quarta-feira, 12 de maio de 2010

Un velo para la señora Aído

«Todos los países, en Europa y en el mundo, están hoy confrontados al desarrollo de prácticas radicales cuya forma más visible es la aparición de mujeres que circulan en el espacio público veladas por completo». No es habitual que el Parlamento francés apruebe unánimemente una resolución. Ayer, sólo los paleozoicos del PCF se ausentaron de la Asamblea. Y los tristes verdes. Pero no hubo un solo voto en contra. Ni un diputado quiso cargar con la deshonra de aceptar que una mujer pueda ser tratada por su dueño tutelar -padre, hermano, marido...- con la benévola displicencia con la cual trata a su grey el ganadero. La resolución parlamentaria sobre la incompatibilidad de burka y nikab con la condición libre de la mujer que la República garantiza (http://www.assemblee-nationale.fr/13/propositions/pion2455.asp), fue aprobada en París sin ningún voto en contra. Porque «el velo integral -sentencia el Parlamento- sitúa a la mujer en una relación de subordinación al hombre, de inferioridad en el espacio público, o incluso de sumisión cuando tal práctica le es impuesta». Y no hay Estado que, tras aceptar tal cosa, pueda seguir llamándose democrático.

No en torno a un dilema religioso se ha definido, unánime, la Asamblea: la libertad religiosa está firmemente amparada por las leyes en Francia desde hace más de un siglo. Se ha definido -porque era imprescindible ante la agresión de una religión concreta contra los cimientos de la democracia- acerca de un principio primordial de la República: la igualdad ante la ley de todos los ciudadanos. Sin excepción. De todos. Excluir a la mitad de la población de la plenitud de derecho, sin más criterio que su peculiaridad genital, es retornar a la barbarie. Ni un solo partido político se atrevió a defender, de modo explícito, tal suicidio colectivo. Ni siquiera los paleocomunistas del PCF, ni siquiera los angélico-bucólicos verdes. Para todos resulta una certeza duramente conquistada que no es legítimo «permanecer indiferentes ante el desarrollo de prácticas que, bajo máscara de libertad para manifestar opiniones y creencias y de relativismo cultural, son contrarias a los valores esenciales de la República». Contrarias a los fundamentos primeros de la democracia. Democracia: esa convención -incompatible con el teocratismo islámico- que exige que ante la ley todos, varones o mujeres, sean idénticos.

Vendrán ahora los debates en torno a la ley que ha de fijar los términos exactos de la prohibición del velo. No habrá unanimidad allí. Ni tiene por qué haberla. Lo unánime -porque esencial- era esto: el principio doctrinal de que velo y democracia se excluyen frontalmente; que «el ejercicio de la libertad de opinión o de creencia no puede ser reivindicado por nadie con el fin de eximirse de las reglas comunes y en desprecio de los valores, derechos y deberes sobre los cuales se fundamenta la sociedad». Los socialistas franceses defenderán, a partir de ahora, que la ley prohíba el velo en los servicios públicos: centros de enseñanza, hospitales, administración.... Los de Sarkozy votarán a favor de prohibirlo por completo. Es un debate legitimo. Sobre un fundamento común a ambos: la mujer velada no es una ciudadana; es una bestia, un animal doméstico que, en derecho islámico, el amo varón tutela y acerca del cual decide. Y ninguna democracia puede respetar eso. Y ninguna democracia podría sobrevivir a eso. Las socialistas de la señora Aído («la clave está en el respeto a todas las creencias», proclamó la ministra a favor del velo islámico en nuestras escuelas) deberían aprender francés. Porque no toda creencia es respetable.

Gabriel Albiac

www.abc.es

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