quarta-feira, 12 de agosto de 2009

Heliocéntrica De la Vega

La vicepresidenta De la Vega
La vicepresidenta De la Vega ha confirmado recientemente su convicción de que el cambio climático es una de las mayores amenazas a las que se enfrenta la humanidad y ha aprovechado, de paso, para arrear un mandoble a aquellos que muestran algún grado de escepticismo sobre el asunto. "Negar el cambio climático –dijo– es como negar el heliocentrismo en el siglo XVI".


La comparación redunda en la idea tan extendida de que cualquier forma de disidencia ante la postura oficial climática (sea la negación total del problema o una mera matización sobre algunas de sus vertientes) es de todo punto irracional. Es decir, que aquellos que pretendan discutir las tesis del IPCC, por ejemplo, corren el riesgo de ser equiparados a meros exponentes de un pensamiento acientífico, inquisitorial y rancio.

Cierto es que algunos escépticos del asunto climático podrían encajar en tamaña definición. Pero me preocupa más el nada casual recurso al heliocentrismo de la vicepresidenta. Con él De la Vega nos quiere convencer de que en cuestiones de calentamiento global no se discute y quien lo haga será juzgado por la historia como lo fueron quienes llevaron a la hoguera a la obra de Copérnico después de 1543. Se olvida nuestra gobernanta, sin embargo, de que en ciencia se discute todo, absolutamente todo; y ahí reside su poder como el instrumento racional más poderoso que hemos sido capaces de inventar. Por discutir se discute hasta el heliocentrismo. Porque, he aquí la sorpresa, Copérnico estaba equivocado.

CopérnicoLa idea que hoy entendemos como Teoría Heliocéntrica fue propuesta por primera vez por Aristarco de Samos en el siglo IV antes de Cristo. Él fue pionero en darse cuenta de que la Tierra es la que gira alrededor del Sol, y no al revés como induce a pensar la visión del movimiento solar sobre nuestras cabezas.

Pero todos sabemos que el gran impulso a esta teoría tardaría más de mil años en llegar y se le debe a De Revolutionibus Orbium Coelestium, la obra de Nicolás Copérnico que pasa por ser uno de los tratados más influyentes en la historia del pensamiento.

La nueva visión del cosmos que arrojó Copérnico es, sin duda, una de las bases sobre las que se asienta el avance de la física hasta nuestros días. Pero es sabido que contenía mayúsculos errores. El sabio renacentista propuso que el Universo tenía forma esférica y que los planetas giraban alrededor del Sol en órbitas circulares. Ambas suposiciones hoy sabemos que son falsas, pero parecen minúsculas equivocaciones comparadas con el fallo principal copernicano. Y es que Don Nicolás en su modelo cosmográfico se limitó a desterrar a la Tierra del centro universal para situar en él al Sol.

El ciudadano de hoy sabe que no sólo el Sol no es el centro del cosmos, sino que el cosmos no tiene "centro" alguno. Pero para llegar a esta obviedad fue necesario un largo camino científico de discusión y afinación de las tesis.

A nadie se le ocurriría acusar a un físico de "negacionista del heliocentrismo" por asegurar que el Sol no es el centro del Universo, por recordar que Copérnico también podría equivocarse. Afortunadamente en ciencia toda tesis tiende a ser mejorada.

El Big Bang es, hoy por hoy, el mejor modelo del que disponemos para explicar la evolución del Cosmos. Se suele decir que se trata de una explosión que acaeció hace unos 15.000 millones de años. Pero el término "explosión" no es del todo acertado. Una explosión requiere de un punto inicial central a partir del cual se produce la expansión (similar a las ondas del estanque sobre el que arrojamos un guijarro). ¿Ocurre así con el Universo? En realidad no. El Big Bang no pudo ocurrir en un lugar central por la sencilla razón de que en ese momento no había lugar alguno: no existía aún el espacio. Aquel comienzo supuso el nacimiento del tiempo y el espacio y, en realidad, tuvo lugar en todas partes a la vez. Muchos conceptos físicos como éste son difíciles de entender por nuestras mentes de Homo sapiens. Pero el nacimiento del cosmos se parece más a un globo fláccido que empezara a inflarse al mismo tiempo por todos sus puntos que a una explosión.

Teoría heliocéntricaLa gran paradoja es que, aparentemente, cualquier punto del espacio es su centro. Por ejemplo, si pudiéramos viajar fuera del cosmos y verlo desde lejos encontraríamos que hay tanto universo a un lado de la Tierra como al otro lado. ¿Quiere eso decir que la Tierra está en el centro de todo? No. Porque si hacemos el mismo ejercicio con cualquier otro planeta, estrella, galaxia o mota de polvo interestelar nos dará el mismo resultado. El espacio tiene infinitos "centros".

Es más fácil de entender si volvemos a la comparación del globo. Imaginemos que un globo de goma se han pegado docenas de mosquitos. Desde cualquier punto de la superficie, cada mosquito creará estar en el centro de su globo. Cuando éste se infla, todos los mosquitos se separan de todos los demás haciéndole sentir una vez más a todos que se hallan en el centro de la expansión.

El cosmos, que es curvo, se comporta como la superficie bidimensional del globo: es imposible hallar su centro. Aunque Copérnico creyó haberlo encontrado.

La fértil contraposición de ideas, la impenitente insatisfacción crítica, el escepticismo y la alergia a los dogmas son la sal de la ciencia. Negar el que el Sol es el centro del cosmos fue tan posible y necesario como lo es hoy poder negar algunos postulados ecolarmistas. ¿Y si descubrimos, por ejemplo, que el cambio climático no es la mayor amenaza a la que nos enfrentamos en este mundo donde mueren 3.000 niños de malaria al día? ¿Y si hallamos que el mejor modo para frenar el calentamiento no es embarcarnos en la locura del protocolo de Kyoto? ¿Y si resulta que el transporte y el confinamiento de CO2 es una alternativa más razonable que cortar de raíz las emisiones? Los científicos que propongan estas dudas, ¿serán tachados de inquisidores?

A veces, hay personas que creen haber hallado el centro del universo, y son ellos mismos.

Jorge Alcalde
www.libertaddigital.com

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