Un grupo de niñas camboyanas ante la estatua de San Juan Bosco.Fue en 1875. 10 misioneros, organizados por san Juan Bosco, salieron de Turín el 11 de noviembre; embarcaron en Génova tres días más tarde y, un mes después, el 14 de diciembre, habían llegado a Buenos Aires. Allí continuaron hasta la Patagonia argentina. Desde entonces, miles de sacerdotes y frailes han imitado la labor de esa primera expedición que daría lugar a las Misiones Salesianas y que tiene como objetivo educar a los más jóvenes.
135 años después de aquel viaje a la Patagonia, miles de misioneros trabajan en 130 países del mundo adaptándose a las necesidades de cada comunidad en la que se insertan. Pero, detrás de esas cifras, detrás de esos miles de personas, se esconden miles de vidas que han hecho de la entrega a los demás su bandera.
Historias como la del misionero salmantino Valentín Aparicio, que partió con 30 años a la selva colombiana. Hoy, con 83, lo conocen todos los capos de las FARC y se desenvuelve entre los árboles mucho mejor que entre los edificios de la España que un día dejó atrás sabiendo que volvería sólo de visita.
“El misionero que se va a Haití termina sintiendo Haití como suyo; al que está en África le duele África”, explican a ALBA desde la sede de Misiones Salesianas en Madrid.
No es solidaridad, es un Reino de Justicia
“Es difícil pensar en integración con los ojos de una ONG, de una persona que sabe que en un par de años estará de vuelta en España”, añaden, para después dejar claro que la imagen del misionero con la cruz y la espada ya no existe. “Van en vaqueros y juegan al fútbol con los niños de la calle”.
Y, además, evangelizan. ¿Cómo? Sin cambiar su cultura, con un gran sentido de la humildad y con el lema de san Juan Bosco grabado a fuego: “Casa que acoge, colegio que educa, patio que entretiene y hace amigos”.
Por eso, no importa que para conseguir que los niños de Haití vayan tres horas a clase haya que ‘comprarlos’ con una comida. Ni que el campo de fútbol gratis sea el reclamo para que los niños de Albania, de clara mayoría musulmana, acudan a la escuela y visiten el oratorio. “Sus padres lo aceptan, no ven a los misioneros con malos ojos porque, al fin y al cabo, son unas personas que han salido de su país para ayudar”.
Otro ‘truco salesiano’. En África el principal problema para las comunidades es la falta de agua. Por eso, la obsesión de los salesianos es encontrar pozos. “Creo que nadie ha hecho más agujeros que ellos”, bromean desde Madrid.
Su idea es clara: un pozo, una iglesia y una escuela. Cuando encuentran agua, construyen al lado del pozo la escuela y la iglesia, para que los niños puedan estudiar y la gente pueda rezar.
Y de África, a Asia. En Camboya hay miles de niños abandonados por las calles, muchos han sido víctimas de abusos sexuales o laborales y necesitan aprender un oficio para labrarse un futuro. Ahí están los salesianos, pero no con escuelas y pizarras. Pragmatismo ante todo. En Camboya lo que triunfa es el turismo, por eso, los de san Juan Bosco han montado un hotel escuela.
Rosa Cuervas-Mons
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