sexta-feira, 29 de maio de 2009

Para que no me aborten ni te aborten

Las palabras de la titular del Semi-Ministerio de Igualdad, negando que los fetos de trece semanas fueran seres humanos, aunque sean seres vivos, han recibido todo tipo de críticas. Incluso la misma Aído, calidamente arropada en público por el PSOE, ha reconocido que sus declaraciones no fueron afortunadas. Pero no porque fueran verdaderas o falsas, buenas o malas, sino por un motivo de conveniencia; era dar pie a un debate superado en nuestra sociedad.

Aunque no debe de estarlo tanto cuando lamenta haber podido dar el pistoletazo de salida. Pues bien, pese a lo que diga la semi-ministra y lo que puedan pensar muchos, a mí, estando en total desacuerdo, me parece que fueron muy afortunadas. Y es que nos ponen de manifiesto, muy a las claras, no solamente el trasfondo del debate sobre el aborto, sino la recámara de cuanto está pasando; en esa terrorífica frase, ha emergido la corriente submarina de nuestras marejadas cotidianas.

Decir que un feto no es un ser humano hace patentes las bases sobre las que se está intentando construir una nueva sociedad (!?) y cuyo proyecto, hay que reconocerlo, va bastante adelantado. A nada que nos fijemos, sin una determinada concepción del hombre, es impensable afrontar determinadas empresas. Si no se cree que en la humanidad hay un escalafón racial, es imposible el nazismo; si el hombre no es reducido a homo oeconomicus, es inútil intentar el Gulag. Para el proyecto que se pretende, se necesita que el hombre quede reducido a su animalidad, a ser solamente un ser vivo. Lo problemático no es que se intente equiparar, en derechos, a los grandes simios con los hombres, sino la inversa. En lo que estamos es en reducir al hombre a pura materialidad. Sobre el proyecto Gran Simio y desatinos similares, se pueden hacer muchas bromas, siempre que no se conviertan en una excusa o freno para entrar a fondo en el asunto. Todo esto, aunque reposadamente y en el brizador arrullo de los medios de comunicación, va muy en serio.

La afirmación pone también en claro que la generación de la semi-ministra ya está bastante macerada por una educación perfectamente pensada para el fin que pretende. Las posteriores serán aún peores, pues estos fenómenos suelen ser cumulativos. Y no es que sea una persona inculta, no se trata de que los universitarios tengan faltas de ortografía o abunden en la ignorancia. Con todo lo grave que esto sea, es solamente el síntoma de algo peor. Nos estamos instalando, si no lo estamos ya, en la irracionalidad. Sí, porque la verdad no importa. Los conocimientos, al alcance cada vez de menos, los hallazgos, privilegio para una elite, no se inscriben en la verdad, sino en la instrumentalidad. En la mentalidad a la que nos estamos mudando, lo que se puede llegar a saber es, ante todo, un útil, como un martillo, al servicio de las posturas previamente tomadas; se usan o no según convenga. No interesa que los hombre se dejen interrogar por la verdad, pues, sin la soberanía de la realidad, de lo que ella es y debe ser, es más fácil la manipulación. Por eso, estamos en la propaganda y no en el diálogo; por eso, estamos en la difamación y no en la refutación; por eso, no estamos en la escucha, sino en el grito. ¿Cuándo se abrirá el portillo de la violencia física?

El remate lo puso Zapatero. Es mejor que los padres no interfieran en la decisión de una adolescente. Vamos a la eliminación de la sociedad, hacia la colmena o el termitero; en estos no hay familias, solamente individuos animales. No marchamos hacia una sociedad animal, sino al Estado-animal. En nuestra situación no están en liza discrepancias entre distintas posturas sobre una base común. Estamos justamente en un cambio de cimentación, si es que éste no se ha producido ya. ¿Hay que intentar conservar lo máximo posible o habría que pensar ya en la superación del modelo de la animalidad? ¿Es un proceso reversible o ya hemos pasado la línea tras la cual la inercia lo hace imposible?

El espacio de los totalitarismos ha sido siempre la reducción del hombre a cosa, a animal. Sin la dimensión espiritual del hombre, la libertad y el sentido desaparecen. Si el hombre cree que solamente es materia, la democracia es imposible; a lo más, una ficción. 

Alfonso García Nuño
http://iglesia.libertaddigital.com

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