quarta-feira, 3 de junho de 2009

Un frente mundial laicista

Nada hay más propio de la filosofía y del pensamiento que las preguntas y las repuestas. Si la admiración es el principio del saber, la pregunta es el medio más eficaz para alcanzar ese saber. Benedicto XVI ha consolidado un nuevo método de pedagogía de la fe.


Bueno, no tan nuevo. Probablemente no ha hecho otra cosa que trasladar la mayéutica socrática, o los diálogos de su admirado Platón, al momento presente y aplicarlo a la conversación cristiana, tan practicada durante los primero siglos del cristianismo y tan olvidada en los tiempos de la emancipación conceptual. Y lo ha hecho, con frecuencia, en sus encuentros con sacerdotes, en sus reuniones jóvenes y, ahora, hace muy pocos días, con los niños. En una jornada organizada por las Obras Misionales Pontificias, el Papa ha mantenido un entrañable coloquio con los niños en el que ha recordado su infancia, los años de escuela, de catequesis, de parroquia. Al final de una de sus intervenciones, con la humildad que le caracteriza, esa humildad que vence a la soberbia del mundo, –como en el Magnificat–, ha confesado que "tengo que decir que todavía hoy me cuesta comprender cómo el Señor ha podido pensar en mí, destinarme a este ministerio. Pero lo acepto de sus manos, aunque es algo sorprendente y me parece que va mucho más allá de mis fuerzas. Pero el Señor me ayuda".

No se trata de una declaración de impotencia ante las fuerzas que atenazan la historia, que quieren controlar el presente y los destinos de los hombres y de los pueblos. No se trata de una rendición cultural de quien se sabe aliento y estímulo para millones de personas que confiesan la fe en Cristo. Se trata de un ejercicio de realismo ante un momento presente, complejo donde los haya, en el que se percibe que se está produciendo un cambio cultural de primer orden; un cambio en la mentalidad de los seres humanos, una especie de claudicación final de la libertad y de la responsabilidad, ejercicios básicos en la definición de la naturaleza humana. Benedicto XVI ha sufrido, como pocos en los últimos meses, la invectiva de una campaña mundial orquestada desde las más altas cimas de la convergencia de argumentos triangulares y de la insistencia mediática y política, del laicismo más agresivo, el nuevo rostro de la ideología nihilista. El Papa es muy consciente, y así lo refleja en sus encíclicas sobre lo esencial cristiano, que el progreso del hombre, que en no pocos momentos se ha vuelto contra el hombre, está dando ahora una vuelta de tuerca más hacia la disolución de lo humano a través de un permanente ejercicio de dominio y de manipulación de las conciencias. Sólo el pensamiento libre, y de los libres, el de quienes defienden la verdad y la libertad como caminos que parten de la razón y se encuentran en la razón abierta a la realidad, que siempre es trascendente, y nos trasciende, será capaz de salvar al mundo.

Uno arzobispo español, del que no se suele hablar con frecuencia en los medios, pero que conoce a fondo y con forma el pensamiento de Benedicto XVI, el arzobispo de Burgos, ha publicado en días pasados una carta pastoral con el título Un frente mundial laicista, que es un ejemplo del buen servicio de un pastor a los fieles cristianos y a los hombres de buena voluntad. En ese clarividente texto, monseñor Francisco Gil Hellín, que así se llama, señala que estamos "ante la respuesta de un laicismo cada vez más radical, que no da ningún valor a la ética cristiana ni está dispuesto a contar con el cristianismo a la hora de buscar soluciones a los gravísimos problemas que aquejan a nuestra sociedad". Después de recordar que tras la caída del muro de Berlín, las ideologías ateas se han trasformado en pensamiento nihilistas y relativistas y se mudan cada vez con más rapidez, –algo así como lo que dice Zapatero que aprendió de Petit–, señala que "la Iglesia y Benedicto XVI se enfrentan a un eje mundial laicista, formado por elementos significativos de la Unión Europea, las Naciones Unidas y, más recientemente, Estados Unidos", en un momento en el que "el mundo corre el riesgo de abrazar una nueva dictadura: la dictadura del relativismo. Tras la dolorosísima experiencia de las dos formas más recientes del laicismo radical: el socialismo marxista y socialismo nazi, la Iglesia, lejos de replegarse ante el nuevo laicismo, ha de salir a la plaza pública y ofertar, sin altanería pero sin complejos, su propuesta sobre el hombre, yendo a las raíces en las que se afincan sus más hondos porqués y paraqués". Monseñor Gil Hellín probablemente no tenga que mirar el mapamundi para diagnosticar lo que está pasando. No tiene más que asomarse a la ventana...

José Francisco Serrano Oceja
http://iglesia.libertaddigital.com

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