terça-feira, 16 de fevereiro de 2010

Detenido por la Gestapo, internado en Dachau y desterrado de su tierra

Joseph Kentenich fundó el movimiento Schönstatt.

Hay que señalar como clave de la larga existencia de ochenta y tres años la condición comprometidamente personal y libre que Kentenich vivió con una generosidad e hidalguía memorables. No debió de serle fácil a este hombre atravesar entre incertidumbres una infancia de pueblo que pronto se sintió amenazada por el estrecho margen que lo doméstico le permitía al avance normal de la existencia.

Tampoco debió de ser cuestión pequeña el adaptar su tiempo y sus muchas condiciones naturales a la disciplina de una escuela y de unos seminarios en los que el sentido de la obediencia podía conducir en muchos casos a una especie de ciega obediencia que cercenaba en gran parte la natural tendencia de Kentenich a la propia disposición de las ideas y de los comportamientos.

Esos primeros años de la vida de Kentenich vinieron a revelar el profundo sentido que de sí mismo y de su trato con Dios fue apareciendo en su existencia presacerdotal. Cuando llegó al altar tras largos y combativos años de formación en los seminarios de los Padres Palotinos, Joseph Kentenich ya estaba seguro de que era Dios quien estaba conduciendo su existencia y quien seguiría trazando -a oscuras y segura- su tarea del futuro apostólico.

Su madre Catalina le había regalado de pequeño una mínima antología de pensamientos teresianos. Allí pudo aprender para siempre aquello tan abulense de que “sólo Dios basta”. “Dios es mi origen -escribía Kentenich- y tiene que ser, por eso mismo, la estrella que dirija mi vida. Todo pasa y mi vida tendrá que ser siempre un empeño de permanecer siempre en unión con Dios”.

Pero este proyecto casi místico tenía que tropezar con la adversa inseguridad de los calendarios y de los hombres. Kentenich se vuelca sacerdotalmente en la formación de una juventud que le cae en suerte cuando encuentra en Schönstatt un pequeño refugio del espíritu que, bajo la protección de la Virgen, se convierte pronto en una referencia espiritual que puede llegar a extenderse como una marea salvadora. Muchachos de este primer Schönstatt aparecen en los frentes de batalla de la Primera Guerra Mundial.

Kentenich mantiene con ellos una unión espiritual que recoge los mejores frutos cuando se regresa a las líneas de la posguerra. Kentenich, paso a paso, va urdiendo la teología de una presencia mariana que alienta, sobre todo, una sed de espíritu en la libertad interior y en la entrega a la tarea del Evangelio.

Una catacumba del horror. Schönstatt pasa de ser una víctima doméstica a ser un mensaje universal. Cuando aparece el laicismo agresivo del nazismo, Kentenich entra en sospechas oficiales: las SS lo vigilan, lo examinan en sus doctrinas, lo sienten cercano y peligroso. La libertad interior de Kentenich es en esos días tan intensa como ancha y agresiva.

Eduardo T. Gil de Muro - Autor de Historia de un hombre libre. Ed. Monte Carmelo

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