domingo, 6 de setembro de 2009

Así que pasen 100 años

En los albores de la medicina la vejez no existía, no era un problema prioritario para los médicos. Llegar a viejo era prácticamente un milagro. Morirse de viejo, una bendición.

Daba igual que esa muerte llegara a los 60, a los 70…: nadie se había preocupado por establecer una disciplina científica que estudiara el comportamiento de la salud a tales edades: a esas alturas, la enfermedad, el dolor, la apatía, el cansancio, la tristeza, la muerte eran fenómenos normales e inevitables.

Qué distantes parecen estas consideraciones observadas desde el mundo actual, en el que la ciencia combate vivamente, más que contra el inevitable transcurso del tiempo, contra los efectos de éste sobre nuestra salud. Hoy hay innumerables recursos sanitarios destinados, sobre todo en el mundo desarrollado, a cuidar a los más mayores, a dotarles de toda la calidad de vida que la ciencia puede ofrecer. En parte obsesionados por la longevidad, los humanos del siglo XXI pensamos en la vejez con una intensidad inédita en la historia de la humanidad, y dedicamos a ella buena parte de nuestra sapiencia.

Los centenarios son "distintos al resto de los mortales", titulaba una crónica sanitaria The New York Times. Y no se refería solamente a que fueran más viejos. Se trata de un grupo selecto, cerca de un 2 por 10.000 de la población occidental, que suele haber sobrevivido a guerras, enfermedades, crisis, desastres… Durante décadas se ha indagado en la fisiología, la genética, el comportamiento y el carácter de estas personas, para averiguar qué las hace tan resistentes a la vejez. Se han propuesto razones que tienen que ver con el ambiente, la alimentación, el estado de ánimo, las creencias religiosas. Por supuesto, también se ha indagado en sus genes, sus cromosomas… Al parecer, poseer un doble cromosoma X confiere cierta ventaja, ya que 85 de cada 100 centenarios son mujeres.

Y se han aducido razones tan impensables a priori como el orden de nacimiento. Por ejemplo, un estudio estadístico realizado en la Universidad de Chicago en 2005 determinó que las mujeres y los hombres que son primogénitos de familias numerosas tienen entre dos y tres veces más probabilidades de llegar al siglo que sus hermanos. Otros patrones hallados por el informe son aún más extraños: en Estado Unidos, los que han vivido en un ambiente rural de la zona oeste tienen más papeletas para alcanzar el centenario, y los nacidos entre octubre y noviembre tienen más una expectativa de vida superior a la de quienes vinieron al mundo entre abril y junio.

Estas son las cosas que tiene la epidemiología, el uso de la estadística en poblaciones para determinar tendencias de salud: cualquier medio de comunicación puede coger los datos y elevar conclusiones como las citadas… ¿Es cierto que el orden de nacimiento influye en la longevidad? Evidentemente, no. La epidemiología funciona para grandes grupos, no para individuos. Pero el hecho de que muchos medios se hicieran eco del estudio de Chicago en los términos que les he relatado es significativo; por ejemplo, muestra que la senectud y nuestro modo de llegar a ella nos producen una gran fascinación. Y que nuestro tránsito a la vejez sigue siendo un terreno lleno de sorpresas para la ciencia.

Afortunadamente, las cosas han cambiado en el último par de décadas. La nueva ciencia de la gerontología ha puesto en manos de los médicos todo un arsenal de herramientas para combatir las dolencias que afectan a los más mayores y convertir el último tramo de la vida en una experiencia cada vez más larga y saludable. Al calor de estos avances científicos ha surgido lo que muchos llaman "la nueva medicina antiedad". La definición de esta disciplina es objeto de una viva polémica, pero en general se entiende por “medicina antiedad” todo tipo de intervención destinada a retrasar la aparición o disminuir los efectos de las enfermedades relacionadas con la edad y otros males no catalogados como patológicos pero que sólo afectan a personas mayores.

En realidad, no puede decirse que exista una medicina de la vejez fácilmente contrastable, porque, entre otras cosas, carecemos de un medidor objetivo de la ancianidad, una especie de termómetro o test clínico que determine cuándo una persona puede ser considerada vieja. Por lo tanto, este tipo de prácticas médicas sigue navegando en un terreno tan novedoso como indefinido. Para colmo, la sociedad actual, que practica un culto desmesurado a la juventud, es pródiga en ofertas referidas a la edad que rozan más el mundo de las pseudociencias: bajo la etiqueta de fármacos rejuvenecedores, no son pocos los productos disponibles en el mercado cuya eficacia deja mucho que desear.

A pesar de todo, la medicina ha establecido un firme y riguroso propósito de aumentar el stock de técnicas y moléculas al servicio de los mayores, pero nunca con la finalidad de rejuvenecerlos. Y es que los gerontólogos saben que la ciencia no puede, ni debe, quitar años a la vejez. Fomentar el deseo de rejuvenecimiento, aparte de propiciar una falsa expectativa, sería reconocer que la vejez es un mal, que ser anciano es, de por sí, un problema que ha de evitarse.

Jorge Alcalde
http://findesemana.libertaddigital.com

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