quinta-feira, 30 de setembro de 2010

Atlas de la División Azul

Como escribe Stanley Payne en su prólogo al Atlas de la División Azul, de Carlos Caballero Jurado, la comandada por Agustín Muñoz Grandes es, probablemente, la más famosa de las innumerables divisiones que participaron en la II Guerra Mundial (pese a que, paradójicamente, España no entró oficialmente en guerra).


La fama de la División Azul obedece a muchas causas. Su comportamiento militar fue excelente, comparable al de las mejores unidades de cualquiera de los bandos –si bien otras divisiones participaron en acciones más espectaculares o decisivas y con mayor empleo de la fuerza–. Además, recibió una atención especial de la propaganda de los beligerantes, por cuanto su intervención parecía un paso hacia la entrada de España en la contienda, aunque en realidad se trataba de todo lo contrario. Los soviéticos se ocuparon mucho de ella, y pretenderían luego acusarla de crímenes de guerra. Los alemanes la ensalzaron, y dieron relevancia nacional a sus ceremonias de juramento; el propio Hitler la alabó. La BBC realizaba una activa propaganda informativa contra ella, pues Inglaterra deseaba perderla de vista cuanto antes. Por alguna razón no muy clara, y desde luego afortunada, Stalin no aprovechó para declarar la guerra a España, algo que seguramente temían los ingleses, por la embarazosa posición diplomática y política en que quedarían y por cómo afectaría ese estado de cosas a Gibraltar. No es de extrañar que, con todas estas circunstancias, la División Azul haya generado una bibliografía ya considerable, historiográfica, memorialística, también literaria o novelística, y con visos de seguir creciendo.

El libro de Caballero da cuenta, con abundante material gráfico, de las circunstancias y modos como se organizó la unidad; de su larga y famosa marcha a pie en dirección a Moscú, donde esperaba participar en un desfile de la victoria que nunca se produjo; de su desvío al frente de Leningrado, lo que representó una decepción y en cierto sentido un perjuicio para sus componentes –por el clima, tan distinto del español–, aunque también les supuso la inestimable ventaja de disfrutar de una posición relativamente estable y de unas instalaciones aceptables –por el contrario, las tropas alemanas hubieron de soportar, en su mayoría, unas marchas y contramarchas infernales–. Caballero se detiene en los memorables y durísimos combates en que participó, en su disolución y en los españoles que siguieron luchando al lado de la Wehrmacht hasta los últimos estertores del III Reich; y también en la odisea de quienes cayeron prisioneros de los soviéticos.

Las grandes unidades italianas, rumanas y húngaras –también de otros países–participaron en calidad de aliadas de Alemania; este no fue el caso, propiamente, de la División Azul, pues Franco no entró oficialmente en la contienda, y aquella, aunque equipada íntegramente por los alemanes, estuvo siempre comandada por españoles. Gracias a los relevos, estuvo siempre menos incompleta que las germanas, que después del fracaso ante Moscú –que estuvo a punto de convertirse en catástrofe general– debieron luchar con plantillas restringidas.

Había una diferencia crucial entre la actitud de los divisionarios españoles y la de los alemanes. Los primeros iban a devolver la visita que los soviéticos nos hicieron durante la Guerra Civil, y creían de buena fe que iban a liberar a los rusos de la opresión comunista. Prueba de ello es la benevolencia con que, en general, trataron a la población, y los crímenes de guerra que les achacó la propaganda staliniana fueron pura fantasía. De hecho, los españoles que han ido recientemente a los escenarios de la lucha para localizar restos y cementerios han sido bien acogidos por los paisanos de más edad, y por los militares. No era para los divisionarios una guerra de conquista, como sí lo era para los alemanes, en especial para los nacionalsocialistas.

Como en todas estas acciones bélicas, queda en el aire la pregunta: ¿para qué sirvió todo aquel esfuerzo, sacrificio y derramamiento de sangre? Claro que, ampliando el radio de la cuestión, siempre cabe preguntarse: ¿para qué sirve la vida?, ¿qué sentido tiene? Sin entrar en disquisiciones metafísicas, puede decirse que la División Azul sirvió como pago por la ayuda alemana en la Guerra Civil; contribuyó, aun si en pequeña medida, a frenar el avance soviético, al que impuso un pesado tributo, y, de forma indirecta, ayudó a impedir una posterior invasión aliada de España, invasión con la que contaba todo el mundo después de la derrota germana: tras su desempeño en Rusia, se hizo general la idea de que la conquista de España no sería un paseo militar, pese al armamento obsoleto de su ejército, y podía crearse en la Península un avispero muy peligroso para la estabilidad de una Europa Occidental en que los comunistas emergían armados y con gran poder.

Imaginan algunos que si hubieran invadido entonces España, los anglosajones habrían impuesto una democracia. Lo más probable es que hubieran impuesto una nueva guerra civil. Y olvidan que en el 36 nadie luchó por la democracia, pues luego de la traumática experiencia de la república no había prácticamente demócratas en España. Por lo pronto, los únicos que se apresuraron a organizar una resistencia a Franco, con la perspectiva de un cambio de situación desde 1944, fueron los maquis comunistas. Grandes demócratas, como es bien sabido. Los liberales hablaron por boca de Marañón: "¿Cómo poner pegas, aunque las haya, a los nacionales?". La División Azul queda, de un modo u otro, como una gran gesta española en el siglo XX.

CARLOS CABALLERO JURADO: ATLAS DE LA DIVISIÓN AZUL. Susaeta (Madrid), 2010, 252 páginas.

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