domingo, 24 de janeiro de 2010

El Faro del Fin del Mundo

El día 17 de diciembre del 2009 murió, a los 90 años, la actiz Jennifer Jones, célebre por sus cinematográficos duelos -al sol, o bajo la niebla- con Gregory Peck, con Charlon Heston.

En mi primera memoria emocional esta actriz se confunde con la imborrable aparición de Jennie, en distintas secuencias temporales, desde su fulgurante irrupción en Hyde Parck, con traje anticuado para la época en que la película transcurre, que es 1934, año de crisis, de pobreza y hambre generalizada.

Un pintor pobre, Eben Adams (Joseph Cotten) que no consigue vender sus paisajes, sentado sobre un banco del parque, es abordado por una niña singular con uniforme de colegiala. Se deja un pañuelo envuelto en un periódico tras entablar fugitiva conversación con el artista. Ese periódico rebosa de noticias absurdas relativas al Kaiser Guillermo II, a Sarah Bernard... es un periódico del año 1902.

La película se llama Portrait of Jennie, Retrato de Jennie, de William Dieterle. Sus intérpretes principales son Joseph Cotten, Jennifer Jones y Ethel Barrymore. Ésta última protagoniza una galerista de obras pictóricas, mecenas del atractivo pintor que alcanzará fama gracias al Retrato de Jennie.

Existe un pequeño club de cinéfilos fascinados por esta emocionante película, en la que la estética del productor David O´Selznick -esposo de Jennifer Jones, y su Pigmalión particular- se advierte enseguida. Jennie aparece primero vestida de colegiala, poco después como patinadora, deslizándose por la pista de hielo neoyorquina junto al pintor Eben Adams. Ha crecido en pocos meses; pronto atravesará la adolescencia; patinan juntos ella y él. Todavía tendrán otros encuentros: en el convento de monjas, cuando Jennie termina su bachillerato, o en el estudio del pintor como modelo del célebre retrato.

La película culmina en la escena en la que en color mate se descubre el Faro del Fin del Mundo (Land´s End), asediado por la espuma del océano encrespado, en plena tempestad marina, poco antes de que una ola gigantesca arrebate para siempre a Jennie del reino de los vivos.

El pintor intenta reconstruir la vida de esa enigmática joven, que surge del túnel del tiempo y del álbum de la historia universal, creciendo y madurando con velocidad imposible, consumiendo en pocos meses años y décadas de vida real según las crónicas objetivas: desde principios de siglo, o desde la época del Kaiser Guillermo II y de Sarah Bernard, hasta los albores de la primera guerra mundial, época en que mueren de accidente sus padres, ambos trapecistas de circo. Ella morirá más tarde, arrebatada por la ola gigante, según testimonio de Sor Mercedes que había sido su confidente, y que todavía posee cartas suyas.

La película reconstruye una vida pretérita que de forma mágica interfiere en los chispazos clarividentes de la inspiración del pintor, que siente con periodicidad la presencia de esta figura femenina, a la que dará réplica en su magistral retrato.

¿Y si la otra mitad del andrógino partido, según el irónico mito de la fundación de los humanos en el Banquete de Platón, se halla en otra historia y en otra geografía? Ese es, creo, un interrogante que cerca con latidos de pasión y poesía esta preciosa película, que ya visité hace unos ocho años en la revista El Cultural, y que ahora rememoro al enterarme de la muerte de una actriz que en esta cinta alcanza la inmortalidad.

¿Y si esa otra mitad no perteneciese a nuestra edad, no nos fuese contemporánea? Esta película deja que esa misteriosa presencia se encarne ante el atónito y maravillado testimonio del pintor Eben Adams. Jennie desafía el tiempo objetivo y las crónicas reales para interferir en la vida de este artista, cambiando cada vez de estatura, de edad, de madurez vital: una presencia fugitiva, esquiva, pletórica de vitalidad, pero de inquietante carácter huidizo. Es, existe, al menos para el pintor; pero no parece que sea de este mundo.

La película narra el interesante e intrigante proceso de reconstrucción que el pintor Even Adams lleva a cabo. Todo ello da lugar a momentos hermosos, como la visita del pintor, en dos ocasiones, al convento de monjas en que Jennie se educó. Un fondo neoyorkino constante da a la película, gracias a la magia del blanco y negro, un encanto muy particular.

En un momento clave de la película, en la celebración en el convento de la admisión de las novicias, y en los siguientes encuentros, Jennie insiste ante el amigo pintor en que debe crecer para poder estar siempre con él, ser su esposa, ser la modelo de sus cuadros, su fuente de inspiración, su Musa.

Ella vive en dos tiempos. Tiene dos vidas. Una real, según las crónicas objetivas: es hija de unos trapecistas que murieron al caerse el cable en el que trabajaban, una tía suya confió su educación a un convento de religiosas, y murió devorada por una ola infame en una borrasca marina un 5 de diciembre. Y tiene una segunda vida, irreal y verdadera al mismo tiempo, pero real, muy real para Eben Adams, que posee siempre el testimonio del pañuelo que la niña dejó en el banco del parque, en su primer encuentro, envuelto en el papel de un antiguo periódico. Son múltiples las dimensiones temporales, de Él, de Ella, de la obra de arte en gestación, que se cruzan en la película a modo de meridianos de la ficción.

El pintor vive esa relación con Jennie a través de sus misteriosos crecimientos consumados en cada aparición: niña que es de pronto adolescente, y que quiere crecer y crecer para convertirse en La Mujer del pintor: su modelo y su musa inspiradora.

Desafiando la realidad objetiva el pintor viaja hasta el lugar donde murió en la fecha fatídica, 5 de diciembre, pero llega años después, con el fin de rectificar tiempo e historia: sube a grandes zancadas por la escalera en espiral hasta lo alto del Faro del Fin del Mundo, faro erguido en medio de las inclemencias del mar azotado por el temporal huracanado. Allí divisa la inolvidable presencia de la vela de un barco a la deriva, lucecita blanca en medio del negro encrespamiento del mar. El coral de marinas profundidades del poema sinfónico de Debussy, El Mar, músico presente en toda la película como testigo privilegiado, parece irrumpir de pronto en toda su impía violencia. Allí está Jennie.

El pintor trata de agarrar con su mano la mano de ella para salvarla del azote de la tormenta marina, pero este icono que luego todos asociamos a Hitchcock en el final de North by Northwest, Con la muerte en los talones, en medio de presidentes americanos plasmados en la montaña, resplandece aquí de forma vibrante, como primicia prístina. Ella, segundos antes de ser devorada por la ola fatídica, le dice al pintor, «sálvate, tienes que terminar el cuadro». Éste aparece al final en el museo con el título de Portrait of Jennie del pintor Eben Adams.

Eugenio Trías

www.abc.es

Nenhum comentário:

 
Locations of visitors to this page