segunda-feira, 30 de novembro de 2009

Mauritania: jaque a España

Uno de los acontecimientos estratégico-políticos más importantes en la llamada guerra contra el terrorismo es la progresiva extensión del islamismo hacia el sur del continente africano, cuando tradicionalmente había afectado sobre todo a la zona norte (Egipto, Argelia…).

Están en el Yemen y el Golfo de Adén, y buena parte de la destrozada Somalia se encuentra bajo su control. Respecto al Sahel, hace ya tiempo que grupos islamistas se mueven por el Chad, Mali y Mauritania; incluso han penetrado en Níger. El islamismo es también causa de la carnicería diaria en Sudán. Junto con Afganistán e Irak, el Sahel constituye uno de los frentes abiertos del terrorismo islámico.

Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI) nace de la iniciativa de Al Zawahiri de unir a varios grupos islamistas bajo unas mismas siglas. El Grupo Salafista para la Predicación y el Combate era uno de ellos. El GSPC operaba tradicionalmente en los países del norte de África; también en España, donde se han desarticulado varias células terroristas. Ataques a aldeas, a comisarías, a cuarteles generales con una salvaje violencia: es su forma de actuar tras el 11-S. Tras varios años de colaboración, el GSPC pasa a ser AQMI en el año 2006: distintas siglas, mismos integrantes e idéntica furia criminal contra Argelia, Túnez, Marruecos y Mauritania. Como ha mostrado en reiterada ocasiones Carlos Echeverría, desde 2006 su capacidad de acción en la zona ha ido creciendo progresivamente.

En Mauritania, como en el resto de estos países, los terroristas tienen dos objetivos: 1) los gobiernos apóstatas –considerados malos musulmanes o enemigos del Islam–, que en la práctica vienen a serlo todos, y 2) los gobiernos occidentales que apoyan o sostienen a los primeros. Revolucionarios, los islamistas no creen que la dominación occidental se ejerza necesariamente por la fuerza militar: los intercambios económicos, las relaciones institucionales o la cooperación y el desarrollo constituyen para a Al Qaeda declaraciones de guerra al Islam. Los cooperantes que desarrollan su labor en Mauritania han sido crecientemente señalados como enemigos por las fuerzas islamistas. Desgraciadamente, era cuestión de tiempo que los criminales fijaran su atención en los que transitan y operan en zonas especialmente peligrosas. Si realmente se confirma que es AQMI, será el primer golpe a nuestro país en esa zona.

Los secuestros de AQMI

El triángulo formado por las fronteras de Mauritania, Argelia y Mali es un agujero negro en todos los sentidos: entre traficantes de armas y de seres humanos y tribus nómadas, se mueven varios centenares de miembros de Al Qaeda. Cada vez más asentados y bien conectados entre sí y con el exterior, estos grupos son cada vez más activos. En el caso actual, en contra de la labores de búsqueda y localización juegan la rapidez con que se mueven estos elementos, bien adaptados al terreno y al modo de vida nómada, y la vasta extensión del territorio, en este caso en manos de dos estados, Mali y Mauritania, que no lo controlan. Encontrarlos será cuestión de mucha suerte.

Las acciones de los terroristas de AQMI podrían, a grandes rasgos, dividirse en dos grandes categorías.
1) Ataques a las fuerzas de seguridad y a los ejércitos de los países de la zona

Mal equipados, dispersos, con escasas infraestructuras, constituyen un blanco relativamente fácil. Atacan cuarteles, emboscan convoyes, vuelan comisarías. Argelia, que hace años dio por finalizada exitosamente su guerra contra los terroristas, aún tiene que enfrentarse al salvajismo islamista, que también se manifiesta en secuestros y brutales asesinatos rituales.

2) Secuestro de occidentales

A veces Al Qaeda utiliza los secuestros como forma inhumana de propaganda: conocemos de sobra los casos de los norteamericanos y británicos secuestrados en Iraq o Afganistán finalmente asesinados y convertidos, en su última hora, en herramienta propagandística intimidatoria. El objetivo final es atemorizar a las sociedades occidentales y forzar a sus gobiernos a retirar las tropas de lugares de choque contra el islamismo.

A favor de España juega el hecho de que la rendición de Zapatero en Iraq puede haber calmado las ansias islamistas; en su contra, el que nuestro país sigue luchando en Afganistán –en la misión de OTAN– contra los talibanes. Desde 2004, la diplomacia española no ha tenido escrúpulos en rendirse al enemigo, con lo que ha transmitido una señal de debilitad. Iraq fue el precedente más internacional y famoso, al que hay que sumar el caso Alakrana. ¿Unirán los secuestradores de AQMI la suerte de nuestros cooperantes con el papel de España en Afganistán? Herat queda muy lejos, pero recemos para que no sea así, porque sería un jaque-mate para un gobierno de escasas convicciones.

Los secuestros suelen ir, pues, acompañados del chantaje, sea político o económico. En varias ocasiones han amenazado con asesinar a sus rehenes si no se ponía en libertad a tal o cual preso islamista. Y a veces llevan sus amenazas a efecto: el pasado 3 de junio el ciudadano británico Edwen Dyer fue asesinado luego de que Gran Bretaña se negara a poner en libertad al emblemático terrorista Abu Qutada. España no tiene en sus cárceles miembros tan importantes para AQMI; sin embargo, las celdas están repletas de presos islamistas argelinos, tunecinos o marroquíes vinculados con tramas criminales. Si los secuestradores han puesto la mirada en alguno de ellos, el drama para nuestro país y para el Gobierno estará servido, será más intenso y de desenlace más complicado que en el caso del Alakrana. No está nuestro Estado de Derecho para órdagos como éste, y probablemente cedería una vez más ante los terroristas.

El salvajismo de Al Qaeda no excluye la utilización de los secuestros con fines monetarios. De hecho, AQMI utiliza principalmente los secuestros como forma de financiación de otras actividades criminales; asaltan a los occidentales, los trasladan a toda al desierto y comienzan a negociar –lenta o rápidamente– con las empresas o las organizaciones. ¿Es éste el caso? Desgraciadamente, mejor que lo sea. Probablemente, la incertidumbre y la angustiosa espera durará tiempo, quizá meses. El triángulo Argelia-Mali-Mauritania no es la costa somalí, es una vasta extensión alejada del mundo; los alqaedistas distan mucho de ser los desharrapados piratas somalíes; los países de la zona parecen incapaces de emprender operaciones de rescate de los nuestros, salvo que medie un golpe de suerte. Si el Gobierno mostró pánico a intervenir militarmente en Somalia, en una operación relativamente sencilla, con fuerzas sobre el terreno y con inteligencia suficiente, en el caso del Sahel ni siquiera tiene esa oportunidad. El Gobierno está vendido ante los secuestradores. De nuevo jaque.
España en Mauritania

Más allá de eso, dos lecciones pueden extraerse sin esperar al desenlace del secuestro. La primera tiene que ver con la presencia española en Mauritania. Los cooperantes y las ONG españolas están desde hace tiempo en el punto de mira de AQMI: ideológicamente, los islamistas ven en ellos un instrumento occidental contra las enseñanzas del Corán, una empresa de occidentalización inadmisible. Estratégicamente, el islamismo trae consigo sus propias redes de cooperación y ayuda a los desfavorecidos, convenientemente encuadradas en la yihad global. Ni quiere ni puede tener rivales, y aniquilará a las ONG sin pestañear. En el peor de los casos, el secuestro respondería a esta lógica, y sería una advertencia para los demás.

Las pocas empresas españolas que hacen negocios en Mauritania están igualmente en el punto de mira del terror: especialmente las dedicadas a la construcción de infraestructuras y obra civil en el norte y en el este del país. Tampoco ellas están a salvo de la barbarie islámica.

Desgraciadamente, si en el caso del Alakrana las posibilidades eran amplias, en el caso de Mauritania se reducen notablemente. La situación es de jaque a nuestro país. En el menos malo de los casos, el secuestro será un asunto económico. De nuevo la impotencia ante nuestros enemigos, esta vez en el Sahel. Visto el panorama, valga como mal menor: con el Gobierno de Zapatero, más vale el pago de un rescate que afrontar una crisis de rehenes con exigencias políticas y judiciales de consecuencias impensables. Ni Chacón, ni Moratinos ni el propio Zapatero están en disposición de afrontar una crisis en la que los secuestradores exigieran la retirada de Afganistán o la puesta en libertad de presos islamistas en cárceles españolas. Ni siquiera el entramado institucional español, que atraviesa momentos delicados, podría soportarlo.

Por otro lado, el secuestro de los cooperantes en Mauritania pone sobre la mesa una de las necesidades estratégicas españolas. La lucha contra el terrorismo no es una cosa de Bush, los neocon o el 11-S. Si algo parece claro es que el islamismo actúa en cualquier lugar del mundo, contra cualquier país occidental: el islamismo es un continuo que lo mismo secuestra en Mauritania que pone un coche bomba en Indonesia o Argel. Su lucha es global. Así que es necesario vencerle en los frentes militares abiertos: para empezar, en Afganistán, donde su victoria tendría efectos demoledores; y plantarle cara en todas partes, bien apoyando a los gobiernos que aún se le resisten, bien luchando directamente contra ellos, donde no quepa más remedio: los casos de Sudán y de Somalia son los más claros.

Para concluir, más valdría a la comunidad de Defensa española plantearse la necesidad de dotar a nuestros ejércitos de las capacidades necesarias para que puedan actuar en cualquier lugar del mundo, en poco tiempo y de manera eficaz, en defensa de civiles susceptibles de ser atacados o secuestrados por fuerzas terroristas. Si queremos unas Fuerzas Armadas dignas de tal nombre, el Alakrana y el caso que nos ocupa marcan claramente qué hay y qué no hay que hacer.

Oscar Elía Mañú

© GEES

http://exteriores.libertaddigital.com

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