terça-feira, 21 de setembro de 2010

La droga es lo de menos

Y, de repente, saltó la espita. Felipe González reclama ahora un acuerdo internacional para legalizar el tráfico de drogas, tras ignorar este necesario debate durante los largos años que detentó el poder político. ¿Casualidad? Lo dudo. Los miles de muertos que cada año se está cobrando este negocio ilegal en México, país de uno de sus grandes amigos, el magnate Carlos Slim, explicarían el repentino interés del ex dirigente por esta espinosa cuestión.


Pero, más allá de las intenciones no declaradas de González, lo cierto es que sus palabras han logrado reavivar, aunque sea temporalmente, el debate sobre la conveniencia o no de legalizar ciertas sustancias hasta ahora prohibidas, como es el caso de la heroína, la cocaína o la marihuana, por citar tan sólo las más demandadas y conocidas.

Como suele ser habitual, los férreos defensores del prohibicionismo han reaccionado de inmediato alegando que la legalización desembocaría en un aumento sustancial de la demanda y, por tanto, de los problemas de salud asociados al consumo de drogas. Los amantes del intervencionismo parecen olvidar que el consumo de drogas ilegales ha crecido de forma constante en los países que lideran la denominada "guerra internacional contra el narcotráfico". Por otro lado, en los Países Bajos la legalización de la marihuana y sus derivados no se ha traducido en un crecimiento del consumo.

Por si fuera poco, cabe recordar que el encarecimiento de drogas legales como el tabaco y el alcohol y las recientes restricciones a su consumo, venta y promoción han cosechado un rotundo fracaso. En España, el número de fumadores no ha descendido, y los jóvenes siguen practicando el botellón en las grandes ciudades cada fin de semana. Aun así, los prohibicionistas insisten en los mismos errores que se cometieron durante la vigencia de la Ley Seca, y no prestan la menor atención a los graves problemas y a las decenas de miles de muertos que causan el comercio (violencia asociada al narcotráfico) y el consumo (sobredosis) ilegal de drogas.

Sea como fuere, y más allá de los efectos que se derivarían de la legalización de este tipo de sustancias, en el trasfondo del debate subyace un elemento sustancial, un principio básico cuya vulneración representa un ataque a la libertad y el derecho de propiedad de los individuos. Y es que, en este ámbito, la pregunta clave es la siguiente: ¿es cada uno dueño de su propio cuerpo? De la respuesta que se dé a esta cuestión dependerá todo lo demás.

Si partimos de la base de que cada hombre es dueño de sí mismo, entonces convendremos en que es libre de hacer lo que estime conveniente con su cuerpo, siempre y cuando no dañe ni vulnere los derechos de propiedad del prójimo. En ese marco, sería libre de consumir drogas hoy ilegales como es hoy libre de consumir sustancias tanto o más nocivas, como el tabaco o el alcohol. Los prohibicionistas, al abogar por impedir o limitar al individuo el consumo de ciertas sustancias, niegan el derecho de propiedad del hombre sobre sí mismo, bajo el absurdo e hipócrita argumento de que son perjudiciales para su salud. En el marco prohibicionista, el Estado se arroga la potestad de determinar la composición de ciertos alimentos, siempre por nuestro bien, aunque en el fondo es por el suyo.

Si uno no es dueño de sí mismo, el Estado puede entonces dictarle cómo debe vestirse, o cortarse el pelo; movilizarle y sacrificarle en beneficio de la nación, del líder de turno o de "la sociedad"general". Puede incluso determinar la conveniencia o no de exterminar a gente por sus características físicas o raciales, o por su estado mental...Y es que, si tu cuerpo no es tuyo, ¿a quién pertenece? Las drogas, por tanto, son lo de menos.

© Instituto Juan de Mariana

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