terça-feira, 11 de agosto de 2009

John F. Kennedy y los nuevos 007

Coincidiendo con el 40 aniversario de la primera llegada del hombre a la Luna, la NASA piensa enviar dos sondas espaciales para que estudien las condiciones actuales de nuestro satélite con la intención de analizar un posible regreso humano. El primer viaje a la Luna, la mítica aventura del «Apolo 11», permitió a Neil Armstrong convertirse en el primer humano que pisó la polvorienta superficie del satélite en un cálido día de julio de 1969. Seguro que muchos de los lectores todavía recuerdan la emoción y el sentido de participar en uno de los momentos históricos más trascendentales mientras contemplaban las imágenes por televisión. El último alunizaje tuvo lugar en diciembre de 1972 por la tripulación del «Apolo 17». Se habla de que el «Apolo 11» supuso el principio de la era espacial, una respuesta que a la que se vio obligado el mítico presidente Kennedy como respuesta al shock que supuso en la sociedad americana el programa soviético «Sputnik»: los primeros satélites espaciales, y muy especialmente el segundo, en el que la famosa perrita Laika viajó al espacio. La misión duró más de cinco meses, y los rusos hicieron creer que el animal había sido monitorizado durante ese tiempo y alimentado en el espacio. Hoy sabemos que el animal murió a las pocas horas del despegue debido al estrés y el calor que se produjo en el interior de la nave. Pero las noticias difundidas por el aparato propagandístico soviético en 1958, obligaron a Kennedy a iniciar el proyecto para mandar la imaginativa expedición a la Luna.

Se afirma que el presidente John F. Kennedy se identificó con la mítica figura creada por Ian Fleming, el agente británico 007, lo que no es de extrañar, pues a todos los jóvenes, y a los no tan jóvenes, nos ha ilusionado la idea de ser un héroe, que no sólo es invencible sino también atlético y bien parecido, y, sobre todo en sus primeras películas, elegante y capaz de seducir a mujeres de ensueño. Quizá por ese reconocimiento al héroe Kennedy creó los llamados «boinas verdes», cuando durante una visita a Fort Bragg, para inspeccionar las instalaciones y las tropas de las fuerzas especiales del Ejército de los Estados Unidos, las autorizó a utilizar esa prenda como reconocimiento a su labor y distintivo frente al resto del ejército. Como gesto de agradecimiento y apreciación por concederles su petición, las fuerzas especiales nombraron su escuela de entrenamiento «Centro de Guerra Especial John F. Kennedy».

Pero James Bond no sólo era un ídolo para el presidente americano. Representaba muchas de las aspiraciones de los occidentales, de modo que toda clase de artilugios fueron incorporados paulatinamente a las películas de 007, como demostración de que la nueva tecnología avanzaba rápidamente, incluidos los robots, que también se iniciaron en esa época con un aspecto cada vez más real.

Pero, sobre todo, lo que ilusionaba e ilusiona y mucho a todos son los coches de 007. Vehículos cada vez más sofisticados y capaces de hacer maravillas. Los coches se han convertido en la civilización contemporánea en un símbolo del status. Quizás eso explica el interés de algunos, desde luego demasiados, que por sus puestos, bien sean en entidades privadas financieras tales como bancos o cajas de ahorro, bien en ciertos puestos o cargos oficiales, como se ha desvelado recientemente, pueden obtener no sólo grandes emolumentos, sino grandes y lujosos coches. Si lo de los salarios debería regularse, como está haciendo luchando por conseguir el presidente Obama, los regalos de vehículos fastuosos, algunos de tan «módicos precios» que podrían alimentar a varias familias durante varios años, sencillamente debería prohibirse.

Todos esos coches llenos de sorpresas y toda clase de mecanismos de protección y lujo no se compran como instrumento de transporte, sino que estimulan el ego de los usuarios, que, en cierta forma, se identifican con los héroes como 007. Así, no es de extrañar que todos los días leamos muchos ejemplos de gratificaciones con coches caros, que además siguen contaminando por el excesivo peso y cilindrada del vehículo, cuando en realidad, por sus cargos y responsabilidades públicas, al igual que las entidades de crédito, deberían preocuparse fundamentalmente por el medioambiente y por ahorrar en estos tiempos de crisis.

También es sorprendente el énfasis en la compra inducida, por fuentes gubernamentales, de más vehículos utilitarios, cuando muchos, entre los que me incluyo, pensamos que lo que se necesita son más y mejores transportes colectivos. Claro es que eso reduciría el número de vehículos que permitan cumplir el sueño de ser los nuevos 007, pero al menos serán más lógicos y respetuosos con el medioambiente. Además, los coches que usaba 007 y otros parecidos, preferidos sobre todo por los nuevos príncipes tanto económicos como políticos, por las velocidades que pueden alcanzar y la propensión de quienes los usan de competir en las carreteras para demostrar a los demás su pericia para conducir a altas velocidades, aumentan la probabilidad de sufrir accidentes. Desde luego, no podemos estar orgullosos de nuestro récord diario de accidentes y muertes en las carreteras.

Al menos parece abrirse un soplo de esperanza a raíz de las declaraciones realizadas el 28 de mayo por la ministra de Medio Ambiente y Medio Rural y Marino, Elena Espinosa, quien criticó las ayudas de la Generalitat de Cataluña al automóvil porque efectivamente cree que ese plan beneficia el empleo de los coches más contaminantes.

Y volviendo a las películas de 007, permítanme una reflexión sobre la sociedad actual, reflejada en la evolución del personaje. Las primeras, con Sean Connery, eran simples historias de espías y fantasías del final de la guerra fría. La incorporación de Roger Moore supuso una mucha mayor dosis de sentido del humor e irrealidad: al fin y al cabo los setenta y ochenta fueron la época de los antihéroes. Luego las historias se hicieron más elegantes y últimamente las aventuras de 007 se han convertido en una vulgaridad sin sentido del humor y de evidente mal gusto. Claro está que esa es la tónica actual en la mayoría de espectáculos de entretenimiento. Por ejemplo, en la última estrenada en España, con título de «Quantum of Solace», robado de una de los cuentos del libro de Fleming «For your eyes only» con el que es la única relación que mantiene. La película, que se proyectó en varios lugares del país al mismo tiempo, es de tal brutalidad y falta de elegancia, que logró que, al menos durante su estreno en Valencia, varias personas, incluido yo, nos saliésemos hacia la mitad.

Finalmente, recordar que el presidente Kennedy consiguió ampliamente uno de los objetivos del personaje de Ian Fleming, es decir, conquistar bellas mujeres, pues, además de las más conocidas, como Marilyn Monroe, que, al parecer, compartió con su hermano Bob, al que también mataron, o Marlene Dietrich, mantuvo un romance con Mary Pinchot Meyer, atractiva e inteligente pintora y que fue una de las auténticas pasiones del presidente, con la que se reunía en la Casa Blanca. Mary había estado casada con un agente de la CIA, y fue asesinada tiros de una forma misteriosa, apenas unos meses después del asesinato de Kennedy en Dallas, casi como en las novelas del 007. «Naturalmente», le echarán la culpa a un pobre desgraciado. Un artículo excelente sobre este tema aparecía hace unos meses en la revista Smithsonian. Kennedy no pudo terminar feliz y contento, sino trágicamente como uno de los enemigos de 007 en las novelas de Ian Fleming.

Curiosamente, como en las mejores comedias de enredo, hace unos días apareció en Prensa la sorprendente noticia de que la Consellería de Hacienda Valenciana reclamaba como moroso a alguien llamado James Bond, puesto que presuntamente debe unos impuestos por la herencia de un negocio de hormigones en el pequeño pueblo de Casinos. Un pueblo que conozco por su excelente feria de dulces, a la que he sido invitado frecuentemente. Naturalmente, los periodistas valencianos han escrito sobre esta coincidencia de nombre como el fantástico agente con licencia para matar. Esperemos que el James Bond que no es un 007 no se defienda de pagar impuestos a tiros.

Santiago Grisolía
www.abc.es

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