quarta-feira, 8 de setembro de 2010

¿Qué hay de nuevo en" Nueva historia de España"?

En ocasiones se me ha criticado la arrogancia de publicar mi libro como nuevo. Es posible, claro, una novedad importante en estudios especializados, pero ¿en un libro tan general de historia? ¿Acaso no son los hechos básicos sobradamente conocidos?


Ciertamente, es difícil encontrar hechos nuevos, incluso en estudios muy particularizados. Pero la cuestión aquí reside en el enfoque y en el análisis, y creo poder decir que, efectivamente, en ambos terrenos ofrece novedades el libro.

Podemos plantearlo de forma negativa: Nueva historia de España contiene una crítica, implícita o explícita, a la gran mayoría de las historias hoy más en boga. El enfoque difiere, por ejemplo, de los que el lector puede encontrar en Sánchez Albornoz o Américo Castro. Así, prescindo de la idea de herencia temperamental, tan importante en Sánchez Albornoz, para centrarme en la herencia cultural, menos etérea y más definitoria y analizable. La herencia cultural sirve mucho mejor, además, para echar abajo por completo las tesis de Castro y acabar con entelequias como la España musulmana, expresión contradictoria y sin sentido pero utilizada de forma casi generalizada, desde el mismo Albornoz hasta, como he expuesto recientemente, Manuel Fernández Álvarez. Solo si empleamos el término España en un sentido meramente geográfico, esto es, ahistórico, podemos hablar de la España islámica, o de la España prerromana. Creo que la cuestión no es anecdótica o secundaria, sino definitoria en alto grado.

Igualmente, mi consideración sobre el reino hispano-godo y sobre las razones de su caída se opone a las habituales. Hoy leemos con frecuencia que España no existe, como nación política, hasta el siglo XIX, o el XVIII, o el XV, a gusto de cada cual. Realmente la nación política española se forja a partir de Leovigildo, y sin este dato crucial la historia posterior, no solo la Reconquista, se convierte en un galimatías.

La Reconquista se inspiró y tuvo por objetivo general rehacer la España anterior, España propiamente dicha, cosa que terminó lográndose en el siglo XV, aunque no por completo, pues Portugal quedó al margen. Las circunstancias de la empresa fueron tan desfavorables, que lo más lógico habría sido que España no volviera a unificarse y quedara como un revoltijo de pequeños estados, algo parecido a los Balcanes. El hecho de que no fuera así demuestra el extraordinario valor espiritual y político de la herencia hispanogoda.

La inmensa mayoría de los historiadores, hoy, apenas presta atención a esta clave, sin embargo decisiva. Por el contrario, leemos absurdos, sobre todo en Andalucía, según los cuales casi era más natural la imposición de Al Ándalus sobre un estado hispanogodo que quieren imaginar rechazado por la población. No hace falta subrayar la desvirtuación y la intencionalidad política del disparate. Creo haber desbaratado de forma contundente tales versiones, realmente disparatadas a poco que se consideren racionalmente los hechos básicos.

Asimismo, creo haber echado por tierra las historias tan frecuentes sobre un siglo XVI lleno de miseria, opresión y genocidios, sobre la conquista de América, la Inquisición, la expulsión de los judíos, etc. Cierto que en ello he sido poco original, pues otros historiadores han puesto de relieve muy documentadamente la incoherencia y falta de lógica de las versiones que aún siguen predominando; pero esas refutaciones apenas han llegado al gran público y raramente han sido expuestas en conjunto, sino por estudios parciales.

Los análisis de Nueva historia difieren de los hoy predominantes también en cuanto al siglo XVIII, a la interpretación del XIX y la Revolución industrial en España, los nacionalismos, la Restauración y la evolución del siglo XX hasta nuestros días. Debe señalarse a este respecto la profunda influencia del marxismo en nuestra historiografía. Actualmente, pocos historian al modo marxista de forma abierta y globalizadora, al estilo de Pierre Vilar o Tuñón de Lara, pero la concepción marxista sigue presente, de forma diluida, en la mayoría de las historias que se escriben. También en la historiografía de derecha: baste señalar esa especie de marxismo poetizado que rezuma la Breve historia de España de García de Cortázar, por citar un caso entre muchos.

Creo que en casi todas las cuestiones clave de nuestra historia he aportado nuevos enfoques –por supuesto debatibles–, o bien enfoques ya existentes pero poco conocidos. Otra particularidad del libro es la exposición de nuestra historia en constante relación con la europea, en especial la eurooccidental. Esto me parece de la mayor importancia, porque se ha solido tratar a España demasiado al margen del resto, lo cual ha causado mil desvirtuaciones sobre la "tibetanización", la "anormalidad", la "esterilidad y atraso", la "diferencia" –negativa– de España. Impresión que se desvanece al considerar las intensas relaciones y factores de comparación siempre presentes entre nuestro país y otros europeos. Por cierto, nuestra evolución ha sido muy diferente, "única", como ha escrito Stanley Payne. Pero una de las peculiaridades europeas es, justamente, la existencia de profundas diferencias entre sus naciones, sobre una base cultural común.

Quizá valga la pena continuar, en estas Cuestiones, examinando más en concreto muchas de estas novedades. Inútil es decir que las versiones más corrientes forman la base de políticas demagógicas y peligrosas, y que una grave carencia de nuestra clase política es el desconocimiento de la mayoría sobre el pasado de su propio país. Ignorancia que dudo se dé en naciones de nuestro entorno, al menos con la misma intensidad que aquí.

Pío Moa

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http://historia.libertaddigital.com

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