sexta-feira, 3 de setembro de 2010

Tauromaquia - De la tortura considerada como una de las Bellas Artes

"La tortura no es arte ni cultura" es uno de los leitmotiv favoritos del movimiento antitaurino. Lo interesante del axioma es que plantea una refutación que apunta a una de las líneas de flotación del argumentario de los animalistas: ¿y qué pasa si resulta que el toreo es a la vez tortura, arte y cultura?


Al director de La Fura dels Baus se le subió a la cabeza el jolgorio por la prohibición catalana de las corridas de toros y conjeturó que, hoy, Picasso, en lugar de minotauros, pintaría discotecas techno. La estupidez sería una anécdota si no mostrase una inquietud profunda entre los que identifican el toreo con la tortura: el compromiso estético de los más grandes artistas españoles con la tauromaquia. Todavía peor que la boutade patética sobre Picasso es la torticera interpretación que he leído en el blog de Ignacio Escolar del "Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías", según Escolar una diatriba de Lorca contra la barbarie taurina. En fin, como apuntaba Borges, siempre habrá alguien que sostenga que la Ilíada es obra de un humorista troyano. Y mira que le habría sido fácil al hermeneuta progre documentarse un poco sobre la afición taurina de Lorca: "El toreo es la única cosa seria que queda en el mundo", claro que dijo. Por cierto, a la troupe antitaurina la retrató con trazo firme, ya entonces pintaban bastos para el arte taurino, el mismo Sánchez Mejías, cuando estableció, a cuenta de la presunta crueldad del espectáculo, que los "nuevos sentimentales" son a la sensibilidad lo que el nuevo rico a la fortuna.

El caso es que el mundo de la cultura contemporánea se ha manifestado mayoritariamente a favor del arte de la tauromaquia, como muestra la edición que ha hecho el poeta Carlos Marzal en Sentimiento del toreo de los escritos de la vanguardia poética representada en los nombres de Vicente Gallego, Luis Alberto de Cuenca, Francisco Brines, Felipe Benítez Reyes, Andrés Trapiello... La importancia de este apoyo del mundo de la cultura al toreo reside en que es el factor estético el que dota a la actividad taurina de un valor artístico, una dimensión simbólica, un carácter sagrado y ritual que lo hace inmune a la crítica ética. Al menos, mucho más que otras actividades en las que también se sacrifican animales y que están menos justificadas en las sociedades avanzadas, en las que las necesidades simbólicas son mucho más importantes que las materiales. Seguro que usted, estimado lector, preferiría dejar de comer carne antes que renunciar a leer una palabra en lo que le quedase de vida...

Una vez subidos a los hombros de gigante de Góngora, Goya o Pere Gimferrer, podemos hacer un chequeo de los conceptos estéticos sobre los que se asentará la teoría del toreo en el siglo XXI. Y es que, en la época de las performances, los happenings y el action art, los toreros tienen más capacidad que nadie para entroncar la tradición con la vanguardia, a Cúchares con Duchamp, a John Cage con Curro Romero: precisamente del paralelismo entre estas dos figuras escribía Ignacio Collado de la Peña en la extinta revista Boletín de Loterías y Toros:

Cage construye con el azar, con la indeterminación, importa e interpreta de la cultura oriental, del Zen. Romero es zen en su estar, en la aceptación de sus contradicciones. El azar forma parte de cada faena. Los dos actúan en extrema libertad en el presente y con naturalidad.

Una extrema libertad, precisaríamos, dentro de un combinado hecho de azar, sin duda, pero también de necesidad; de capricho y de rigor; de pautas y patrones hechos estallar por la sorpresa y la incertidumbre. Si la performance es la actividad estética contemporánea en la que el artista realiza arte con su propio cuerpo, cambiando el tradicional objeto pasivo (pintura, escultura) de la acción artística por el activo, el toreo es la performance trágica por excelencia. Y de las más complejas, pues son dos los sujetos que intervienen: el torero y el toro, enfrascados en un duelo de ballet improvisado, dibujado según la matemática de la teoría del caos; de ahí que el toreo entronque con lo más abstracto de la danza contemporánea, donde el ritmo y la expresividad se aúnan con una técnica suprema para conseguir la liberación total del alma en el cuerpo.

Señalaba el antropólogo Lévi-Strauss que en ninguna cultura se ponía nombre a los animales destinados a ser sacrificados para proporcionar alimento. El caso de los toros bravos sería una excepción. Pero no es tal. Porque la función principal de los toros bravos no es proporcionar alimento, sino coparticipar con el torero en una actividad simbólica. Y es que dos no torean si uno no quiere. Por ello, el culmen de una gran faena no es la muerte del toro, sino con su indulto. El mejor toro no es el toro muerto sino el que, vivo y coleando, se regala una vida a cuerpo de rey semental tras una gran tarde en la que ha hecho posible, junto al torero que por una vez no será matador, la creación de belleza. Por eso el toreo es un arte de vida, aunque consciente de su mortalidad/caducidad. Arte efímero.

El toreo, desde esta perspectiva, para nada entra en contradicción con el espíritu racionalista de la Modernidad; todo lo contrario: es la mejor expresión de la simbiosis entre razón y emoción, entre el análisis frío y la voluntad de poder. Y, sobre todo, cumple como ningún otro arte la función catártica, tanto liberadora como cognoscitiva, que Aristóteles decía era el sello inconfundible del arte auténtico. Porque únicamente en el desafío a vida o muerte entre toro y torero, entre Manolete e Islero, se percibe la simbiosis entre Eros y Thanatos, entre Apolo y Dionisos, que constituye la esencia de una actividad artística intempestiva que no es entretenimiento ciego, una distracción vacía.

Como happening, es decir como manifestación artística participada por los espectadores, las corridas de toros son ese acontecimiento popular y democrático y una representación teatral sin trama pero sostenida por un suspense que puede llegar a ser insufrible: y quien haya visto a José Tomás o a Sebastián Castella realizar estatuarios sabrá de lo que hablo.

Cuando Thomas de Quincey escribió Del asesinato como una de las bellas artes, lo hizo al paradójico modo, como cuando Swift abogó por comerse a los niños de Irlanda. Aquí, sin embargo, hemos defendido que la tortura, transmutada por el talento y el valor en toreo, puede ser concebida como una forma de estética en movimiento. El arte del birlibirloque sería un arte de acción en el que se da un choque de legitimidades perfecto entre el dolor físico y la recreación simbólica. Demasiado fuerte para una hora tan blanda, tan de nuevos ricos y novísimos sentimentales. No hay lugar para el toreo, los toros y los toreros en la época del nietzscheano "el último hombre", que parpadea ante todo lo grande y misterioso.

Santiago Navajas

Pinche aquí para acceder al blog de SANTIAGO NAVAJAS.

http://findesemana.libertaddigital.com

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