disponía ante instrucciones poco claras para ayudar a los judíos o respuestas silenciosas de Madrid. Sin embargo he aquí que en un telegrama enviado por el Ministro de Exteriores al Embajador español en Washington, el catorce de noviembre de 1944, se hace patente que actúa, como él siempre sostuvo, siguiendo las instrucciones recibidas desde España:


“Habiéndose tenido noticias de que contra promesas formales reiteradamente hechas por el Gobierno húngaro éste desconoce validez pasaportes españoles y algunos países hispanoamericanos a sefarditas he ordenado a Legación España en dicha ciudad presente la más enérgica reclamación pidiendo inmediatas satisfacciones… Gobierno está decidido a hacer respetar por todos medios sus derechos a este respecto de suerte que protección puede ser efectiva…”


Por si quedara alguna duda, el 16 de noviembre, en un nuevo Telegrama, Lequerica hace balance indicando que en Hungría, de la mano de Sanz Briz se ha extendido la protección a trescientos judíos que no tenían la nacionalidad española (no eran sefarditas) y se “han expedido cerca de dos mil cartas de protección”. Una actuación “hecha tras insistentes órdenes por nuestra parte”.

A partir de octubre-noviembre, y es un dato al que no se ha prestado atención, lo que sucede en Hungría es que las legaciones de España, Suiza y Suecia, bajo la presidencia del Nuncio, actuarán conjuntamente y los tres países otorgarán protección. Tras la salida de Sanz Briz de la legación, ante el avance ruso y su cada vez más difícil situación, la legación continuó con su misión mediante un Encargado de Negocios, el italiano nacionalizado Jorge Perlasca. Que Perlasca actuó oficialmente, pese a lo irregular de su nombramiento, lo demuestra que después rindiera cuenta de su actuación al Ministerio de Exteriores en un largo informe. A la vista de la documentación resultan insostenibles posiciones como las mantenidas por Rubén Kaplan en un reciente artículo.


Se podrá criticar la decisión de España de proteger in situ a los judíos en vez de proceder a la repatriación masiva. Se podrá criticar la política de frontera con Francia, que fue diversa a lo largo de toda la guerra, pero el hecho incuestionable es que España toleró la inmigración ilegal y que, salvo posible acciones individuales, España como tal no devolvió a los refugiados ilegales.

No sólo en la Segunda Guerra Mundial

No quisiera cerrar este artículo sin una coda, creo que muy interesante, con respecto a otras actuaciones de Francisco Franco en el tema judío. Decisiones que vienen a cuestionar seriamente la tesis de aquellos que difunden que la actuación española solo estuvo motiva por las presiones aliadas, fundamentalmente americanas, cuando la colaboración americana en este asunto fue muy pobre:


1º) En 1945 se permitió en España la actuación de la Agencia Judía, que trasladaba a los supervivientes de los campos de concentración a Palestina prohibida por las autoridades inglesas.


2º) En 1967 se ordenó a las legaciones en los países árabes que facilitaran pasaportes españoles o visados a los judíos. Franco en persona intervino ante Nasser para repatriar a un centenar de judíos detenidos.


3º) Cuando Marruecos incorporó Tánger y Tetuán se ofreció a los judíos allí residentes la posibilidad de instalarse en España lo que hicieron en Málaga.


Con todo ello vuelvo a cerrar este artículo con la misma frase que el anterior: Poco más se puede decir.


Francisco Torres García. Historiador

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