sexta-feira, 22 de fevereiro de 2008

Cuenta atrás...

Lo desolador es comprobar que la represión funciona. Si Pinochet no hubiera tenido la ocurrencia de convocar un referéndum para preguntar a los chilenos si querían que siguiera en el cargo, probablemente no habría tenido que soportar un brumoso invierno en Londres y jamás se habría sentado en un banquillo.

Y han sido la edad y los achaques, no las protestas o la resistencia de los cubanos, lo que ha llevado a Fidel Castro a anunciar que abandona la presidencia, tras medio siglo en el cargo.
Su hermano, que tiene 76 años, será quien controle el tenderete y continuará haciéndolo, sin sobresaltos, hasta que el barbudo estire la pata.

Una vez fallecido Fidel y enterrado el mito, los Raúl, Lage o Alarcón, no sobrevivirán mucho tiempo.

Cuba es una sociedad cerrada y represiva. Mucho más de lo que era España en los años setenta.
Como pasó con el franquismo y con el pinochetismo, el régimen castrista ha gozado de un significativo apoyo social. La gran diferencia es que en la isla la dictadura ha sido mucho más perfecta, estructurada, larga e implacable de lo que lo fue en Chile o en España.

No se puede olvidar que la quinta parte de la población cubana, incluidos los profesionales más preparados, fue obligada a exilarse. Tampoco que los fusilamientos, la tortura, la cárcel, el espionaje vecinal y la paliza callejera han sido una constante durante medio siglo y no un signo de identidad durante la primera etapa.

Sería una ingenuidad pensar que ha empezado la transición hacia la democracia en la isla, pero se ha iniciado la cuenta atrás del régimen castrista.

Raúl y los gerifaltes comunistas van a intentar que el sistema continúe sin el comandante en jefe y con algunos ajustes de naturaleza económica. Y durante unos meses, dará la impresión de que la trampa les funciona. Por lo que dije al principio: la represión funciona y ellos están dispuestos a reprimir. Después, en un abrir y cerrar de ojos, todo se desmoronará y la única duda es si habrá una evolución suave, a la española, o una ruptura dolorosa, a la rumana.

Alfonso Rojo

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