segunda-feira, 25 de janeiro de 2010

El enemigo que tenemos enfrente

Las sociedades occidentales viven con la confortabilidad que supone el estar convencidas de que existen suficientes parapetos para impedir que se llegue a situaciones de verdadera amenaza contra su seguridad; sin embargo el recuerdo de los atentados de Nueva York, Londres y Madrid, entre otros, es inquietante. Las Fuerzas de Seguridad del Estado, los Servicios de Inteligencia, las Fuerzas Armadas, la Defensa Civil, la pertenencia a Organizaciones de Seguridad y Defensa, etc., se enfrentan a nuevos e insospechados retos de un enemigo que busca la sorpresa y el terror, elementos tan antiguos como eficaces para conseguir los efectos pretendidos, aunque habría que preguntarse si es suficiente esta especialización en la respuesta, en la que la opinión del ciudadano de a pie no aparece expresada.

Los acontecimientos recientes en el avión de Detroit, con la participación valiente y arriesgada del pasaje del avión amenazado, dan una pista del camino a seguir, que también recuerda a la reacción en otro de los aviones secuestrados en los sucesos del 11-S, que no tuvo la suerte de sobrevivir. La sociedad no se siente amenazada, al menos este sentimiento no se refleja entre sus principales preocupaciones estadísticas, sobre todo en plena crisis económica, pero la realidad es que existe una gran amenaza representada por el enemigo que tenemos enfrente, que por otra parte no se refleja taxativamente en los documentos definitivos de la Defensa Nacional, sino de una forma vaga e indeterminada, cuando de un solo golpe, el 11-M, ha producido más bajas que en los últimos acontecimientos bélicos que se recuerdan, y lo que es peor, podría repetirse.

El enemigo que tenemos enfrente, a pesar de no ser la costumbre de los tiempos, ha hecho su particular declaración de guerra, guerra santa, contra Occidente y contra España específicamente, llegando incluso a fijar objetivos claros a sus ejércitos en la sombra, la recuperación de Al Andalus, es decir de prácticamente todo el territorio nacional. El enemigo al que nos referimos ha elegido una estrategia a la que no se puede hacer frente con el modelo estratégico convencional que esgrimen todas las respuestas de los países occidentales y de sus órganos de defensa especializados.

La doctrina española al respecto es esclarecedora cuando indica que el conflicto armado asimétrico es aquel que se produce entre varios contendientes de capacidades militares distintas y con diferencias sustanciales en su modelo estratégico. Alguno de ellos buscará vencer utilizando el recurso militar de forma abierta en un espacio y lugar determinados y ateniéndose a las restricciones legales y éticas tradicionales. Su oponente tratará de desgastar, debilitar y obtener ventajas actuando de forma no convencional mediante éxitos puntuales de gran trascendencia en la opinión pública, agotamiento de su adversario por prolongación del conflicto, recurso a métodos alejados de las leyes y usos de la guerra o empleo de armas de destrucción masiva. Todo ello con el objetivo principal de influir sobre la opinión pública y en las decisiones políticas del adversario. Este es, obviamente, el modelo de Al Qaeda y en general el de la insurgencia al que se enfrentan las Fuerzas Armadas, sobre todo en Afganistán.

Las características de un conflicto tal son algunas de las que se citan: Existencia de grupos armados irregulares persistiendo la dificultad de su identificación como enemigo, que se mimetiza con la población civil, aunque explota mediáticamente sus progresos y los fracasos del adversario. Las operaciones no pueden conducirse de la forma tradicional para batirle, dado que no presenta una línea permanente de presencia. Elige el terreno para combatir, y lo hace en zonas en que dificulta la acción de los elementos convencionales, desapareciendo cuando reciben una respuesta organizada. Los estados en donde operan no tienen ningún poder oficial sobre las citadas partidas armadas y se ven imposibilitados para restablecer el orden.

El enemigo asimétrico actual, dado que a lo largo de la Historia se ha recurrido a estas formas de acción en diferentes ocasiones, ha estudiado bien la evolución de la sociedad convencional y la forma de subvertir sus valores a través de diferentes modelos que históricamente han dado resultado: estos serían la guerra revolucionaria clásica, la guerra de guerrillas y la delincuencia organizada. No hay que olvidar que el enemigo trata de sustituir los elementos básicos de nuestra sociedad por otros sujetos a su pensamiento, a sus leyes, y a su religión, conquistando para ello a la población, como medio de alcanzar a largo plazo el poder, mediante un procedimiento revolucionario clásico. El nuevo enemigo que tenemos enfrente toma del proceso revolucionario la eficacia de la acción psicológica y la propaganda para amplificar los efectos de sus acciones, haciendo hincapié en la posibilidad de librar la batalla en las mentes de la población, combinando la fascinación y el terror, en lugar de hacerlo en un campo de batalla clásico.

La guerra de guerrillas ha sido otro de los campos de inspiración del enemigo asimétrico, buscando causar el mayor daño sin presentar un combate continuado, usando el sabotaje y el terrorismo como procedimiento usual de lucha. La actualización y aprovechamiento presente es su traslación al ámbito urbano, donde el enemigo encuentra, con la aquiescencia, o no, de la población, su máximo rendimiento. La respuesta en este ambiente no es fácil para los ejércitos convencionales, cuyas acciones para combatirle causan a menudo daños colaterales de difícil asunción. Los procedimientos de la gran delincuencia prestan una inestimable ayuda de carácter organizativo al enemigo, cuyas técnicas utiliza para ocultar su existencia física, mediante la estructura celular que les caracteriza, para sus comunicaciones de mando y coordinación, para la financiación, para la alimentación con nuevos combatientes, etc., aprovechando el multiplicador que supone la globalización.

Ante estos conceptos se echa de menos un armado de la sociedad con otro discurso, y con otras medidas, entre ellas las militares. Ya no se trata de unos pocos irredentos que expresan sus locos propósitos con una finalidad exclusivamente mediática, esa fase ha quedado detrás de nosotros hace ya una década, ahora llevan la iniciativa, atacan con éxito sorprendente en entornos de seguridad muy sofisticados, son capaces de aprovechar el ritmo frenético de las sociedades occidentales, el ritmo exacto de sus necesarios transportes y sus actividades de ocio; secuestran y mantienen zonas en el mundo cerradas al acceso occidental, a su turismo , incluso a la acción humanitaria, mientras en otras presentan batalla, a su estilo, a los ejércitos más sofisticados del mundo.

Pensar que son suficientes las operaciones convencionales para hacer frente a este nuevo enemigo que tenemos puede suponer quedarse corto, puesto que ellos, el enemigo, se encuentra entre nosotros y debemos ineludiblemente entrar en su cultura, en su lengua para saber como actuar con justicia y equidad en un ambiente que hoy por hoy ignoramos por su complejidad y distancia intelectual. Pero las Fuerzas Armadas no pueden ganar su parte de la guerra sin experimentar una transformación sobre esta amenaza que significa el nuevo enemigo, tanto en los medios como en los procedimientos, en la doctrina en definitiva, que debería tener una continuidad de eficiencia en la financiación continuada de unas capacidades que son muy otras que las que precisan para las misiones de apoyo a la paz.

RICARDO MARTÍNEZ ISIDORO - General de División

www.abc.es

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