domingo, 27 de setembro de 2009

Pixelado

Me enfrento a la portada de ABC del viernes y, por un instante, creo estar viendo un fotograma de La familia Monster. Pero no. Es la imagen, difundida por la Casa Blanca, del encuentro de los Obama y los Rodríguez en el Metropolitan de Nueva York. ¿Qué la hace tan unheimlich, tan, cómo diría yo, siniestra? Precisamente, su pretendida atmósfera de placidez familiar, que se tiñe de abismo con los retoques en los rostros de las niñas Rodríguez, convertidas por el pixelado en criaturas del inframundo, como escapadas de un relato de Lovecraft. Estas cosas no hay que hacérselas a las menores convocadas a la vida, que me las traumatizan. Además, no entiendo el motivo. Una larguísima tradición, que inauguraron la Reina Victoria de Inglaterra y el Príncipe Alberto, incluye, como elemento obligado en toda representación fotográfica del poder, a los niños del gobernante, cuya contigüidad lo humaniza y transmite a la ciudadanía la convicción de que cualquier español/española puede llegar a presidente. La fotografía es un arte democrático. No así la pintura al óleo. El retrato de familia de Carlos IV por Goya enfatiza la sacralidad del linaje real, su distancia ontológica respecto al súbdito, aunque el pintor se las ingeniara para desvelar, en los rasgos de los infantes Fernando y Carlos María Isidro, la que se le venía encima a España. Como buen artista del dieciocho tardío, Goya había aprendido a deslizar lo siniestro tanto en lo familiar como en lo solemne. Una técnica que daría materia abundante a la especulación psicoanalítica, y que desde sus orígenes se conoció como «lo gótico».

Los retratos del poder, en su fase fotográfica, procuran mantener alejado lo gótico. Si lo siniestro emerge, lo hace como interpretación retrospectiva. Contemplamos una foto de familia de los últimos Romanov y, si no supiéramos de la hemofilia del zarevich y de la tragedia de Ekaterinburgo, nos quedaríamos tan anchos. La pauta, como digo, la impuso la Reina Victoria cuando su homóloga española sólo se atrevía a dejarse retratar por Madrazo. La inglesa -lo desveló mi amiga Isabel Burdiel en su estupenda biografía de Isabel II- intuía que todas las familias británicas acabarían por identificarse con una familia en el trono, si ésta se prestara a mostrar su normalidad cotidiana mediante la fotografía. Como Victoria cedió nietos y nietas a todas las familias reales del continente, el ejemplo cundió y fue imitado por todo gobernante en ejercicio. Conocemos imágenes de intimidad hogareña de Negrín, de Suárez, de Leopoldo Calvo-Sotelo, de Felipe González y de Aznar, incluso de Franco, pero Rodríguez se las apaña para preservar la suya incluso cuando más simpático hubiera quedado exhibirla.

¿Qué mecanismo perverso le ha impulsado a uniformar de negro a sus chicas para presentárselas a Michelle y a Barack? Acaso lo explique la misma pulsión mimética que lleva a la vicepresidenta a disfrazarse de jesuita o de cardenal cuando visita el Vaticano. Que a éstas me las vistan de gothic en Gotham City, la ciudad de Batman, vale, aunque hay que cuidar el calzado. Botas al estilo del que gastan los skin no parecen adecuadas a la ocasión. Puestos a ir de góticos, los Rodríguez podrían haber optado por el American Gothic de Grant Wood, porque dan el tipo de granjeros baptistas del Medio Oeste, tan tranquilizador. En vez de ello, dan la nota. Si eso es lo primero que puede hacer Rodríguez por Obama, pixelemos cuanto antes a los niños.

Jon Juaristi
www.abc.es

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