quinta-feira, 16 de setembro de 2010

Laicismo: una habitación sin vistas

Gregorio Peces-Barba
He leído este verano un artículo en el que se hacía referencia a otro con las enésimas declaraciones de Peces-Barba adorando la Modernidad y su hijo bastardo más famoso y actual: el laicismo, en su modalidad más agresiva y excluyente.


Una vez más, el profesor echaba espumarajos por la boca mentando a los creyentes. Empiezo a pensar, por la obsesión de este hombre con la Iglesia Católica, que más que un debate académico serio, del estilo del famoso Ratzinger-Habermas, lo que necesita es un exorcismo.

Bromas aparte, la trayectoria de Peces-Barba –como cara pública de otros muchos– es un buen exponente de lo que pienso se puede denominar con propiedad el irracionalismo postmoderno. Ya decía Chesterton que todo error es "una verdad enloquecida". Pues bien: este irracionalismo postmoderno ha generado que en ciertos ambientes académicos, en muchos ambientes políticos y en innumerables medios de comunicación –correas de transmisión de los anteriores– se trivialice al máximo el tema de la verdad, que es tanto como decir de la religión y, más propiamente, del cristianismo. Y, como los niños de la Logse-LOE ya no estudian Lógica, se permiten decir auténticas barbaridades con silogismos falsos en sus premisas o en sus conclusiones sin que nadie lo note.

Detalle de LA CREACIÓN de Miguel Ángel.

Como refutación a los falsos silogismos de Peces he recordado un antiguo libro de Luigi Giussani: El sentido de Dios y el hombre moderno. La primera parte recoge ideas que Giussani exponía en sus clases de Religión en un instituto de Secundaria milanés en los años 60. Las más sugerentes son las lecciones tituladas "El signo", "El Dios escondido" y "El ídolo". La segunda parte recoge las reflexiones más originales del autor sobre la situación cultural y social del momento, sobre los aspectos que frenan el desarrollo de una conciencia religiosa auténtica; hace una lúcida autocrítica del comportamiento del cristianismo y señala los factores que lo han debilitado como fuerza cultural relevante. Estos capítulos fueron escritos en los años 80, pero conservan una sorprendente actualidad.

Afirma Giussani que Dios "insinúa" el sentido de la realidad que es el mundo. El sentido de las cosas sería imposible de alcanzar al margen de la existencia de Dios. No se puede ignorar el perenne fenómeno de las exigencias humanas, inextirpables como búsqueda y afirmación del último porqué racional y urgencia existencial. Incluso un pagano como Sófocles, varios siglos antes de Cristo, en una de sus más bellas tragedias –Antígona– hablaba de "leyes no escritas" impresas en el corazón del hombre. También Sócrates lo intuyó claramente en el Fedón de Platón:

No me disgusta ciertamente morir, porque tengo la firme esperanza de que exista alguna cosa después de la muerte; algo que, según todas las creencias antiguas, es mucho mejor para los buenos que para los malos.

Aunque le pese a Peces y demás laicistas, la adhesión a lo divino nace desde tiempo inmemorial de una intuición del mundo como signo de un más allá, de una Trascendencia. Y esto vale tanto para los grandes genios intelectuales como para el más humilde salvaje de una tribu primitiva.

Giussani, al hablar de que el mundo, la Creación, es "signo" (es decir, algo que nos remite a otra realidad más profunda) de Dios, da la clave para su lectura: Dios, por la realidad de la existencia del mundo y las cosas, se propone, no se nos impone; es discreto; respeta la intimidad humana; y la intimidad humana que Dios salva presentándose bajo el signo del mundo es la libertad. El mundo muestra a Dios, pero para captarlo, para traducir el signo, hace falta una educación del espíritu que depende esencialmente de la libertad. Y la actitud en que la libertad debe educar el espíritu para saber captar a Dios en el mundo se resume en estas palabras: sentido de la dependencia; admitir que todo lo que vemos es criatura, hecho por Otro. Además, ese sentido de dependencia implica una doble actitud del espíritu: atención y aceptación; atención para saber tener una mirada abierta y aceptación para estar en disposición de recibir el dato sin presunción orgullosa. Este sentido de dependencia y esta capacidad de atención atónita y aceptación sencilla corresponden a las exigencias del Sermón de la Montaña: "Bienaventurados los que tienen hambre y sed (...), los limpios de corazón".

Todo esto explica que para unos la existencia pueda estar llena de indicios divinos y, en cambio, otros sofoquen el asunto sin mayor consideración. En realidad, no es un problema de inteligencia, sino que tiene que ver con la voluntad. Como afirma Giussani, se trata de un extraño "miedo de afirmar el Ser". Porque ese hiato entre la propia situación personal y la que reclama la razón en sus interrogantes últimos sólo puede salvarse poniendo en práctica esa capacidad enérgica de adhesión al Ser que es la libertad. La razón es conciencia de la existencia hasta llegar a su último porqué, exigencia de explicación total. Pero razonar para desentrañar el signo divino del mundo comporta un riesgo, y sin duda resulta menos arriesgado sofocar esas voces, esos signos, que dar el salto a la afirmación total, porque ello conllevaría consecuencias para la propia vida. Y es que, para ser coherente con su naturaleza, la razón está forzada a admitir la existencia de algo incomprensible; a admitir que, en la exigencia de explicación exhaustiva del mundo, intuye que la respuesta a los porqués últimos es un quid existente más allá de la propia experiencia, más allá de la posibilidad de comprensión. Surge así el concepto de Misterio. Como decía Tácito, es "aquel secreto que ven solamente por la reverencia".

En la segunda parte del libro, tomando como base los coros de La Piedra de T. S. Eliot, hace una afirmación capital sobre la Modernidad: "Los hombres hoy han dejado a Dios no por otros dioses, sino por ningún Dios; y eso no había ocurrido nunca". Es la misma idea que más tarde el entonces cardenal Ratzinger desarrollará en el memorable Discurso de Subiaco, pocos días antes de convertirse en papa, cuando llamó la atención sobre la profanidad absoluta que se estaba abriendo paso en Occidente, lo que resultaba profundamente extraño a la tradición religiosa de cualquier cultura en la historia de la Humanidad:

Sobre la estela de esta forma de racionalidad Europa ha desarrollado una cultura que, en una forma desconocida hasta ahora por la Humanidad, excluye a Dios de la conciencia pública, ya sea porque se lo niega del todo o porque su existencia se juzga no demostrable, incierta, y en consecuencia perteneciente al ámbito de las elecciones subjetivas, algo en cualquier caso irrelevante para la vida pública.

Giussani afirma que hoy hay un deliberado intento de sofocar el sentido religioso, de no hacerlo actuar como un factor existencialmente vivo, operante en la dinámica educativa y en la dinámica de las relaciones sociales, para congelarlo como un factor obsoleto. Ello determina una abrupta separación entre lo sagrado y lo profano. En definitiva, Dios, si existe, no importa. Y así, esta separación se convierte lentamente en lugar común de los doctos, se hace cultura dominante. Y mediante la educación estatal su contenido penetra el corazón y la mente de todo el pueblo, convirtiéndose en mentalidad social. Y cuanto más se extiende esa mentalidad, Dios no sólo se aleja más, sino que empieza a no ser tolerado si pretende intervenir en esos destinos de los que el hombre se cree dueño. Y Giussani, de nuevo, hace otra afirmación fundamental y profética: "El término que indica con propiedad esta concepción, una vez convertida en mentalidad social a través de una influencia cultural que se ha convertido en dominante mediante el poder político y la educación pública, es el de laicismo". Por eso, "el verdadero enemigo de una auténtica religiosidad no es tanto el ateísmo cuanto este laicismo, como profesión pública de que el hombre se pertenece y se basta a sí mismo".

Para explicar el origen de esta situación recurre a una interesante imagen de la razón ilustrada como si fuera una habitación: podrá ser todo lo grande que se desee, pero no dejará de ser un espacio cerrado. La razón entendida como medida de lo real es de hecho una prisión; declara que más allá de los muros de la habitación no hay nada. El hombre-medida-de-todas-las-cosas es un ser que se encierra en un limitado horizonte, haciendo imposible cualquier novedad en su vida. Lo que mi metro no puede medir, no existe. Cuando la razón se queda en habitación, destruye su fuerza y mortifica la aventura de la vida, que debería ser siempre descubrimiento y creatividad. En cambio, para la fe cristiana la razón no es habitación, sino ventana, es decir, espacio de ruptura del muro, posibilidad de otear una realidad en la cual dicha mirada nunca termina de entrar del todo. La imagen de Giussani me ha sugerido esta definición de laicismo: "una habitación sin vistas".

El autor realiza una vigorosa invitación a abrir las ventanas de la habitación, anticipando la idea central del discurso de Benedicto XVI en Ratisbona y su apremiante llamada a los que se creen depositarios de los logros de la Ilustración a superar esa "autolimitación moderna de la razón" y a "ensanchar la razón", para que esa "verdad enloquecida" no termine de ahogar al hombre de este siglo XXI.

En ese sentido, es también muy pertinente la descripción que hace Giussani de los efectos que la razón mutilada o voluntariamente encerrada en su habitación sin vistas ha producido en el hombre actual. En primer lugar, esa "limitación impuesta por la razón misma a lo que es empíricamente verificable", curiosamente, ha desarrollado un "síndrome del optimismo" que se afirma con certeza dogmática. En segundo lugar, se puede hablar de una "antropología de la disolución", con una desesperación ética que es palpable en la sociedad, una destrucción de la utilidad del tiempo; y, finalmente, una profunda soledad. Y algo peor: el único dique realista que la humanidad de hoy sabe poner a su propia disolución es el Estado; el Estado como fuente de todo.

Citando a Althusser, termina diciendo que, en última instancia, admitir o no a Dios, con las consecuencias que ambas decisiones conllevan, es una opción personal. Pone el símil de un sitio en penumbra: si volvemos la espalda a la luz, la penumbra es el comienzo de la oscuridad, de la nada; si se da la espalda a la oscuridad, la penumbra es el comienzo de la luz. Se trata de ver qué posición se decide asumir. En todo caso, sólo una de las dos es realista.

Al hilo del artículo de Peces-Barba, he recordado algunos comentarios que en la prensa italiana se produjeron cuando unos émulos de las ideas del ex rector impidieron al Papa pronunciar un discurso en La Sapienza. En particular, el del columnista Ernesto Galli della Logia, que escribió un durísimo alegato titulado "Laicismo obligatorio":

Existe la idea de que, en una democracia que quiera de veras serlo, la religión debe ser excluida de cualquier espacio público; de que existen orientaciones culturales e ideales –y las religiosas serían las primeras de entre ellas– que son radicalmente incompatibles con la sociedad democrática y con su ethos público; y de que, por tanto, en la Universidad puede tener cabida exclusivamente aquello que se autodefine como librepensamiento. Idea inquietante ésta, que conduce inevitablemente a un obligatorio laicismo de Estado, de pública preferencia social por la irreligiosidad, elementos éstos en los que la auténtica tradición democrática se ha cuidado mucho de reconocerse, al percibir en ellos, justamente, una más que probable antecámara del despotismo.

Aunque no cabe duda de que, "tras la caída del Muro, la Weltanschauung que proporcionaba el marxismo ha revelado que éste no era más que otra forma de nihilismo, de modo que el nihilismo parece hoy inevitable y penetra capas sociales que de por sí no se plantean preguntas filosóficas" (del prólogo del libro), muchos creemos que en este siglo XXI estamos asistiendo ya al desmoronamiento del estrecho racionalismo ilustrado y de las rupturas post-modernas.

El malestar del hombre encerrado desde hace casi cuatro siglos en la habitación sin vistas está empezando a palparse por doquier, e intelectuales venidos de diversas corrientes del agnosticismo –véase el caso emblemático de Marcello Pera, por ejemplo– empiezan a abrir la ventana, a mirar afuera con ojos y mente sin prejuicios y, ¡oh casualidad!, a acercarse con respeto y admiración, si es que no lo abrazan directamente, al Dios de Jesucristo.

Por eso, las palabras de Peces-Barba no mueven ya sino a compasión por el personaje, que está quedándose, como tantos otros intelectuales, como un resto arqueológico, o, mejor aún, como una estatua de sal.

Había terminado esta reseña cuando ha saltado la polémica por el libro de Hawking que enlaza perfectamente con lo aquí tratado. Pendiente de leerlo en su momento, hay ya muchas y variadas reacciones, pero creo que, por lo que han avanzado los medios, podríamos decir que el agotamiento filosófico de la Postmodernidad está llevando a un viraje desesperado hacia la Ciencia, para que ésta haga una reforma de la habitación. Parece que ahora nos van a ofrecer un espacioso loft, pero me temo que seguirá siendo igual de opaco.

LUIGI GIUSSANI: EL SENTIDO DE DIOS Y EL HOMBRE MODERNO. Encuentro (Madrid), 2005, 160 páginas.

Victoria Llopis

http://libros.libertaddigital.com

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