Muchos republicanos no vamos a tener más remedio que dar un paso y declararnos públicamente juancarlistas. Esta afirmación personal –nada fácil porque afecta a convicciones pero también a sentimientos– viene a cuento del último movimiento de calado que ha realizado el rey. Del Jefe del Estado, sea presidente elegido por sufragio universal o monarca designado por las reglas de sucesión, se espera que esté a la altura de las circunstancias políticas, económicas y sociales del momento. La semana pasada, el Rey lo ha estado. No ve el partido sólo desde la grada, sino que baja a fajarse en el duro terreno de juego. En pocas palabras, el Jefe del Estado ha ejercido como tal. Atravesamos un mal momento. Una travesía del desierto. El paro desbocado está provocando una dura sangría en miles de familias y la anhelada recuperación no se vislumbra, precisamente, de inmediato y menos cuando la máquina alemana sigue averiada. La confrontación política está cerca de un camino de no retorno al entendimiento, si es que esa delgada línea roja que separa los intereses del estado de los legítimos intereses partidistas no ha sido traspasada ya.
No parece que este escenario pueda cambiar, por sí solo, en poco tiempo. Y tiempo no es precisamente lo que sobra. Por eso, es bienvenida la exigencia real de un pacto para salir de la crisis. El Rey ha dicho en voz alta lo que piensan los ciudadanos y ha dejado desnudos a Gobierno y oposición. Al Gobierno, le evidencia su falta de propuestas y de iniciativa. A la oposición, le afea su táctica de eludir todo compromiso y contemplar impasible cómo el ejecutivo se erosiona por los efectos de la crisis.
¡Su Majestad, el Rey!, anunciaba, a pleno pulmón, el chambelán cuando el monarca hacía acto de presencia. Ahora, Don Juan Carlos no ha necesitado ninguno para convertirse en protagonista. Lo ha hecho cuando tocaba y en primera persona. Tiene mucha mili. No es la primera vez que el rey actúa como garante de nuestro estado de derecho, como jefe de Estado. La historia está ahí y en vísperas del 23-F conviene recordarlo, sobre todo para los que no lo vivieron.
Toni Bolaño
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