quarta-feira, 27 de janeiro de 2010

Día de la Memoria del Holocausto - La escenificación del dolor

El 27 de enero de 1945, las tropas soviéticas entran en Auschwitz. En el complejo quedan unos 7.000 prisioneros. Las cámaras de gas han sido dinamitadas por los nazis poco antes para eliminar toda prueba del exterminio. Hoy, el visitante puede ver sus ruinas en las instalaciones del campo II (Birkenau). Es el nacimiento histórico de lo que llegará a ser un campo conceptual múltiple recogido bajo esa denominación, Auschwitz, o bajo la de Holocausto.

Ambos términos incluirían todo el programa de exterminio de los judíos europeos, fundamentalmente centrado en la Polonia del Gobierno General y el Warthegau, bajo mando alemán. En ese territorio se construyeron 6 campos de exterminio: Chelmno, Belzec, Auschwitz, Sobibór, Treblinka y Majdanek, pero el vocablo Auschwitz acabó engulléndolos en el imaginario occidental. La utilización más conocida del término fue, seguramente, la de Adorno: "Escribir poesía después de Auschwitz es una barbarie". Con esta fórmula, más allá del estéril psicologismo en que incurre el análisis del pensador alemán, quedó consagrado el significante como referencia convencional para un Hecho que no cabe agotar por medio de un puñado de fonemas.

El campo de Auschwitz, ubicado al este de Cracovia, en la Alta Silesia, junto a la ciudad de Oswiecim, construido sobre un antiguo campamento del ejército polaco, empieza a funcionar como campo de exterminio para los judíos en marzo de 1942. Se trata del mayor centro de exterminio de judíos, el que contabiliza más víctimas, aunque su actividad más productiva no arranca hasta la primavera del 43. La primera cámara de gas se instala en el Búnker I (Casa Roja) del campo de Birkenau (Auschwitz II), a 3 kilómetros de Auschwitz I: es una granja expropiada a una familia polaca y adaptada por los alemanes para ser utilizada como cámara de gas. En ella se utiliza el Zyklon B, ácido cianhídrico empleado hasta ese momento como desinfectante. En junio del 42 se habilita el Búnker II (Casa Blanca), y un año más tarde las cámaras con crematorio en superficie y las cámaras subterráneas, situadas a ambos lados del final de la vía ferroviaria que entraba en el campo.

El campo opera la mayor parte del tiempo bajo el mando de Rudolf Höss. Del entramado arquitectónico, urbanístico, industrial, la denominación pasa a designar toda una política de exterminio, un Acontecimiento de la historia de Europa del que la propia Europa no puede escapar ni salir indemne.

Por lo que respecta al término Holocausto, éste ha acabado disolviéndose por una utilización indiscriminada del mismo, como sucede con la voz genocidio, acuñada por Raphael Lemkin, jurista judío nacido en Polonia, que adquiere estatuto jurídico en la Convención contra el Genocidio de las Naciones Unidas (1948), aunque se empieza a usar ya en 1933.

El lenguaje coloquial adquiere hoy día carácter institucional en los medios de comunicación. Por su propia naturaleza, tiende a una utilización difusa de las palabras, y construye así un discurso nebuloso y oscuro que desplaza fuera de la escena, fuera de los focos, fuera de la realidad, las delimitaciones precisas de los conceptos que están en juego. Tal es el caso de la palabra Holocausto, convertida más en un obstáculo que en un medio para entender el Acontecimiento.

Casi al mismo tiempo empezó, por así decirlo, una estilización del holocausto que hoy en día ya adquiere dimensiones insoportables. La propia palabra holocausto ya es en sí una estilización, una abstracción remilgada de palabras de sonido mucho más brutal, tales como "campos de exterminio" o "solución final" (Imre Kértesz, Un instante de silencio en el paredón).

Con respecto a la versión hebrea del término de origen griego, es preciso mencionar el título de la película de Claude Lanzmann, quien reclama para sí la popularización del uso del término Shoah. Este vocablo tendría la virtud de conservar el carácter específico del exterminio masivo e industrial de unos 6 millones de judíos, objetivo prioritario de la tanatopolítica nacionalsocialista, como se puede comprobar consultando los documentos y los textos y discursos de los jerarcas nazis.

El 27 de enero ha sido elegido Día de la Memoria del Holocausto. Pero del Holocausto no hay más memoria que la de los documentos y la del silencio de los aniquilados, cuyo eco resuena en diferido en los testimonios de los que denominamos supervivientes, cuya verdadera condición, como acierta a indicar Lanzmann, no puede decirse que sea la de supervivientes propiamente. Los que quedaron con funciones vitales al final de la guerra no eran más que muertos en vida, "muertos en prórroga", según expresión de uno de los entrevistados por el director francés en su largometraje. Espectros que no sólo recorrieron Europa en busca de un hogar que, en la mayoría de los casos, ya no existía ni podía ser tal, sino que vagaron de país en país, en una marcha mortal e inercial.

La palabra de los supervivientes lleva dentro toda la carga de la verdad, el estallido del desvelamiento puro del horror. Es la única voz que le queda a los silenciados por los fusilamientos, por el gas, por la maquinaria burocrática de la producción industrial de muerte. Un eco que, junto a las pruebas y los documentos, el Tercer Reich intentó eliminar completamente.

Pero en las ceremonias institucionales, en la parafernalia escenográfica de los Días internacionales, la conmemoración ritual acaba suplantando el conocimiento. La consoladora imagen del dolor pervierte el dolor y obtura la comprensión. La memoria se impone a la historia. El sentimiento al análisis. La confortable valoración moral que impone una barrera impermeable entre los verdugos y los buenos ciudadanos imposibilita toda aproximación racional a los hechos, a la investigación despiadada, esa que nos muestra no una elite de sádicos, no una anomalía, sino una sociedad desarrollada, culta y refinada respaldando o tolerando la política de un Estado que pone en marcha la aniquilación de millones de ciudadanos europeos previamente extirpados del ámbito de lo humano y aun de lo natural, y reducidos a la condición de virus incompatibles con el progreso de Europa. Sentirse de los buenos, respaldados por la teatralización de la indignación y la condena redundante y superflua, sólo garantiza que no se vuelva a repetir la indumentaria de los verdugos, o su terminología ideológica justificadora, pero no el asesinato.

La exigencia moral de corte kantiano, "Que no se vuelva a repetir Auschwitz", enfáticamente reclamada por Adorno, acaso sólo impida que la esvástica sea el símbolo de política hegemónica alguna, pero no impide la utilización mediática de otros símbolos bajo los cuales políticas reales de exterminio puedan ser justificadas retóricamente por los mismos que muestran un dolor ceremonial por las víctimas del pasado.

José Sánchez Tortosa

http://historia.libertaddigital.com

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