segunda-feira, 20 de setembro de 2010

Nuestro amigo Ahmadineyad

El Irán de Ahmadineyad ejecutó el año pasado 350 penas de muerte. Casi un asesinato al día. Por los más bárbaros procedimientos —que van de la pública lapidación al público ahorcamiento en grúas— el crimen sigue siendo el espectáculo favorito de los piadosos dirigentes de Qom y Teherán. Porque hablamos de asesinatos. De Estado. Pero asesinatos. Algo más de cuatro mil homosexuales han sido ejecutados por el régimen iraní en sus años de ominosa «revolución islámica». Ocho mujeres y dos hombres aguardan hoy el momento de ser lapidados a muerte por sus impúdicas prácticas sexuales. Veintinueve periódicos han sido clausurados. Ciento treinta periodistas se pudren en cárceles sin garantía alguna; otros sesenta viven desterrados.

No sé qué me horroriza más. Si la barbarie de gentes capaces de desplegar tales dosis de crueldad en el nombre de un Dios genocida, o si la de quienes en Occidente callan. Irán es aliado principal de España en la siniestra capitulación a la cual llaman Alianza de Civilizaciones. No carece de lógica, pues, que doña Bibiana Aído guarde, desde la mamandurria clamorosa de su ministerio «de igualdad», un silencio más que obsceno sobre este despotismo que castiga a morir por lapidación a sus mujeres —al cabo, animales domésticos propiedad de sus amos— adúlteras. Más duro se me hace que, con la sola excepción del colectivo Colegas, ninguna de las grandes asociaciones para la legítima defensa de los derechos homosexuales en España haya declarado una guerra cívica sin cuartel al mayor asesino homófobo del mundo actual, Ahmadineyad, y a su sacerdotal República Islámica iraní.

Admiro por eso a ese escueto colectivo ciudadano que llamó ayer a manifestarse en Madrid contra el que es hoy el régimen más bárbaro, el más inaceptable, del planeta. También el más peligroso. Porque los ojos cerrados del PSOE de Rodríguez Zapatero y su asombrosa legión de paniaguados no abolen la realidad: la tiranía teocrática que pastorea Irán esta a punto de producir sus primeras bombas nucleares. Posee ya la tecnología necesaria para instalarlas en misiles de alcance medio. Y ha dejado siempre claro —los teócratas son asesinos, pero no mentirosos— su intención de utilizar ese armamento para destruir Israel. Que una respuesta israelí pudiera, a su vez, devastar Irán, poco importa a los clérigos. Los creyentes, dicta el Corán, «matan y mueren». En el nombre de Dios. No son, en realidad, ellos quienes matan. «Es Dios». Y el mandato de borrar Israel del mapa viene de Dios directamente. Pero nadie se engañe, si Palestina es waqf, esto es, don intemporal e irreversible del Dios de Muhammat a sus fieles, por cuya salvaguarda deben éstos morir y matar si es necesario, España (Al-Ándalus significa España) lo es en la misma medida. Y no hay un solo manifiesto islamista que reivindique Granada menos que Jerusalén.

Ahmadineyad hablará el día 23 ante la asamblea suprema de dictaduras del mundo: la ONU. Los firmantes del manifiesto contra la bomba iraní piden algo mínimo y muy sencillo: que los minoritarios ministros de exteriores de países democráticos abandonen la sala cuando el asesino hable. También Moratinos. O que carguen con su dosis alícuota de crimen. Y por ella respondan.

Gabriel Albiac

www.abc.es

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